Un grupo de treintañeros queda para pasar la tarde con las
precauciones de rigor. El primero comenta al llegar: «Oye, me han
dicho que follas poco». «Ojalá». Se trata de gente que se quiere con
ganas, algunos de los cuales lo pasó mal hasta poder mostrarse tal
cual es. Suelen citarse para ver una peli que luego despiezan. La
elección parte del anfitrión, que es el que ojalá… pero quien
cinematográficamente hablando no tiene, sin embargo, rival.
Hoy va a cambiarle el paso a la tropa y anuncia documental sobre la
primera aborigen que consiguió una medalla en los Juegos Olímpicos de verano. Lo único que los asistentes conocen de Miriam Blasco es la
avenida. Empiezan a sucederse imágenes de la pucelana rodeada de
hermanas por todas partes, aunque también haya chavales, con los
padres empujándolos a hacer deporte para aplacar tanta fiera. Al
trasladarse a Alicante de la mano de su chico, el desahogo se convierte en un modo de vida que primero le marca un yuko, luego un koka hasta dejarla entregada a la causa. Los testimonios tanto castellanos como mediterráneos confieren al relato un aire entrañable que tiene a todos con los ojos como platos.
La vajilla sentimental queda hecha añicos con la muerte de Sergio
Cardell, su faro, a un mes de la cita de Barcelona. Los espectadores se estremecen cuando ven que es ella quien agita al pebellón para que
coree el nombre de su preparador ausente nada más colgarse el oro. Así que no les extraña que resistiera cuatro legislaturas intentando echar una mano a los de su cuerda vocacional y dándose golpes. El más sonado el que la llevó a votar contra el matrimonio del mismo sexo cuando había caído rendida a los pies de la inglesita a la que dejó en plata. A Miriam aquello la atormenta pero ha tenido la suerte de dar con una británica pizpireta que se ríe de su sombra. Los espectadores de la sesión no dan crédito y se quedan embobados al comprobar que, a la boda, asistieron el ex de la campeona, que es un cielo, y su pareja.
Mejor christma, ya me contarán.
Mes: diciembre 2020
Bajo una lluvia ácida
Una vez descargadas las bolas de las tolvas, se inicia el desfile de los niños de San Ildefonso que saludan sin que se les escape ni media
sonrisa. Para eso los componentes de la institución acumulan más de dos siglos en la tarea, algún tiempo después de que Carlos V concediese la Real Cédula que lo puso en marcha. Arranca el bamboleo y aquí ando otro 22 de diciembre con el soniquete de fondo convertido en uno de esos pocos trances semejantes aunque en esta fase traicionera el salón suene a hueco. Extraño habría sido que no estuviese algo muerto.
Pero el ansia natural por reanimarse trae consigo dos quintos en la
primera de las tablas. A ver si preconiza que esto cambia. Falsa alarma, claro. A partir de ahí la fortuna se hace esperar lo suyo y la manivela del recipiente más grande da problemas. No sé por qué no me sorprende. Y mucho menos que, de paso, la padrea del salario mínimo se halle en el alero en medio de las discrepancias habituales entre los
autodenominados socios cuando lo que de veras les pierde es quedar
como los mandones de la película. Por mucho que se busque, no es fácil
toparse con escenas que pinten bien. Las naranjas y otros manjares de
la tierra dormitan entre el puerto de Calais y Doven el sueño de
licuarse a sus anchas y los transportistas se lamen las heridas al filo de su cabalgadura mientras la nueva cepa británica –qué hastío– se pasea por el viejo continente, ese del que un buen puñado de súbditos de la reina se jacta en dejar atrás. Desengañémosno. En el multisorteo que nos llevamos entre manos es imposible que algo no le toque a uno y están hasta los que lo entonan soltando a espuertas aire de los pulmones como quien no quiere la cosa. ¡Ay, el tamborilero!
A estas alturas aquellos que han dado la suerte hacen un alto en el
azaroso camino y se relamen a la puerta del local. El gordo ha vuelto a pasar lejos y, sin embargo, no pasa nada. Qué va a pasar cuando las que no se detienen son las colas del hambre. Es el alma el que está ya como un bombo.
