La verdadera recompensa

El periódico que me abrió las puertas para sumergirme en las tareas
propias de su sexo, sin barruntar que sería para los restos aún
deseándolo con todas las fuerzas, amaneció en más de una ocasión
sellado a la entrada por coches de la poli. En una de ellas se llevó
al dire a la trena y, en otra, se presentó con la misión de ver si era
verdad el soplo de que Isidoro estaba dando una entrevista tras ser
elegido secretario general en Suresnes. El diálogo no solo salió
publicado sino que en la visita los grises se hicieron el longuis porque, dentro del régimen, empezaba a hacerse la vista gorda según con qué y con quién, por lo que al que pusieron entre rejas fue al entrevistador. Al otoño siguiente, Franco dejó al fin que cada uno pudiera buscarse la vida sin tener por qué dejar de ser lo que quisiera aunque evidentemente, para eso, hubo de morirse.
A partir de ahí aquello fue un no parar: el concierto de Raimon en
Madrid cuyas tres sesiones siguientes fueron suspendidas por unos
insultos al rey que no existieron; la actuación de Tierno en
Carabanchel camino del 15-J que, más que un mitin, fue una clase
magistral; la entrevista a Fraga ante un ventanal en un piso 33 que
daba impresión y el viaje en el avión en el que Carrillo se dirigía al
cierre de campaña. La efervescencia fue acompañada de momentos para la recreación como los paseos con Alberti por Valencia y Alicante a lomos del arrullo interior del Tíber y el vuelo de la paloma por la
geografía recuperada o la sustanciada ensoñación de compartir velada
íntima con Saramago y Haro Tecglen para deleite de los sentidos sin
olvidar que, entre unos y otros, vino el encuentro con Di Stéfano y
Maradona ante los que se dio la oportunidad de sentir que, si se es tan grande, el magnetismo no se compra ni se vende, se comparte.
Y, con todo que no es moco de pavo, el mayor lujo consiste en sortear las miserias del día a día con tal de acercar al lector un ejemplar codiciado porque los bloques ayuden a interpretar el quid de lo que más interese. No es fácil, pero sabe a gloria.

Sin quite del perdón

Una prueba fidedigna de la dureza del presente y de un futuro más que
incierto es que la gente se ha echado en brazos de «Cantora: la
herencia envenenada», cuyas entregas se han puesto las botas. Por su
parte Peñafiel ha abierto la espita de un nuevo dramón y, ante el
anuncio de que Ana Obregón despedirá el añito en La 1, le ha soltado
que anda «rentabilizando hasta la náusea la muerte de su hijo». Dado
que la Casa Real está deshaciéndose y Letizia se le ha quedado en na y
menos, el hombre ha tocado otra fibra a ver si se le revuelve y con esto también nos dan las uvas. Esperemos que, como bióloga que es, piense por lo que más quiera en el resto de seres vivos.
Estoy viéndolo como si fuese ayer, pero ocurrió el 26 de septiembre
del 84. El crítico taurino, tan torero él, se acercó para transmitir algo gordo que las lágrimas le impedían vocalizar. Su desconsuelo no tenía fin. Lloraba y lloraba mientras nos encaminábamos a la hora de cierre. No quedó más remedio que zarandearlo con cariño para tratar de
agitar las cuerdas y fue cuando dijo entre sollozos «¡Ha muerto
Paquirri!».
Me cuentan que fue lo que le ocurrió al único superviviente del
cartel de Pozoblanco con uno de los quites que le hizo Jorge Javier en
su plaza cuando, tras confesar que durante décadas hizo chitón por
respeto a la familia Rivera, El Soro reconoció temer que «el desenlace
de la herencia iba dar que hablar». Los presupuestos generales
permanecen aún en el aire; por el plató de la Moncloa unos cuantos
darían hasta lo que no tienen porque alguien se cortara la coleta
aunque saben que lo único que les aguarda es que se suelte más el pelo
y, sin embargo, gente sesuda utiliza cualquier receso para hacer ver
que, en el caso de que finalmente se descubra que la gresca entre
Pantoja y el niño es un montaje, serían más listos de lo que nos
pensamos. Habrían liquidado deudas y redefinido su porvenir en tanto
que la afición que los alimenta seguiría a pan y agua. El caso es no dejar de llorar.

