Sean Connery, Javier Reverte, Pedro Iturralde… Sí, ya sé que dos de
ellos tenían una edad y que antes también se nos morían pero ahora
todo quisque anda enfrascado y, una despedida tras otra de plebe que
siempre nos ha acompañado, multiplica su efecto.
Por no mencionar que cada día que pasa cuesta más reconocerse. Uno
de los pocos vicios que había logrado mantener era el de ir al cine. Es decir, escoger, quedar, aislarte, transformarte un par de horas y
disfrutar entre amigos del post con una discusión de las buenas entre
zarpazos a la ensaladilla echando un trago. No resistía las series, las mismas de las que no me despego desde que caímos de bruces en la
primavera menos radiante por tanta biografía devastada. Las
plataformas de los cojones y las salas oscuras coinciden en una clave:
busco desesperadamente en ellas una buena comedia. Se te va el
auténtico James Bond, pierdes al mejor de los trotamundos tras el
ocaso emprendido por Manu Leguineche y se apagan los acordes
jazzísticos en el viaje a ese otro rincón misterioso perdido. Entonces
tropiezo con Hugh Grant que, aunque lejos de verse envuelto en
intrigas como las perpetradas por Hitchcock, Donen & Howard Hawks, es lo más parecido que hemos tenido a Cary por ahí suelto con aquella refrescante sonrisa ingenua que ponía de los nervios tanto en Cuatro bodas y un funeral como en Notting Hill.
Cazo la silueta al vuelo en hachebeó, me lo enchufo y me topo con que afllora en su entorno sangre de por medio. Aprovecha el cambio de
registro para asegurar que «dejar de ser el galán joven y apuesto ha
sido una liberación». Se ve que ser guapo todo el tiempo cansa.
Acariciar en cambio la gloria siendo pérfido requiere esforzarse lo suyo hasta obtener la recompensa. «Las audiencias –señala el actor– siempre han respondido mejor a los personajes oscuros. Los humanos somos diabólicos y de ahí el tirón que tiene hacer todo aquello que resulta indebido». Y tanto, criatura. ¿Ves? Eso sí que no lo echamos de menos.