Efectos de una antidiva

Costaba pensar que no era un sueño y no, no lo era. Había podido
aparcar en pleno centro con inquietante facilidad tras atravesar
calles fantasmales al caer la noche. Pero aún no daba crédito a que en
estas circunstancias fuera a verla. La devolución de entradas por el
cierre perimetral había obrado el milagro a ultimísima hora. Y sin
embargo ahí estaba, en el altar mayor de la sala Arniches por obra y
gracia del esfuerzo de todo un equipo y por la devoción que derrocha
ella con aquello que hace. Pocas voces como la suya para provocarte un
sonoro impulso dentro del marasmo. Mejor respiro no se me ocurre.
La primera vez que vi a Silvia Pérez Cruz sobre un escenario iba de
rojo luminoso acompañada por un cuarteto de cuerda. En esta ocasión,
la cantante y compositoria aparecía en solitario con un par de
guitarras e instrumental de la época, enfundada en una especie de mono negro. Algunos dirán: ¿Y no habría sido el momento para irradiar
alegría por los cuatro costados? No le sale. Al igual que cualquiera,
viene de donde viene y quiso mezclarse sin esas imposturas que nunca
se gasta. Por eso los primeros acercamientos fueron a través de letras
escritas en la oscuridad de la primera fase sobre amigos, reveses,
lejanías, soledades que conectaban con los sentimientos averiados de
quienes lo que más necesitan es compañía y, si te la da alguien con
cara de ángel y sensibilidad extrema, para qué contar porque lo que
hay es que vivirlo.
Y es lo que hizo sin premuras, insuflar brío poco a poco, ánimo y
valor hasta convertir el encuentro en una interactuación gracias a la
capacidad que tiene esta mujer de pasar de un registro a otro, de un
espiritual a una ranchera con la mayor naturalidad haciéndote creer
que todo es más fácil de lo que parece a pesar de la suma dificultad
que entraña, incluida la maldita prueba esta ante la que nos
encontramos. Dos horas, dos nada menos, en las que ni siquiera las
gafas se empañaron debido seguramente a que todo lo que deseaba ver y palpar se había quedado bien dentro.

A la luz de los vestigios

Contaba Manuel Muñoz que formando parte de la redacción central de El país recibió al final de la semana el encargo de la dirección de tomar
las riendas de la delegación en Valencia, ciudad que apenas si conocía
de unas cuantas visitas. Cuando al lunes siguiente estaba deshaciendo
las maletas los tanques salieron a las calles de su nuevo destino. Como para no orientarse a toda pastilla.
Imprevistamente acababa de enterarme de que iba a ser padre, que
tampoco está mal. Aquello me zambulló de golpe en la niñez de mi madre que se quedó huérfana sin comerlo ni beberlo de una ráfaga incivil con lo que ella se había esforzado por no transmitir señal alguna de quebranto arropada en su pretensión por el silencio impuesto. Fueron minutos, horas de zozobra para muchas criaturas y de frotarse las manos para otra plebe con la salibilla escapándoseles de la comisura. De ser niño teníamos claro que se llamaría Pablo como Picasso, como Neruda, como Milanés, lo cual nada más pensarlo en ese trance suponía un riesgo. El sino de una historia que, por determinadas páginas, a veces parecen pura ensoñación teniendo en cuenta el cuajo atesorado desde una Hispania con emperadores del porte de Trajano y Adriano que conquistaron a la parroquia por modernizar el patio a base de bien y no con aristócratas ni élites senatoriales. O el podium en el centro del mundo cuando en el territorio no dejaba de salir el sol y la herencia del poderío que han irradiado paisanos ilustres en el campo de las artes y las de las ciencias. Y, sin embargo, de siempre hemos sido propensos entre nosotros a la guerra sin cuartel. Bueno, es un decir.
Tenía que venir una debacle como esta para confirmar que no tenemos remedio. Incapaces de dar una respuesta potablemente unitaria al desafío, seguimos enfrascados en el baile de bandos que lastra una salida franca a los supervivientes. Y, sí, el niño aquel creció tela de sano y, aunque encontró estabilidad emocional, sigue sin pensar en tener uno. Por algo será.