La metamorfosis

He dormido fatal. Son una detrás de otra las noches desesperantes
cuando toda la vida habían sido plácidas. Cuesta la tira incorporarse
y está la posibilidad de resistirse pero da más yuyu. En antena además
hablan y no dejan de hablar del repunte de muertos, de la curva de
contagios que no se desinfla lo esperado y cualquiera es el guapo que
se queda pegado al repaso. Así que me levanto, apenas sorbo un buche,
reúno los bártulos y voy a ver si algo me libero. Como acudo medio
dormido, los primeros largos por la calle habitual los hago de memoria
y todavía no descuentan. El peso de tantos meses con el pie cambiado,
el resquemor por no ver a los mayores que bien resguardados es como
mejor están y la incertidumbre inquietante impiden que las brazadas
alcancen el ritmo suelto que con el paso de sesiones han adquirido. El
coco emite, no obstante, una señal persistente de que aguantes y, a la
hora de estar allí batiéndote el cobre entre pensamientos tenebrosos,
notas que los brazos se aligeran, que los pinreles se mueven al compás
idóneo y que poco a poco la cabecita se despeja. Salgo con otro ánimo.
Dejo la ventanilla baja y el aire respingón a babor. Recojo los periódicos. Los tengo en el digital, pero ahí todavía no da para tirarle dardos al quiosquero con la vidilla que dan. En el horno recién inaugurado me han tomado de conejillo de indias y, cada prueba, me la pasan a catar para una crítica. Ni que decir tiene que el rumbo vira. El resto lo pone con sus músicas «Mundo babel» en Radio 3 que, una carpeta tras otra, te abre el sentimiento en canal por donde entran los chavales que andan sin rendirse a la conquista de sus sueños y el pelo plateado de la madre que no sé qué tiene que me pone a cien. Sí lo sé, la energía propia de una mañana luminosa como esta que otorga vida a rabiar y más cuando quedas a pasear o a tomar algo frente al mar con esos amigos cuya compañía te devuelven a un tiempo sin martirio alguno de distancia. No hay que engañarse. En cuanto a las ansiadas vacunas resultan incomparables.

La malquerida

Como cualquier sabueso que se precie tocó todos los palos del oficio y, al igual que quienes lo rodeaban, si había modo de sacarse un extra con trabajitos enviados a la agencia estatal bien que se los pulía. Para eso el Bilbao de los sesenta era una capital que, en medio de la oscuridad asentada en la piel de toro, daba bastante de sí y disponía
de un cierto glamour.
A unos cuantos jóvenes de culo inquieto que lo mismo te enhebraban
la crónica del pleno municipal que el estreno de una exposición o la cita ceremoniosa en San Mamés les cambió el paso el asesinato del
temido mandamás de la brigada político-social guipuzcoana. A partir de
entonces la crítica cinematográfica se vio envuelta por una espesa
bruma y a los colegas de vocación y farra se les bifurcó la visión de la película. Mientras más de uno adujo que «algo había que hacer», él sostuvo que no se engañaran con que el camino emprendido concluiría en cuanto un nuevo amanecer iluminara el día. Y lo clavó.
La repercusión del libro escrito sobre esa pesadilla saca a la luz la radiografía de una sociedad enferma. Una sintomatología que dentro de los límites de aquellos cuatro ríos de sangre tardará generaciones en sanar. Todo el daño suministrado sigue, pues, a flor de piel. Y coindiciendo con la emisión de los capítulos extraídos de la narración
de marras, una de las criaturas del panorama patrio más dada a las
series no ha tenido mejor ocurrencia que ensalzar la altura de miras
de quienes no han mostrado todavía interés alguno en desprenderse del envoltorio que mantiene vivo el espectro de la serpiente. Pese a
desplegar las más altas responsabilidades entre cuyos deberes se
incluye el de no azuzar la desazón de los congéneres, lo malo es que el elogio es producto del tacticismo infame con el que quienes ahora lo critican se han empleado por décadas.
Señalar que alguno de los que dijeron que algo había que hacer anda
hoy en brazos de la ultraderecha. El caso es hacer saltar de un modo u
otro el tablero que, aún arrastrando ese dolor, nos hemos dado.

