Sobre las nueve de la mañana el tal Enrique López, consejero de
Justicia, Interior y Víctimas de Ayuso –no lo digo yo, así se llama del departamento– advierte desde Antena 3 que, en su ámbito, «la situación está controlada» y, al alcanzar las diez, el vice Aguado, de la rama que no agita Miguel Ángel Rodríguez, anuncia en el programa de Ana Rosa que propondrá cerrar la capital del reino de cara al puente de Todos los Santos y al de la Almudena. ¡Madrid, Madrid, Madrid!
Esto vino a continuación de que en el informativo del fin de semana
de la tele autóctona la presidenta se pusiera toda chulapa a la hora de restregar que iba a inaugurarse en tiempo récord el hospital de
Valdebebas con mil camas por lo que la periodista se interesa acerca
de los sanitarios contratados y la responsable de la gestión en el
territorio alega que la presidenta no tiene que entrar al detalle: «A mí eso no me compete; son preguntas que no se le hacen al máximo
representante autonómico». Ante la escapatoria utilizada en el fragor
acerca de que la plantilla podría nutrirse con la reorganización de los centros existentes, un intensivista parteneciente al sur de la Comunidad no puede evitar saltar a Twitter con su nombre y apellido
para soltar: «Estamos en los hospitales como para que nos redistribuyan».
Pero es que dos semanas antes que el intensivista, el Café Pavón,
pegado al teatro en Embajadores, salta a la red con una proclama: «Nos
da vergüenza que la presidenta esté más preocupada por los bares y
restaurantes que por los médicos, enfermos y atención primaria». Ya sé
por allí solo paran progres, pero eso no quita para que siga siendo un
bar. Y previo a que posara con Sánchez con las banderías por bandera,
la firma en la que teletrabaja mi sobrina permite que cada cual ponga
tierra de por medio con el inconveniente de que la gata no se deja
meter en el transportín, la criatura pierde el ave y la madre se pone
de los nervios ante el temor a que cierren Madrid. Pero qué sabrá la
empresa, dirá Ayuso. Bueno es el Ocaso.
Mes: octubre 2020
La anochecida
Aquel lunes habíamos quedado para el estreno de una historia de
Fernando Arrabal en nuestro cine favorito, sala que hace tiempo
desapareció en el precipicio sobre el que tantas otras se ven amenazadas en el presente por la siniestra oleada que nos atenaza. A
media tarde dejamos la cita para mejor ocasión, incluso antes de que la Capitanía General de Valencia hiciera llegar su poemita rumbo al
anochecer: «Se establece el toque de queda desde las veintiuna a las
siete horas pudiendo circular únicamente dos personas como máximo por la vía pública y pernoctando todos los grupos familiares en sus
domicilios. Solo podrán circular vehículos y transportes públicos así
como particulares debidamente autorizados». Rojeras y sospechosos
habituales buscaron escondite; un emisario entregó el bando de Milans
con intención de que… pero seguía en el limbo la web que hoy anda
pendiente de cómo se remueve Abascal en la caja clavada por los ex y
parte del vecindario se comunicó entonces con el fijo, resguardada a
base de bien, asomando si acaso hasta los ojos por ver si se atistaba
algún movimiento y, en cuanto alguno preguntaba qué es ese ruido
sospechando que tanques, la inquietud los empujaba a ponerse de
puntillas para constatar la mayoría que, efectivamente, había llegado
el camión de la basura.
Ignoraba si el hecho de que acabase de entrar en plantilla valdría
como atenuante pero, aparte de la suerte que podía correr el país,
tampoco se me iba de la cabeza que no tenía la mili hecha y que me
hallaba devorando los últimos estertores de prórroga. Dado que los que
nos libramos siempre hemos cargado con el fantasma del campamento
encima, he seguido con suma atención el diagnóstico del emérito
–del Constitucional, por Dios– por el que Gimeno Sendra advierte que,
en lo que a pandemias se refiere, «el toque de queda no tiene
fundamento legal y lo que conseguiría es producir un caos normativo».
Admirado profesor me conformo con que, orden en ristre, no se presente nadie entregando un cetme para que mate al bicho.
