Lo último de lo que me empapo antes de despedir el día viene de boca
de la autoridad sanitaria que reconoce una transmisión comunitaria del virus «generalizada y sin control». A ello se suma la visión de uno de nuestros intensivistas que se descuelga con que «no le vemos salida al túnel, estamos fatal y en las próximas semanas vamos a empeorar».
Atiborrado de cifras espeluznantes enfilo la cama. A ver quién es el
guapo que duerme.
No soy el guapo. Dentro del marasmo, la eco programada para el
lunes quedó suspendida y la cita con el especialista reconvertida en
telefónica. Lo que en otra vida habría supuesto un respiro, hoy se
transforma en mayor inquietud. La ración anticoagulante se ha
extinguido y la experiencia que arrastro con las llamadas de control
no es la mejor. Cualquiera no lo comprende estando las instalaciones
como están, pero eso no quita para que uno piense en cuánta gente de
pronóstico reservado habrá sin poder ser atendida como dios manda…
Yo, que no debo ser uno de los casos flagrantes, siento en plena
madrugada una presión en el pecho de esas que, a los hipocondríacos,
nos sumerge en una realidad paralela. Tanto es así que, tras dar el
Times que los juegos previstos para este verano en Japón quedaban
aplazados hasta 2032, creo escuchar la voz de Juan Antonio Samaranch por lo que un frío recorre el cuerpo entre las sábanas. Y sí, resulta que el que sale al paso es el hijo de su padre en la radio medio
encendida, por lo que estoy deseando levantarme para poder respirar.
Ya de pie intento reponerme de la mano del filósofo Javier Gomá
quien apunta que la pandemia nos ha mostrado el significado profundo
de las señales de tráfico que advierten de que «usted no tiene
prioridad». Y concluye con que «el quid de la moralidad no descansa en
ser libres, como antes, sino en ser-libre-juntos». A otro espíritu es al que se aferra el dirigente del Coi al enfatizar que «vamos a intentar celebrar los juegos a toda costa». No sé. Para medallas tampoco es que estemos.
Mes: enero 2021
Vaya semanita
Frente al edificio siniestrado a dos palmos de la Puerta de Toledo hay
un hotel que sufrió desperfectos tres horas antes de certificarse el
relevo en la Casa Blanca. En una de sus habitaciones fue donde seguí
con fruición el discurso de Obama nada más proclamarse vencedor en
noviembre de 2008. Está claro que Trump lo tiene todo apuntado, no hay más que visionar la cara que lució al descender en Florida del Air
Force One para echar el cierre a su mandato. Produce escalofríos. La
sesión en la ceneene, que se prolongó hasta las tantas con el colosal
remate de fuegos artificiales, se solapó un buen trecho con el
zafarrancho del Collao. Nada más dilucidarse centelleó el móvil con el
envío de un galáctico del ingenio que, además de llevar enganchado a
los informativos yanquis desde el sofocante recuento, es un colchonero
de tomo y lomo por lo que ligó el múltiple espectáculo despachándose a
sus anchas: «Le han robado el partido». Al día siguiente Donald se fue
tan ricamente –nunca mejor dicho– al golf y debió alardear del
resultado en el recorrido ante los adversarios puesto que no se ha
practicado parte de baja alguno.
Los republicanos catalanes y los catalanistas que ahora
republicanean tampoco pueden quejarse. Menudo flechazo les ha remitido el tesejota con motivo del 14 de febrero. El Govern ha devuelto el presente a ver si se lo cambian mentras el pesecé anda colado perdido, más después de que Tezanos haya entonado el «Illa, maravilla» por lo que, sobre confinamientos, ya si eso. Hasta Bertín ha proyectado una señal divorciándose al dar por sentado que, tal como está esto, ni en tu casa ni en la mía.
Un panorama en el que hay quienes solo señalan a aquellos que no
han seguido las indicaciones, pero la curranta de la panadería comenta
que da pavor cómo va el bus por las mañanas. Con la llegada de la
vacuna salvadora lo que se ha puesto en evidencia con mayor claridad
son las dosis de improvisación y escasa garantía en la gestión que nos
gastamos. Y así es difícil sobreponerse. Vamos, casi ni el Alcoyano.
Los sonidos del silencio
El preparador criado en La Masía, que embarcó a los suyos en un viaje
repleto de pasajes inolvidables, se ha encaramado a los cincuenta y
Santiago Segurola ha dedicado en una cabecera catalana un poema a una obra que él considera imperecedera partiendo del feudo negacionista que a lo que eleva a aquel nen medio centro que Cruyff se sacó de la manga es a la categoría de falso mito. En algo de su formulación no puede esconderse que dio en la diana puesto que a la misma hora un rotativo madrileño dedicó una información a la efemérides bajo el siguiente titular: «Pep Guardiola cumple medio siglo sin ganar la Champions para el jeque del rey Juan Carlos». Ni un solo detalle en el olvido antes de que, inevitablemente, se apagasen la velas.