El sueño eterno

Si no recuerdo mal debía estar esparciendo un buen manojo de aceradas convicciones en los cursos de la uni de verano de Gandía cuando, al cerrar la carpeta, se vino para casa. Fue la última velada con Alfons Cervera. Ese 2018, y ya en septiembre, estuvimos a punto de reunirnos en Collioure durante el festival del libro donde se ha convertido en un reclamo de primera aprovechando que en el país vecino la cultura es un bien a proteger y que, al igual que en Alemania, sus historias son de lo más apreciadas por lo que ayudan a reconocer las pisadas que nos gastamos. Desde mediados de los ochenta en que empezó a colaborar en el periódico y nos reunimos con los críos en Gestalgar, nos hemos visto con cuentagotas. La penúltima en la que hicimos recuento se remonta siete años atrás en que la copa final quedó interrumpida porque era hora de tirar para al pueblo donde siempre le espera Claudio, el hermano al que no pierde de vista y cuida como si lo
hubiera parido.
Dado que la cautela llama a la puerta en este ciclo maldito, hemos
logrado reunir a ambos tras ser depositados en el buzón dentro del
libro que, por mucho que no lo tuviera en mente, antes o después tenía
que salir a galope de entre las trincheras interiores de un creador que apenas si se da tregua. Lleva «Claudio, mira» aquí con nosotros bastante trecho de reclusión, una narración percibida a cuatros ojos.
La gran fuerza del resto de publicaciones estriba en que hablando de
los perdedores nunca se da por vencido. Jamás se rinde en la batalla
por defender los valores de la dignidad y, de ahí, que resulte implacable con los bandidos. En estos días es también muy recomendable. Para levantar el ánimo suelo meterme un chute con sus artículos en los que tiene el mérito de, a pesar de los pesares o precisamente por ello, no bajar la guardia. Y vaya si te pone a tono.
De la mano de Claudio es otro cantar. Se desnuda y despliega de forma natural la raiz honda que sostiene a alguien que no ha parado de
dar el callo por unos ideales. El tipo duro más tierno que he conocido.

Cruce de miradas

Días atrás se produjo en Madrid un pitote. Dirán ustedes, pues vaya
novedad. En este caso se sembró de forma inesperada y nadie lo vio
venir hasta tenerlo encima. Atocha, Colón, Goya y las principales
arterias fueron tomadas por tanques y acorazados. Las teorías
conspiranoicas no tardaron en aflorar y las redes se pusieron las
botas. Un fulano se preguntaba: «¿Otra maniobra de este gobierno
criminal para apesebrar más a la gente?», cuestión que alguien metido
en el ajo intentó neutralizar con la aseveración de que mira, pues no,
«no es un golpe de Estado bolivariano». Es lo que nos salva: que, hasta en los momentos más crudos, nos va la marcha… sin necesidad de que sea militar.
Se trataba de un rodaje. A nadie podría extrañarle que el mundo de la creación diese un golpe dado el estado que asola a la tropa. Y en
absoluto. Los viandantes estaban ante la grabación, cómo no, de una
serie. En concreto de la primera realizada por Amenábar, quien tampoco ha podido sustraerse a este tsunami. El destino quiso que el
despliegue armamentísco coincidiera con la salida a la luz del
hallazgo perteneciente al archivo del Ministerio de Exteriores alemán
que desvela maniobras del III Reich para impedir que el Nobel de
Literatura del 35 fuese a parar a manos de Unamuno, lo cual viene a
meter más baza todavía sobre la presunta equidistancia que se reprocha al realizador en su trazo alrededor del profesor y pensador vasco. Aunque él siempre negó tal pretensión asumió eso sí que lo que buscó fue que «los españoles estén dispuestos a dejarse impregnar del que vive enfrente». Va listo.
Para que a los ingredientes en danza no le falte de nada, «La
fortuna» va sobre el expolio por una empresa estadounidense en 2007 de una fragata nuestra hundida en el XIX. Las disputas acabaron con el
fallo a favor de la devolución del tesoro. Como la historia le llegue a Trump en los días que le quedan, viendo lo que deja allí, ríanse del pollo de las dos Españas y agárrense los machos. Una vez que esté el
oro sobre la mesa, a ver quién le dice que recuente.