En las antípodas
Mientras perdura un lugar que seguramente les suene cuyos maquinistas se desgatan por viales estériles y no por ello menos sofocantes, con parones destinados a recrearse en estaciones sin salida que atenazan a quienes se baten el cobre por alcanzar un destino, Jacinda Ardern logra en las llamadas «elecciones covid» el mejor resultado en 50 años con 64 de los 120 escaños para el centroizquierda gracias a la gestión gubernamental de la pandemia y a la empatía desparramada por la «premier» de Nueva Zelanda. Se admiten reservas para desplazamientos en masa.
En un otoño en el que países punteros extreman precauciones ante el
avance amenazador del virus, el domingo se disputó en Auckland un
partido de rugby entre los anfitriones y sus vecinos australianos al que fueron unas cincuenta mil personas sin mascarillas y con el gel a saber dónde. Lo puse por ver que otro mundo es posible después de
asegurarme que no se trataba de grabación alguna. Los «All Blacks» le
endosaron 27-7 a los «Wallabies», pero el secreto del éxito en las urnas lo resumió la conductora del desafío confesando su pesadumbre
porque se haya «perdido la habilidad de ver el punto de vista del otro» y dejar patidifusa a la parroquia al arrancar el discurso en impecable maorí a cuyo lado el euskera debe resultar cristalino.
Un país extraño en el que la encuesta realizada por la empresa de
sondeos del National Party, el opositor, sobre si la nación va en «la
dirección correcta o en la equivocada» sale que, correcta, es poco. Sí, un territorio en el que el aire populista de los tabloides de Murdoch no tiene espacio frente a la fortaleza de las cabeceras propias y en el que el segundo del Party pierde el escaño ocupado durante un cuarto de siglo por sugerir que el «gobierno sabía más sobre el brote de lo que en realidad contaba». ¡Ojo! ¡Por sugerir!
De las sutilezas que aguardan por aquí desde las bancadas ya
conocemos en cambio su calibre en torno a una agenda que maldita la
gracia. El único resquicio para la distensión sería que nos lo digan en maorí.
En la viña del Señor
El inconfundible cardenal arzobispo de Valencia ha cumplido los
setenta y cinco, preocupándose en primera persona de hacer constar
«las numerosas muestras de cariño y felicitaciones» recibidas y
pidiendo encarecidamente «rezad por mí». Él sabrá mejor que nadie por qué.
Para fieles detractores e incluso para ciertos seguidores del prelado no debió resultar fácil digerir el esmero puesto en la homilía ofrecida justo cuando la peña se hallaba volviendo por sus pasos tras ir clausurándose de modo paulatino el estado de alarma: «El demonio
existe en plena pandemia –alertó el pastor Cañizares ante su rebaño–,
intentando llevar a cabo investigaciones para vacunas y para curaciones. Nos encontramos con la dolorosísima noticia de que una de
las vacunas se fabrica a base de células de fetos abortados. Así de claro. Y es inhumano, cruel y ante eso no podemos alabarlo ni bendecirlo, todo lo contrario». Pese a la carga eminentemente cristiana del alegato envuelto en «primero se le mata con el aborto y después se le manipula para ¡qué bueno, mira qué bien! ya tenemos una vacuna…¡No, señor! Tenemos una desgracia más, obra del diablo», el arzobispado tuvo a bien matizar el contumaz afán exhibido por el titular. Siendo justos hay que señalar, no obstante, que Miguel Bosé se subió en cierta manera a la ola, arrastrado seguramente por las fauces de «Don Diablo».
Es bien sabido que el inefable clérigo dispone de una colección para enmarcar labrada a lo largo del apostolado, por lo que era de esperar que aprovechase la celebración y que, antes de apagar las velas, no se privara de dejar su firma: «Hoy es un día de una gran alegría para mí por compartirlo con todos vosotros. Qué forma de necesitar a Santa Teresa en España, tan dividida y pisoteada en su dignidad». Cómo andaremos para que el diagnóstico resuene centrado, pero es que además el santo varón está en campaña. Hubo de renunciar al cargo por edad y espera claro que el papa le dé dos años más en la confianza que, de esto suyo, no pretenda vacunarse.