Felices fiestas o lo que sean
Supongo que la ilusión porque los bombos de la lotería se porten sigue
vivo. Pero a estas horas, con acertar el número que se sentará a la
mesa de entre la parentela, el personal tiene más que de sobra.
En el caso de que los convivientes que organizan el encuentro sean
una pareja, no pueden permitirse el lujo de gobernar con medidas
discrepantes porque imagínense cómo se pondría el descansillo.
«¿Pasamos? ¿¡Que estáis dándole vueltas todavía!?». Por supuesto no
todos somos iguales y desde el Ejecutivo pueden plantear en cualquiera
de los asuntos que nos repercuten, que son todos, una decisión y su
contraria y decir que es perfectamente entendible. Si para ver dónde y
cuántos nos juntamos a aquel se suma el resto de especímenes
esparcidos por el corral, ya está formao el alboroto. Cómo se
presentarán las fiestas o lo que sean que nuestro Pedro mayor del
Reino ha asegurado que se queda fuera de la circulación hasta
Nochebuena renunciando de este modo a tomar la pantalla en una de esas apariciones suyas más breves algunas que un choque de la enebeá,
aunque nunca se sabrá si este rigor es porque lo exigen las normas
básicas de una cuarentena o para que se vea quién es quién dado que
Pablo la guardó de aquella manera, vamos que se la saltó. La verdad es
que no hay nada como la unidad de acción.
Al menos el rey ha reconocido el fracaso en la estrategia de la
nación. El monarca de Suecia, claro. Ha lamentado el sufrimiento, la
dura experiencia de quienes no han podido despedirse de sus familiares enfermos y es perturbador que uno de los enclaves que tenemos por más avanzados haya sido incapaz igualmente de hincarle el diente a la situación de forma eficaz, en el supuesto de que sea posible que ya no sabe nadie a qué atenerse.
Así que, en vista del panorama, hay que ser Juan el Bautista para no aceptar que lo indicado es no moverse y casi ni abrir la puerta. Es más, la manera adecuada puede que sea la celebración de un gran ayuno. Y es una pena porque hay cada pavo…
Valiente pastel
El pago pone en danza propuestas originales guapas de tele. Qué menos
dado el paquetamen del que Telefónica dispone. Espacios tanto de
introspecciones científicas sobre lo que nos aguarda en distintos frentes como los fabricados en torno al deporte destilan un plus. Y luego está la plantilla de cómicos con la que juega de la mano del Terrat, que salta de un programa a otro. Cuando no puedo más recalo en estos. Uno de ellos, el titulado «Loco mundo», se ha doctorado en zaherir con clase gracias al desparpajo guionado y a la conducción del tal Quequé, hijo de un reputado catedrático salmantino de Literatura Española ante cuyas exigentes demandas es posible que el crío preguntase a menudo «que, ¿qué?» y así se quedó.
El último de los visionados me ha hecho mella. Analiza el boom de la seguridad privada y participa Ana Morgade, otra, quien deja caer que toda su relación con la aludida es nocturna. Menuda sorpresa. Pero
antes fue interpelado el coronel Pedro Baños, al que el presentador
saludó así: «Creo que es la primera vez en mi vida que hablo con un
coronel. Actúo normal, ¿no? Aquello de ¡Señor, sí señor..!». «Nada, nada». El tres estrellas se centró en la privatización de la seguridad en los conflictos recalcando que va a más porque es un gran negocio con el que los países se eximen de cualquier responsabilidad. «Tienen
–especifica– mejor material que los ejércitos y se maneja muchísimo
dinero en paraísos fiscales con personalidades influyentes
relacionadas alrededor de estos servicios de contratistas no sometidos
a los convenios de Ginebra». El militar no se detiene sobre la
competencia: «La G4S británica es una de las mayores multinacionales y muchas veces lo que hacen es enquistar conflictos». Ya. «Hablamos de
los estados –prosigue– pero hay empresas que para controlar sus
explotaciones en África contratan sociedades con carros y helicópteros
de combate de los que carecen los ejércitos de la zona. El negocio es tan grande que es muy difícil extirparlo».
