Una prueba fidedigna de la dureza del presente y de un futuro más que
incierto es que la gente se ha echado en brazos de «Cantora: la
herencia envenenada», cuyas entregas se han puesto las botas. Por su
parte Peñafiel ha abierto la espita de un nuevo dramón y, ante el
anuncio de que Ana Obregón despedirá el añito en La 1, le ha soltado
que anda «rentabilizando hasta la náusea la muerte de su hijo». Dado
que la Casa Real está deshaciéndose y Letizia se le ha quedado en na y
menos, el hombre ha tocado otra fibra a ver si se le revuelve y con esto también nos dan las uvas. Esperemos que, como bióloga que es, piense por lo que más quiera en el resto de seres vivos.
Estoy viéndolo como si fuese ayer, pero ocurrió el 26 de septiembre
del 84. El crítico taurino, tan torero él, se acercó para transmitir algo gordo que las lágrimas le impedían vocalizar. Su desconsuelo no tenía fin. Lloraba y lloraba mientras nos encaminábamos a la hora de cierre. No quedó más remedio que zarandearlo con cariño para tratar de
agitar las cuerdas y fue cuando dijo entre sollozos «¡Ha muerto
Paquirri!».
Me cuentan que fue lo que le ocurrió al único superviviente del
cartel de Pozoblanco con uno de los quites que le hizo Jorge Javier en
su plaza cuando, tras confesar que durante décadas hizo chitón por
respeto a la familia Rivera, El Soro reconoció temer que «el desenlace
de la herencia iba dar que hablar». Los presupuestos generales
permanecen aún en el aire; por el plató de la Moncloa unos cuantos
darían hasta lo que no tienen porque alguien se cortara la coleta
aunque saben que lo único que les aguarda es que se suelte más el pelo
y, sin embargo, gente sesuda utiliza cualquier receso para hacer ver
que, en el caso de que finalmente se descubra que la gresca entre
Pantoja y el niño es un montaje, serían más listos de lo que nos
pensamos. Habrían liquidado deudas y redefinido su porvenir en tanto
que la afición que los alimenta seguiría a pan y agua. El caso es no dejar de llorar.