Un alto en el camino

Se trata de decenas de fotografías de tamaño considerable expuestas
una cerca de la otra. Carolyn Marks Blackwood, artista de los pies a la cabeza, ha ido completando una colección sin apenas alejarse de los
efluvios que expande el Hudson por los alrededores de casa y que hoy
tenemos a tiro tras haber recorrido otros lugares en pleno zigzag del
enclaustramiento. Yo de ustedes haría un alto en el camino con tal de
sumergirse en un mundo interior que les posibilitará escapar del que
les atenaza. No dejen pasar la ocasión.
Son estampas sin título. En su lugar van acompañadas de breves
descripciones envueltas en cápsulas que, al volver a visionar
aquellas, se depositan en lo más hondo. Componen, como la propia
autora reconoce, pequeños guiones que la entrelazan con el universo
cinematográfico al que pertenece. Enfoques cotidianos que, alineados,
representan los obstáculos, peripecias, tormentas y el ansia junto con
el misterio que cualquier hijo de vecino encuentra para seguir
adelante convirtiendo de ese modo al propio espectador en el reflejo
de la naturaleza desnuda que la cámara ha moldeado al dispararse.
Igual es que, en la situación por la que atravesamos, la sensibilidad se halla a flor de piel y necesitamos explorar vías a la que aferranos para que el rumbo no se distorsione en mayor medida aún. Seguramente. Sea por lo que fuere, la contemplación de una secuencia así se convierte en recodos que conducen a uno mismo. Y una vez despejada la bruma, qué visión hay que haber adquirido sobre lo que se ha dejado atrás para reflejar con el objetivo lo que de verdad interesa de cada instante. Y eso es lo que se plasma.
Termina el recorrido y quieres reiniciarlo al hilo del testimonio
revelador que esta mujer deja en uno de sus apuntes junto a ese
paisaje en el que es posible sentir que suena un adagio: «Era todo
demasiado bello para tener miedo». Dentro del recinto se rezuma
inspiración; fuera, bajo el estallido de un luminoso día, permanece
tejida la espesa penumbra.

Deja un comentario