«El cant dels ocells» es la antigua canción catalana escogida para
acompañar por esas latitudes multitud de ceremonias fúnebres.
Hablando de ellas, un batallón de exiliados abrió a finales de los
cincuenta –de otros cincuenta,claro– una suscripción para que los restos de Antonio Machado y de su madre dejasen de morar en un panteón prestado y encontraran, veinte años después del desfile incesante de hombres, mujeres y criaturas intentando alcanzar la frontera, refugio en un rinconcito propio. A uno de los que se contactó para que arrimase el hombro fue a Pau Casals, quien se ofreció a sufragar los gastos. Le hicieron ver las virtudes de que el gesto fuese compartido y el músico aportó su donación junto a Camus, Malraux y cientos de admiradores del poeta, aunque declinó acudir al acto multitudinario celebrado para llevar a cabo el traslado. El afamado violonchelista prefirió acercarse un día normal en el que, tras desenfundar el instrumento, se sentó junto al sepulcro del alter ego de Juan de Mairena –que a los treinta ya presentaba rictus taciturno, dolorido– y le dedicó a solas la popular pieza antes mencionada.
Solo otro apunte: tras el afán exhibicionista del vicepresidente,
¿cuántos compatriotas se habrán removido en sus tumbas?
Un alto en el camino
Se trata de decenas de fotografías de tamaño considerable expuestas
una cerca de la otra. Carolyn Marks Blackwood, artista de los pies a la cabeza, ha ido completando una colección sin apenas alejarse de los
efluvios que expande el Hudson por los alrededores de casa y que hoy
tenemos a tiro tras haber recorrido otros lugares en pleno zigzag del
enclaustramiento. Yo de ustedes haría un alto en el camino con tal de
sumergirse en un mundo interior que les posibilitará escapar del que
les atenaza. No dejen pasar la ocasión.
Son estampas sin título. En su lugar van acompañadas de breves
descripciones envueltas en cápsulas que, al volver a visionar
aquellas, se depositan en lo más hondo. Componen, como la propia
autora reconoce, pequeños guiones que la entrelazan con el universo
cinematográfico al que pertenece. Enfoques cotidianos que, alineados,
representan los obstáculos, peripecias, tormentas y el ansia junto con
el misterio que cualquier hijo de vecino encuentra para seguir
adelante convirtiendo de ese modo al propio espectador en el reflejo
de la naturaleza desnuda que la cámara ha moldeado al dispararse.
Igual es que, en la situación por la que atravesamos, la sensibilidad se halla a flor de piel y necesitamos explorar vías a la que aferranos para que el rumbo no se distorsione en mayor medida aún. Seguramente. Sea por lo que fuere, la contemplación de una secuencia así se convierte en recodos que conducen a uno mismo. Y una vez despejada la bruma, qué visión hay que haber adquirido sobre lo que se ha dejado atrás para reflejar con el objetivo lo que de verdad interesa de cada instante. Y eso es lo que se plasma.
Termina el recorrido y quieres reiniciarlo al hilo del testimonio
revelador que esta mujer deja en uno de sus apuntes junto a ese
paisaje en el que es posible sentir que suena un adagio: «Era todo
demasiado bello para tener miedo». Dentro del recinto se rezuma
inspiración; fuera, bajo el estallido de un luminoso día, permanece
tejida la espesa penumbra.
Control de la situación
Molina de Aragón registra 25 bajo cero y, al ser entrevistado para una
audiencia millonaria, su regidor, como alcalde que se precie, esgrime
que se trata de un frío seco por lo que abrigándose se combate bien,
algo que no ocurre en otros sitios en los que ha estado según se
apresura a remarcar. Eso es defensa del statu quo y, lo demás, es
cuento. Dentro del mapa flamenco con el que vamos tirando, Molina de
Aragón pertenece lógicamente a Castilla La Mancha. Lo bueno de este
viejo país es que a nadie le extraña.
