Historias para no dormir

Lo último de lo que me empapo antes de despedir el día viene de boca
de la autoridad sanitaria que reconoce una transmisión comunitaria del virus «generalizada y sin control». A ello se suma la visión de uno de nuestros intensivistas que se descuelga con que «no le vemos salida al túnel, estamos fatal y en las próximas semanas vamos a empeorar».
Atiborrado de cifras espeluznantes enfilo la cama. A ver quién es el
guapo que duerme.
No soy el guapo. Dentro del marasmo, la eco programada para el
lunes quedó suspendida y la cita con el especialista reconvertida en
telefónica. Lo que en otra vida habría supuesto un respiro, hoy se
transforma en mayor inquietud. La ración anticoagulante se ha
extinguido y la experiencia que arrastro con las llamadas de control
no es la mejor. Cualquiera no lo comprende estando las instalaciones
como están, pero eso no quita para que uno piense en cuánta gente de
pronóstico reservado habrá sin poder ser atendida como dios manda…
Yo, que no debo ser uno de los casos flagrantes, siento en plena
madrugada una presión en el pecho de esas que, a los hipocondríacos,
nos sumerge en una realidad paralela. Tanto es así que, tras dar el
Times que los juegos previstos para este verano en Japón quedaban
aplazados hasta 2032, creo escuchar la voz de Juan Antonio Samaranch por lo que un frío recorre el cuerpo entre las sábanas. Y sí, resulta que el que sale al paso es el hijo de su padre en la radio medio
encendida, por lo que estoy deseando levantarme para poder respirar.
Ya de pie intento reponerme de la mano del filósofo Javier Gomá
quien apunta que la pandemia nos ha mostrado el significado profundo
de las señales de tráfico que advierten de que «usted no tiene
prioridad». Y concluye con que «el quid de la moralidad no descansa en
ser libres, como antes, sino en ser-libre-juntos». A otro espíritu es al que se aferra el dirigente del Coi al enfatizar que «vamos a intentar celebrar los juegos a toda costa». No sé. Para medallas tampoco es que estemos.

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