Queridas devociones

Sean Connery, Javier Reverte, Pedro Iturralde… Sí, ya sé que dos de
ellos tenían una edad y que antes también se nos morían pero ahora
todo quisque anda enfrascado y, una despedida tras otra de plebe que
siempre nos ha acompañado, multiplica su efecto.
Por no mencionar que cada día que pasa cuesta más reconocerse. Uno
de los pocos vicios que había logrado mantener era el de ir al cine. Es decir, escoger, quedar, aislarte, transformarte un par de horas y
disfrutar entre amigos del post con una discusión de las buenas entre
zarpazos a la ensaladilla echando un trago. No resistía las series, las mismas de las que no me despego desde que caímos de bruces en la
primavera menos radiante por tanta biografía devastada. Las
plataformas de los cojones y las salas oscuras coinciden en una clave:
busco desesperadamente en ellas una buena comedia. Se te va el
auténtico James Bond, pierdes al mejor de los trotamundos tras el
ocaso emprendido por Manu Leguineche y se apagan los acordes
jazzísticos en el viaje a ese otro rincón misterioso perdido. Entonces
tropiezo con Hugh Grant que, aunque lejos de verse envuelto en
intrigas como las perpetradas por Hitchcock, Donen & Howard Hawks, es lo más parecido que hemos tenido a Cary por ahí suelto con aquella refrescante sonrisa ingenua que ponía de los nervios tanto en Cuatro bodas y un funeral como en Notting Hill.
Cazo la silueta al vuelo en hachebeó, me lo enchufo y me topo con que afllora en su entorno sangre de por medio. Aprovecha el cambio de
registro para asegurar que «dejar de ser el galán joven y apuesto ha
sido una liberación». Se ve que ser guapo todo el tiempo cansa.
Acariciar en cambio la gloria siendo pérfido requiere esforzarse lo suyo hasta obtener la recompensa. «Las audiencias –señala el actor– siempre han respondido mejor a los personajes oscuros. Los humanos somos diabólicos y de ahí el tirón que tiene hacer todo aquello que resulta indebido». Y tanto, criatura. ¿Ves? Eso sí que no lo echamos de menos.

Ya está aquí el Lejano Oeste

Según la última actualización que tengo delante de la proyección de
resultados que ofrece The Economist cuando la mayoría se alcanza con
los 270, Biden obtendría 320 votos electores frente a los 164 del menda lerenda. Con el 94% para el demócrata y el 5% para el otro, los
porcentajes que representan la probabilidad de ganar de cada candidato entraña que, de cada diez ocasiones que se celebrasen los comicios, Trump ganaría una vez y, su contrincante, casi nueve. No puedo evitarlo: esos horizontes lejanos, miedo dan.
Y para acrecentarlo, el departamento de Comercio ofreció los datos
de la economía estadounidense donde se recoge un crecimiento del 33,1% del pib en el tercer trimestre convirtiéndose en una marca histórica no registrada desde la Segunda Guerra Mundial. Dios mío. Determinados analistas se esfuerzan en quitarle valor con que si la bifurcación entre consumo de bienes y servicios no es sostenible y que si las estimaciones para el cuarto son otra cosa, mariposa, dejando entrever sus reservas a que el repunte sea suficiente para condicionar las presidenciales. Ya.
En una vídeo, el aspirante se dirigió al oponente llamándolo George
por aquí y George por allá, con su mujer poniendo cara de circunstancias a la nueva traición de la memoria. A mi también me
sacude y no recuerdo a quién leí hace poco que lo único malo de vivir
en Nueva York es que estás en Estados Unidos. Allá los indios fueron
los últimos en poder votar. No lo hicieron hasta 1962 y el jefe de la
Navajo Nation participó cerca de una de las reservas de nativos más
grande por Arizona en un mitin a favor… de Donald, claro.
La América profunda es de armas tomar y, en la residencia
presidencial, percute hasta el extremo de requerir desmontar por
completo los espacios interiores en época de Truman con quien se
compara el actual. De romper los pronósticos, a saber lo que nos aguarda en la Casa Blanca. Solo pensar en el pedazo de mortero y en
que el estucado precisa de reacción química, seguro que no se inclina
por el gotelé.