Pero vengámonos para acá donde también abundan historias. En una de nuestras escuelas de idiomas seis mil alumnos llevan el invierno sin
calefacción y con los ventanales de par en par –al igual que en la
mayoría de centros de toda índole– por lo que, de hacer acto de
presencia el bicho, sería vicio. En este tramo los profes se han centrado básicamente en enseñar mantas bajo las que se esmeran en evitar que los estudiantes se transformen en cualquiera de ellas. Las autoridades correspondientes encargaron una caldera de gas fabricada exprofeso para la escuela, aunque a día de hoy se desconoce el paradero. Como eso no es que les vaya a extrañar, la cuestión de fondo reside en que los verdaderos mantas se hallan en otras instancias. Por el camino se ha sabido que el artilugio requerido se encuentra dispuesto para su instalación y que, al tratarse de un contrato de obra menor de 40.000 euros, precisa licencia de tal y, claro, están en ello. Eso sí, la progresión registrada en las aulas a consecuencia de las condiciones en las que se imparte la enseñanza llaman la atención. Ni que decir tiene que los matriculados juran ya en arameo.
En medio del trastorno se produce la llegada a Interior del presidente del Gobierno en un 4×4 para presidir el operativo de expertos que nos traiga el deshielo a lo que el conductor de la oposición responde con una pala sobre la nieve, mientras que las vacunas siguen transportándose por carretera a pesar de los pesares. Por tanto, tranquilidad. Qué puede salir mal.
Esos locos cacharros
El asalto al edificio que acoge el Congreso me pilló en la cola de Annie Hall cuando los protas discuten y alguien da detrás la brasa a su acompañante acerca de la influencia televisiva «dado que McLuhan lo ve un medio caliente que…». El judío pelirrojo de Brooklyn, tan poquita cosa, se revuelve desafiante como si fuese Bogart, lo ensarta con la mirada y, dirigiéndose a la cámara, el otro paliza pregunta «¿Por qué no puedo expresar mi opinión? Es un país libre», a lo que su contrincante repone «sí, claro, ¿pero tiene que expresarla en voz alta?». Entonces se enconan acerca de quién sabe más al respecto hasta que Humphrey saca del envés de un cartel anunciador al mismísimo prescriptor de que «el medio es el mensaje» y este arroja a la cara del refutador de esas teorías que «en su boca mis ideas suenan a falacia ¿Cómo da usted clases de algo que no entiende?» a lo que, quien se lleva el duelo de calle que para eso lo ingenió, apostilla: «Amigos míos, si la vida fuese así…».
De crío en mi barrio había dos cines de verano, el Candelaria y el
Capitolio. Los western solían ir a este último y así asistimos a la
transformación del horrible regimiento del Séptimo de Caballería en el
orgullo de la Unión que se pasaba por la piedra a los feroces siux de
Caballo Loco. Tanto al patrón de la Casa Blanca como al del Pardo, la
alegoría unía sus intereses cuando las posibilidades de contrastar lo
sucedido en realidad eran remotas. El otro día los uniformados del
Capitolio se vieron agobiados sin embargo por una turba cuyos pasos
vienen guiados desde esos locos cacharros sobre los que el todavía jefe de la tribu asienta sus reales, hoy perdido para la causa al haber sido mediodespojado de tales redes. Y sin ellas, no es nada.
Tras escrutar la Galaxia Gutenberg, la Aldea global y la
descripción de los medios como extensiones de las personas, McLuhan se vio venir el cacao y encareció al hijo para que impidiera que los
nietos se enchufaran a la tele, mientras en su lápida reza «La verdad
nos hará libres». Sin duda, ahí es donde Marshall mejor se encuentra.
Los presentes
Tras seis años continuados de recuperación laboral, la pandemia ha
roto tendencia y el añito provisiona la lista del paro con setecientos
y pico mil de adheridos más. No solo eso sino que la web del Servicio
Público de Empleo Estatal, a través de la que se solicitan las
prestaciones, también se ha quedado colgada. Quién da más.
No se preocupe por eso, que hay donde elegir. Los ingresos por
covid han vuelto a desbordar hospitales, algunos de los cuales han
comenzado a colocar –¡valiente colocaciones..!– camas incluso en los
gimnasios mientras que sobre este y otros negocios sobrevuela la
amenaza de clausura. Yo mismo, que soy un fijo de la piscina y que es
el único espacio interior ajeno por el que deambulo, vengo
absteniéndome y sin embargo no he faltado al centro de salud donde la
cola, por cierto, es permanente. El modo de pasar consulta con tu
médico de cabecera debe formar ya parte de Cuarto Milenio. En esta
ocasión me acerco con la precaución correspondiente pero provisto de
cita previa por lo que se me permite acceder sin más. Entro dispuesto
a ponerme la vacuna; la de la gripe no se pongan tensos. La
administración de la fórmula para secar al bicho lograda en tiempo
récord viene despachándose con tal agilidad que da tiempo a
entrenarse. En otros países habilitaron zonas en áreas de salud para,
sin bajar del coche, hacerte gratis la peceerre recibiendo enseguida
el resultado mientras aquí lo que queda a mano siempre es la privada.