Todo eso que nos rodea

Las elecciones con trazo indepe me pillaron enfrascado en «El hijo del
chófer». Para quien lo dezconozca, la obra gira en torno al desvarío
de personalidad en un periodista que marcó el paso de la actualidad
catalana en la cabecera radicada en Madrid más influyente durante los
primeros compases de la transición con lo que uno no sabe qué pensar
al respecto, si que a veces la selección de personal deja mucho que
desear o si alrededor de los pilares que venía levantando el pujolismo
estaba en el ajo hasta el apuntador. El ejemplar en realidad va sobre
esto, sobre la perversión enhebrada por la crème de la crème y resulta
tan escalofriante, tan sobrecogedor que, desenmarañar lo que ahí se
encuentra tejido, tiene un tocao. En fin, tampoco hace falta que lo jure. Cuando a Alfons Quintá, el susodicho, le insistían en saber por qué había sido el elegido para poner en marcha la tevetrés no tenía
empacho en responder que por el temor que albergaban a que contara lo que aún podía contar. El cargamento informativo utilizado como arma de extorsión masiva.
A fin de vacunarme en alguna medida me sumerjo en la lectura de
Naomi Klein, periodista en las antípodas, activista que disecciona lo que tenemos encima como la madre que la parió. Su nueva aportación
lleva por título «En llamas» porque «el mundo vive un gran incendio y
no lo estamos apagando». Los ganadores para ella del añito que
llevamos han sido los bimillonarios de las empresas tecnológicas que
han aprovechado la debilidad que ya mostraban el Estado, los
hospitales para hacerse con la tajada por la puerta de atrás. Y, luego, las farmaceúticas, claro, cuando lo que hay que buscar, remarca, es cómo asegurar que todos tengamos suficiente para una vida digna propiciada por un crecimiento económico en el que los mercados jugarán su papel, pero no guiándolo. Son tantos y tan imponentes, desde luego, los desafíos que es lógico que nosotros andemos a golpe de rap.
Y luego hay quienes proclaman que lo que tiene mérito es irse a Marte.

El médico herido

Ha sido el médico de cabecera más tiempo pegado a mi cartilla. Y era un caso. Tanto que hube de hacer esfuerzos para no convertirme en un
adicto a la consulta. Nada más entrar empezaba a reirse. Y, cuantas más vueltas daba con mis inapreciables dolencias, más se reía. De modo que me ahorré el psicólogo.
Como culo de mal asiento, intentaba acudir a todos lados en plan
solidario. Trabajó en Guinea, Senegal, Mali fogueándose en Medicina
Tropical. Y, aunque jubilado en el 17, siguió involucrado en proyectos. Así que, en cuanto nos llegó la pandemia y se abrió la bolsa, fue de cabeza. Un año después de convivir con el bicho no da la impresión por los resultados de que hayan sobrado manos y, sin embargo, no le han hecho ni caso. Nadie le ha llamado. Y está herido porque anda estupendo de salud, tiene experiencia en mapas
comprometidos, fue director provincial de Salud Pública cuando la
legionelosis, el síndrome Ardystil y el sida arreciaron y ensalza el papel por entonces del departamento central en Valencia. Para enfrentar la pandemia señala, en cambio, que no hubo estrategia alguna, recuerda lo inconcebible de que con pocos enfermos de covid los centros de salud en octubre también estuvieran colapsados y denuncia que continúan sin tomarse las medidas necesarias lo que nos hizo alcanzar cifras récord cuando poco antes íbamos tan bien. En fin, que… Y, ojo, porque los que gestionan son los de su cuerda.
No son pocos los galenos en activo que detectan improvisación en lo
que viene haciéndose. De modo que entre los que se saltan las
recomendaciones a la torera; el electorarismo de los artistas; los
muñidores de las colas; el enconado negocio de las vacunas y que el
sistema sanitario, según miembros, ni emplea criterios uniformes ni es
transparente estamos aviados.
Una de las cosas que echo de menos son aquellas consultas. Pero, vaya, ni es fácil dar con el de cabecera salvo que seas Iker Jiménez
ni mi favorito encuentra motivos para la risa. El diagnóstico, bueno, no es.