A diestro y siniestro
Las conclusiones del barómetro de otoño no dejan lugar a dudas: tres
de cada cuatro encuestados demandan grandes acuerdos para intentar
darle la vuelta a toda la fatiga que tenemos encima. Podríamos decir que, con el dedo acusador bien extendido señalando a quienes no hay
forma de que vayan a una como los indestructibles mosqueteros, se ha
abierto la veda. Y así es. Precisamente lo hizo el 12 de octubre. Pero
para la caza del jabalí, el conejo, el corzo, el ciervo y la cabra, entre otros biotipos. Supongo que, en esa relación, también ustedes echarán algún que otro elemento en falta.
Hizo referencia al extravío Iñaki Gabilondo quien, con esa cadencia
tan honda que el púlpito le ha dado, vino a consagrar el aspecto que ha tomado la temporada en curso: «Durante la celebración de la Fiesta
Nacional en el Palacio Real se notaba, por las caras, que todos habrían preferido estar en otra parte». De ahí que el presidente de la federación saliese a la palestra para adiestrar a la peña y recordar que «las medidas sanitarias buscan evitar los contagios y rebrotes en la organización de ganchos, batidas y cualquier modalidad de carácter
colectivo». De momento ningún mandamás autonómico o estatal ha entrado en diatribas sobre la conveniencia o no de hacerles la peceerre a las criaturas pero, según testigos, ciertas especies están que se suben
por las paredes y otras se muestran dispuestas a colaborar, entre las
que las cabras parecen las más dispuestas.
En medios que conocen el paño andan preocupados por la atosigante
presencia del jabalí y señalan que «además de alterar el ecosistema,
provoca daños a la ganadería, infraestructuras, flora, fauna protegida
así como múltiples accidentes de tráfico». Hay que ser muy pero que
muy aficionado a una actividad para, en circunstancias excepcionales,
ver lo que hay, padecer el perjuicio que reiteradas acciones irracionales provocan en el arca de intereses comunes y sostener que al que hay que meter en vereda es al jabalí. De verdad que hay que ponerle mucho empeño.
El difícil acorde
La contemplo en el retrovisor. No había podido tenerla cerca desde
diciembre pasado, la tarde en que el adiós se tornó desabrido por uno
de esos encontronazos ante los que el carácter de ambos tiende a
sucumbir. Todos estos meses en los que no pudo cruzar la frontera
dieron para repasar una y otra vez el álbum paladeando la instantánea
del puente este cuando, tres décadas y pico atrás, empezó a ir a piñón
fijo resistiéndose con el ceño fruncido es de suponer a abandonar el
vientre de la madre. En cuanto salió y se puso en pie se despejaron las dudas sobre qué hacer al respecto: ¡Que viene, que viene!
Resplandece diría que como nunca en el asiento trasero después de
convivir un mes sin un roce que llevarnos a la boca en el momento que,
camino de la estación, sonó de improviso la valerosa despedida de Pau
Donés y hasta el chasis se encogió al recordar a su chavala bailando el «gracias a ti/seguí remando contra la marea». Tras respirar hondo
tropecé con los ojos de la mía, instante en el que me habría gustado
ser Kiko Veneno para decirle «¿Cómo voy a poder devolverte/tanto como tu me das?» y no, no lo soy.
En cambio ella ha hecho la intemerata de giras. Bien pipiola se buscó la vida y sus atributos entre críos, aulas y voluntariado desde la Alemania con gen del Este hasta el sur de las Highlands, la inspiradora Montevideo, Myanmar, Madrid & Barcelona, casi ná, esta tierra suya y el suelo francés donde la mujer valiente y solidaria que es ha impartido en un idioma en el que medio se despacha a un grupo de mozalbetes sin arredrarse aunque lo suyo sea el termómetro infantil. Como una componente más de las benditas generaciones que salen al quite, y con la cruz a futuro puesta en África, ha cortado la grata experiencia docente por arrimar el hombro en uno de esos rincones en los que la vieja Europa tiene a miles de familias de tantas latitudes dejadas de la mano de Dios, de modo que escuchará a distancia el cumpleaños feliz mientras ultima la mochila.
Ya sé, es de admirar. Pero el caso es sufrir.