Maldita sea, ¿a que tiene gracia?
País manga por hombro
En estos estertores de 2020 han compartido espacio la entrega en el
juzgado por parte de los Franco de las llaves del pazo de Meirás y la
regularización del emérito de una pasta gansa para eludir de aquella
manera el delito fiscal. De nuevo ambos linajes reunidos tan cerca.
¡Mecachis!
Por mucho que ambas épocas se entrelacen, la diferencia radica ahí:
que durante los años que tuvo la nave, cualquiera le decía al del Ferrol que se deshiciera de algo amasado por arte de birlibirloque, mientras que su sucesor en el trono viene desangrándose frente a la opinión pública y ante los españolitos que mandaban callar al resto de familia y allegados con tal de escuchar su mensaje aún a sabiendas de que sustancioso, lo que se dice sustancioso, tampoco resultaría. Para los creyentes, lo que viene televisándose debe ser un trago. Como lo es el que, pensando en no perjudicar a la Corona, se especule con la preparación de un discreto retorno desde Abu Dabi por Navidad. Al lado de esto, lograr un brexit decentito es pan comido.
Dado que en democracia quienes se pasan de la raya cuentan con
papeletas para quedar retratado, conviene ir con pies de plomo y
percatarse de que ninguna maquinaria en acción ha de sustentarse en
hacer comulgar al respetable con ruedas de molino. ¿Qué sentido tiene
que el presi repita hasta la saciedad que «la monarquía no está en
peligro en España». ¿Cree, Mr. Handsome, que por muy guapo que se crea va a convencer a alguien, incluidos los devotos a los que les
chiflaría que la realidad no fuera la que es? Escondiéndola, resultón,
¿adónde se llega?
Rodeado de especialistas, Iñaki Gabilondo ha proferido un grito
sobre el calentamiento global: «Nuestro país es el más vulnerable del
continente a los impactos del cambio climático». Tenemos lo que
tenemos manga por hombro y ¿resulta que lo único que no está en
peligro es la..? Un sistema como el nuestro que tantos sacrificios costó habrá que mantenerlo en condiciones, sin dejarse ir, digo yo. Que, pese a intentarlo, Iñaki no puede llegar a todo.
Descarga sentimental
Siento soltarlo, pero días atrás me ilusioné. Me junté de pronto con
invitaciones para un estreno de cine, otro de teatro y la presentación
de un libro en apenas cinco fechas. Lo nunca visto en estos tiempos.
Bien, pues primero se desconvocó la cita literaria hasta nuevo aviso
ante la avalancha a la hora de registrarse mientras en los otros casos
sucedió lo contrario. Y, como tampoco apetecía hacer de nuevo
incursiones en solitario, la guía de ocio se vino abajo por completo. Eso sí, no puedo negarles que fue bonito mientras duró.
La contrariedad que me pilló más de improviso fue la cinematográfica dado que Cesc Gay me tiene ganado desde que arrancara el siglo con Krampack.Lancé la propuesta y me dijeron que también estaban deseando ver el último giro imaginativo del director por lo que, a falta de confirmación, lo di por sentado. La respuesta fue dilatándose de forma inusual hasta que una llamada confirmó que, tras una ardua sesión de debate en la pareja, las actuales reticencias acabaron imponiéndose a las ganas de esparcimiento. Además él está entregado a todo lo que cae en sus manos sobre Chaves Nogales y no voy a ser yo quien le quite el gusto.
Ya sé que esa cautela es sensata además de inevitable, pero no se iba de la cabeza acercarme ni quería esperar a que me la trajese cualquier plataforma hasta el sofá, sino que sentía la necesidad de reencontrarme con el rito en el que me inició mi abuela cuando sin levantar un palmo del suelo me llevó a ver «Un rayo de luz» antes de zambullirme en las de romanos y en las de vaqueros. Así que di un rodeo, arrojé el lazo sobre el primogénito aprovechando que nos habíamos quedado solos en la ciudad, recogió el guante y allá que nos plantamos. La vimos solos sin que saliera nadie de la sesión anterior ni asomase un alma en la siguiente y fuimos derecho a hacernos una pizza con la que nos dimos un buen rato de disección y de risas deslizando que, en cuanto fuera posible, teníamos que verla con todos los nuestros. Pese a la ruina total de negocio, la vida que da.