Noticias del gran mundo

Veo un reclamo de este porte danzando por ahí y me cuesta lo suyo
pasar de largo. La historia la comanda Tom Hanks, que ha hecho de
astronauta, de Crusoe, de Forrest… y que, pese a no tener demasiada
pinta de John Wayne, se calza un western. Y sí, a la primera de turno
queda patente que los periódicos forman parte del hilo conductor. Con
la trama en ebullición a consecuencia de la guerra de Secesión, la
tinta corre entre un porrón de revueltas cruentas. O sea como hoy en
el territorio editorial me refiero.
El prota se gana la vida leyendo las noticias más destacadas de una
pila de cabeceras por pueblos de mala muerte en los que, ávidos de
información, los esforzados pobladores contribuyen con diez centavos,
algo que en la actualidad a multitud de coetáneos les parece
inconcebible apoquinar por ello. Ya ven que, no en todas las facetas,
el Lejano Oeste reaccionaba de modo más incivilizado. La cuestión es
que lo primero que lee el excombatiente son los diarios locales y el
numeroso grupo de asistentes recibe alborozado el anuncio de que la
Junta de Ferrocarriles del Pacífico ha dado el okey a que las líneas de Misuri, Fort Scott y el Golfo se fusiones en un tramo que irá de la
frontera de Kansas hasta Galveston, Texas, siendo el primero en cruzar
la reserva india. En pleno siglo XXI, este medio sigue sacando a la luz conexiones de cercanías que no tienen nada que envidiar a las de la época aquella.
A continuación el capitán anuncia que va a ofrecer las noticias
federales y una ola de murmullos inunda el recinto. «A ver, el
presidente Grant…». «¡Que se vaya al infierno!» La gran mayoría de
asistentes pone fino a los mandatarios salidos de la confrontación, los ánimos se van caldeando volviéndose ya todo el auditorio hacia los
guardias que vigilan la concentración y los paganos de la visión de
conjunto que les ha acercado el lector se muestran contrarios a las
enmiendas anunciadas al grito de que «no hacen más que zurrar a los
sureños». Como para decirles que toca posicionarse sobre lo de
Catalunya.

Teoría de la comprensión

Los hosteleros están tomando de nuevo las calles y, al respecto, ha
deslizado Calviño: «Llevamos casi doce meses de crisis y es
comprensible, ¿no?, que las personas estén preocupadas, que estén
cansadas y creo que eso nos tiene que llevar a ser doblemente
sensibles y doblemente empáticos». Para lo estricta que es con la
subida del salario mínimo, lo espléndida que se muestra a la hora de
empatizar.
Alguien que no escuchase el marco expresado por la vice, es posible
que pensara: «esta es la mía». Y es lo que hizo el fin de semana uno de 40 tacos al que, tras pararlo la poli para pedirle el justificante por el que cambiaba de provincia, el hombre blandió un recorte de periódico con referencia a que las necesidades básicas están permitidas y esgrimió que había quedado con su novia para hacerlo tras un mes sin catar esa bendición. No solo hubo de volverse sino que le cayó una buena multa. Se trata de un paisano de García Egea quien vino a decir no hace tanto que la victoria del señorito en el último congreso fue lo que posibilitó el cambio de rumbo para que algo dejara de oler a podrido en el partido sin que ni los marianistas ni los sorayistas ni nadie haya abierto la boca. De modo que, en el caso de que el hombre cazado por la autoridad a la hora de frenar sus impulsos hubiese mostrado el carné de la agrupación esgrimiendo que lleva dos décadas pagando la cuota y ni dios le ha explicado un gramo acerca del berenjenal este por lo que para él era ya una necesidad básica poner distancia, tampoco habría colado. Dado que tiene casi su misma edad debería aprender de Teodoro.
El que no necesita aprender nada porque anda convencido de
sabérselo todo es Iglesias. El sacrificio que afronta al formar parte del Ejecutivo de una nación en la que según él «no hay situación de plena normalidad política ni democrática» es desgarrador. Y a los que se paró los pies, sin embargo, fue a un par de octogenarios que reservaron de estranjis una habitación de hotel en lugar de rendirles pleitesía. Ellos sí que suponen una referencia.