No cuenten más películas
Al preguntarle si ve cintas actuales a las que considere obras de arte, el director de «Annie Hall» contesta: «No. Ahora la apuesta es hacia las que utilizan recursos tecnológicos que muestran escenas increíbles de peleas y batallas». Qué tino. Los estrenos de «Batman», «Matrix», «The Flash», «Dune» y el mismísimo «James Bond» se retrasan hasta el próximo año o el siguiente por lo que, en cuanto a
superproducciones, el otoño ha quedado limpio de polvo y paja. De este modo las salas no pueden sino alimentarse de otro tipo de cine con
historias que por algún lado nos rozan y de reclutar clásicos. Es lo que le queda a los exhibidores. Sobrevivir sin superhéroes al rescate.
A propósito de su última novela «La buena suerte», quienes echan de
menos a la entrevistadora que fue Rosa Montero ahora les queda sus
respuestas promocionales: «En cada vida hay varias vidas; yo voy por la cuarta». En el cine y la lectura sigue refugiado alguien mientras hace cola a las puertas del centro de salud, interesado en la vacuna de la gripe que le dejó mal cuerpo dos años atrás y el pasado no se puso, pero que este… Resulta que ese día cumple la edad a partir de la cual Sanidad llamará al bloque del sector en riesgo y tiene dudas de si él forma parte. Momento magnífico para albergar cábalas de este tenor. Podía haber telefoneado pero es que a mediados de agosto se presentó taquicárdico en urgencias, lo regularon, le dijeron que en cinco días lo llamaría el de cabecera y aún está esperándolo. Dado que los sanitarios anuncian que la campaña va a desbordarlos, el hombre anda muy preocupado. Por su médico, claro.
Él ya se ha acostumbrado. En ninguna de las gestiones con la
administración se lo cogen y tampoco es que vea a los próceres atentos
ni muy dispuestos a crear un frente común para desentrañarlo. Como
dice el cineasta y escritor, sito en Manhattan, «estoy deseando que la
vida vuelva a ser lo que era y espero que me pille vivo». El residente en cola ha arrumbado qué desea, pero lo que pille sabe fijo dónde le pillará.
La de vendas que bajó ella
Está Mafalda acompañada de su tropa cuando se acerca a la enfermera y le señala: «Venimos por la vacuna contra el despotismo, por favor».
Horas antes de producirse del deceso del niño andaluz al que sus
padres cogieron de la mano para cruzar el charco, un médico me
dispensó un buen tratamiento con las tiras estas que a la primera
incorporaron una brújula de precisión hasta el extremo de que,
descansar para los restos, no se antoja una salida tenebrosa cuando
lo que está por venir –¡Cielo santo!– quedó retratado en ellas hace un
porrón. Así que para qué.
Quino no tuvo hijos. ¡Anda ya! En los sesenta los críos éramos
pánfilos. Supongo que en cada país sería una historia, pero aquí nos
chupábamos el dedo y el que no se los chupaba empezaba a resultar
sospechoso. Con las persianas echadas en una época más que cortita,
los límites de la realidad se dejaban por completo al arbitrio de la
imaginación y ahí es cuando la zagala aquella idealista, utópica,
tremenda irrumpió en el cuarto para abrirnos por fin los ojos de par
en par.
Me hace gracia recordar la de vendas que bajó. Los vecinos tienen
un crío que, pese a no llamarse igual, es Miguelito. Desde que escucho
gracias a las paredes estas que son de papel cómo sobre las siete abre
la ducha hasta que por la noche apaga la luz no para. Esta semana
andaba mosqueado porque, con la vuelta a la jornada completa, no lo
sueltan del cole antes de las seis por lo que se le ha caído una porción del virreinato casero ostentado desde marzo. El «tour de force» con los padres es para grabarlo. No pierde el hilo, los pone en un brete, valiente preguntas y qué razomientos. Miguelito, ya digo. Armado con los avances que medio siglo atrás apenas si existían en sueños, no necesita salir del rincón en el que gobierna los mandos a su disposición para colarse en el confín que le plazca. El padre lleva con verdadero aplomo la cuestión y advierte que el suyo no es especial, sino que todos los amiguitos son así. Con lo que en el horizonte da la impresión que les espera, más les vale.