La sacudida que viene y va
Me trasladan que una conocida está a la espera de que el hospital dé con el momento apropiado para ponerle la cámara a la madre y que los
suyos puedan despedirla a distancia puesto que el temido final se viene encima. El drama se acrecienta porque uno de los hijos fue el que, en una visita a casa, le transmitió el virus. Así no hay quien viva.
Ese podría ser, por otro lado, el funesto lema que cubra el firmamento de las residencias de mayores en esta desdicha. Ha visto la luz la presunta cifra de inquilinos que se llevó por delante la primera ola y no quiero ni reproducirla. Duele, ciega, enerva. Hasta Amnistía Internacional, que suele estar pediente de otro tipo de conflictos, se ha visto sacudida por un espanto al que las respectivas autoridades han sido incapaces de ofrecer respuesta y en el que la organización señala que se han vulnerado cinco derechos: el derecho a la vida, a la salud, a la no discriminación, a la vida privada y familiar y, en último extremo, a la muerte digna. No es para que ningún menda ni tropa alguna salga por ahí alentando un golpe de estado porque, desgraciadamente, el balance lamentable se sitúa en parámetros intermedios dentro del contexto internacional. De cualquier modo, a los laureados de otra época los efectos de esta pandemia no les preocupa y ni les viene ni les va. A ellos lo único que les irrita es que no manden los suyos que, al parecer, es lo estruendoso.
Me como por dentro al llevar un año sin ver a mi madre y no saber el plazo que resta. Y, al mismo tiempo, bendigo la suerte y el sacrificio de contar con una hermana que la tiene en una burbuja desde que tocó a rebato. No quiero por dios que nadie se sienta concernido. Cada uno considera sus circunstancias y las nuestras han trastocado lo normal en extraordinario. De ahí que el rebuscar en medio de esta angustiante nebulosa en el término «allegado» para dar con no sé qué tecla se haya convertido en debate nacional tiene guasa. También es lo que nos distingue. Aunque a veces tengamos la gracia en el culo.
El adiós sombrío
La vida es un misterio, pero anda que la muerte. Se ha oído a muchos
creadores zanjar el tránsito asegurando que les da igual lo que ocurra
con ellos una vez se esfumen. Sin embargo, he conocido puntales de una comunidad con un taco de ascendencia dado que obras son amores que, tras dejar dicho lo que debía hacerse con su memoria, una inesperada capa de silencio se cinceló sobre el recuerdo nada más ser acompañado en la despedida.
Como era de esperar, al dios de la pelota se le ha recordado en
todo el hemisferio fútbol club, aunque quien ha enviudado en realidad
ha sido Argentina que le ha dispensado una despedida grotesca con sus
buenas broncas a las puertas de la Casa Rosada, con el posado viral de
un par de curritos del entorno funerario ante el féretro descubierto y
la sesión musical con el ingente entorno tarareándole al cadáver sus
piezas favoritas a lo que, con posterioridad, hay que añadir que el
médico personal de la estrella enferma se encuentra a estas horas en el punto de mira judicial por su actuación, que las cadenas dedican las tradicionales sesiones eternas a las incontables historias entre las que el rosario de hijos reconocidos y no se lleva la palma, en tanto que una vidente traslada desde la máxima audiencia que el finado «no descansa en paz» y que «no puede elevar hasta que los allegados cejen de pelear por la herencia».
El enorme caudal de lirismo recreado en un primer momento acerca de todo el virtuosismo del pibe en la cancha se ve quebrado por
innumerables muestras de una cutrez de campeonato, cuando no sordidez suprema o rastros de apartados manifiestamente execrables. No puedo dejar de confesar que renuncié a una buena temporada de siesta dominical con tal de verlo en acción a pesar de lo poco que me importó siempre el equipo napolitano. Será por eso que llevo a mi pesar días soñando durante el reposo con la magia desplegada bajo la advocación de San Genaro, ahora que el astro se ha escabullido de los males dejándonos tan presente su infierno.