Como tras el pinchazo de la última vez me quedó mal cuerpo, la
enfermera me invita a pasear veinte minutos por los alredores. Antes
de darme a la fuga llamo a mi hermana para que controle el estado a
distancia y me cuenta la que se ha armado en un centro comercial con
Paquirrín y otros famosetes de la fábrica de Tele 5 haciendo de magos.
Ves imágenes y no das crédito a que cientos y cientos se agolpen
perdiendo el culo por rendir pleitesía a esta plebe enmedio de la que
hay liada.
Joder, majestades, no sé quiénes nos han dejado todo esto, pero no
vean para desenvolverlo.
Abonados al teatrillo
Todo indica que el teatro Pavón de Embajadores echará el cierre
definitivo a final de mes según advirtió Miguel del Arco, dramaturgo
de postín y uno de los promotores de la idea, antes de que se nos
vinieran las fiestas encima. No podíamos esperar del año que se
marchara con otro mensaje que no anduviese cargadito de tintes
entrañables. La madre que lo parió.
Por casa nos habíamos acostumbrado a rondar montajes de los suyos.
Sin dejar de lado la salas clásicas, esta había inoculado alrededor ese clima que retrotrae a una época en la que estábamos llenos de
fantasías con todo por construir. Creo haber visto en sus rincones
plebe con pantalones de pana, no les digo más. Las propuestas han sido
arriesgadas, cautivadoras e impactantes de la mano de un elenco que,
en el escenario o sobrevolándolo, parecían en el inicio de sus carreras cuando la mayoría están consagrados. Era una elegía entusiasta al trabajo bien hecho, ahora que compañías de buena parte de las actividades que nos rodean vienen desangrándose del bien más
preciado, que son sus curritos, como si nada. Los del bar anexo fueron
quienes le recordaron a la presidenta de la Comunidad cuando esta
fardaba de su apoyo a la hostelería que primero están los sanitarios. Y entonces de la nada levantó un hospital del que lo último que han dicho los facultativos especialistas es que su enfoque es contraproducente. Qué sabrán ellos.
Cuesta escucharla decir que los seres de esta tierra hemos resultado primados por los fondos europeos contra el covid tras patentar que «Madrid es España dentro de España» teniendo en cuenta que yo ya disfrutaba del espectáculo que era la Gran Vía a las tres de la madrugada cuando la excommunity manager de Esperanza Aguirre no había nacido. Entonces oigo al director de un instituto de
investigación Biosanitaria deslizar que «la gente valora muy bien a
los científicos, pero no los entiende» y me quedo a cuadros. Desconocía que Ayuso fuese científica. Es lo que tiene esto, que no hay Dios que le ponga el candado a funciones que terminan con cualquiera.
Broches de oro
Recibo el penúltimo meme de temporada: «Ya lo único que hace falta es
que el 31 se pare el reloj y nos quedemos en el año en que estamos».
Nada más saludar a un amigo le pregunto si ha venido por la costa o
por el interior y, al responderme, la mollera se lanza por su cuenta a
bucear en la tarde de Año Nuevo que cogimos la autopista libre de
peaje y, ¡Ou, mamma!, resulta que fue en este mismo 202o cuando da
toda la impresión de que se produjo no antes sino en otra vida. Es que
lo era, qué cojones. Y como Canarias además se encontraba en temporada alta decidimos darnos unos reyes por aquellas latitudes, en concreto por la isla en la que el padre Teide lo preside todo. Salvo cuando subimos a apreciarlo fue una estancia de manga corta en la que la plebe se sumergía en el Atlántico como si no hubiera un mañana y es
que no lo había. A los nórdicos pero nórdicos, que imponían su
mayoría, el agua se la traía al fresco y donde se arremolinaban horas
era a los acordes del sol. Desde las extensiones para el cultivo del
plátano, cuyo prucés sí que es arduo y no el de Merimée, hasta los
viñedos con bodega adherida tenían grabado que el monocultivo que les sacaba las castañas del fuego no era otro que el del turismo. La
estética colonial traza el aroma de La Laguna donde iglesias, conventos y casas señoriales se dan codazos a la espera de que el desembarco incesante desde los buses apiñados en las plazas haga estragos. Así se inició el año en este apartado y, como en el resto de
parajes, de ese modo acabó.
Y una vez pasado el momento, Netflix y cuatro fruslerías más. La
compañía ha echado mano de Charlie Brooker, el de Black Mirror –que lo petó a base de episodios ambientados en un futuro cercano y oscuro– para arrancar la última hoja del calendario con una buscada cachondez sobre la desaparición de 2020 haciendo un repaso por las páginas más convulsas y siniestras a modo de remate del añito que llevamos. Ni que decir tiene que, como corresponde, se han cubierto de gloria.