Los del club de la trola

El ecónomo de la díocesis Orihuela-Alicante, Francisco Martínez, se
halla a sus 64 tacos –o sea, que ya no es un chiquillo– confinado en
la Casa Sacerdotal tras contagiarse de covid, después de haberse
negado a llevar mascarilla desde que la usa buena parte del género
humano porque él si cree en el misterio de la Santísima Trinidad pero
está convencido de que la pandemia y sus consecuencias con el personal sanitario al borde de un ataque de nervios son una trola. El cura Paco tiene a su feligresía contenta.
En ese mismo recinto, del que cinco residentes –entre los que figuró el emérito Rafael Palmero– tuvieron que ser hospitalizados de entre 17 positivos, fue donde se trasladó para inmunizarse el actual obispo Murgui lo que provocó que Sanidad abriese una investigación para determinar si se trata de uno de los casos de vacunaciones irregulares. De momento tiene complicado llegar a una conclusión puesto que, hasta la hora en que son redactadas estas líneas, no ha sido incluído en la lista de supuestos avispados. Yo lo entiendo. Es comprensible que para el Consell, tal como anda el Botànic, no sea plato de gusto chocar también con la Santa Madre Iglesia, cuya capacidad de resistencia por los siglos de los siglos es la biblia en pasta. De tener las competencias, lo mismo le ocurriría al Ejecutivo central, que si habrá chocado entre sí y con los apoyos correspondientres, que ha tenido que recurrir a poner de ejemplo a Abascal y su cohorte. Por las fatigas en garantizarse el derecho a vivir como se siente una parte de la coalición y el denuedo de la otra a vivir sin sentir, ya le llaman el transgabinete.
Y el prelado superior y el administrador de los bienes terrenales, ¿se van a ir de rositas? Ustedes qué creen. Tienen mucho Antiguo y Nuevo Testamento recorrido, conocedores de que en nada viene el Miércoles de Ceniza y con él la Cuaresma para arrepentirse de los pecados, en la que no resultaría muy católico dejar a monseñor con el ayuno de la segunda dosis. Por Dios, que hay que salvar la Semana Santa.

Una familia como otra

Estamos ante una sucesión de escenas del día a día entremezcladas con
otras del ayer que obtuvo una cámara casera empuñada por el padre, en las que se observa que es este quien le mete a la pequeña Emma el
virus de cuero siendo hoy la 9 de referencia en el conjunto de la
escuela. A ella y a su hermana mayor se les cae la baba delante del
perro que están a punto de adoptar cuando algo se quiebra con los
padres discutiendo fuera del alcance en un percance de lo más habitual
dentro de cualquier currículum familiar. La vuelta se produce bajo un
silencio espeso. Una vez a la mesa, él reparte pizzas, la madre alerta
de que se van a divorciar, las crías se miran sin mover un músculo y
a Thomas, que así se llama, se le nota a contrapié cuando, ante su
parálisis, resuena la causa: «Papá quiere cambiarse de género porque
se siente mujer». Como supondrán las caras de las chavalas son para
verlas.
Sus expresiones y actitudes van a marcar el desarrollo del trance
porque el hombre tiene cerrado el viaje para la operación. El
largometraje danés sitúa la historia durante el cambio de siglo cuando
los países, con la OMS a la cabeza, consideraban a los transgénero
enfermos mentales, postura que el ente pensado para velar por la salud
de todo quisque ha mantenido hasta hace dos días. Otros dogmas también sienten que se tambalean pese a que Simone de Beauvoir, que no es sospechosa, ya alertara de que «la mujer no nace, se hace» dado que, desde esta perspectiva, el sexo es una representación y no una identidad inamovible, tanto que a estas mujeres hay que
proporcionarles cobertura para la revisión de la próstata.
La mayor le susurra al padre que llamarse Agnethe es muy bonito
agradeciéndole por su parte a la primogénita su decidido apoyo en la
fiesta de la confirmación a los 14 ante el grupo de familiares y amigos. A la peque lo sucedido la tiene subida a una montaña rusa que la conduce a pedirle que se quede en el instante que se marcha a Londres para darle a la criatura el margen que necesita. Al reencontrarse por vacaciones, las tres salen en la cámara casera abrazadas sobre el Támesis haciendo frente al indómito destino.

El muestrario

Fue hace nada cuando los no convivientes aún podían acercarse a papear el fin de semana. Como estaba solo renuncié a la siesta en una prueba de devoción extrema y me senté con los chavales a ver algo. Tras el habitual desasosiego por dar con una elección acorde, uno sentenció:«Deportes». Rebuscamos, acabamos en una serie que tiene sus hallazgos y elegimos un capítulo, aún por revisar, titulado «Cuando fuimos los peores». Es un recorrido por la reciente antigüedad en el que
intervienen pioneros esforzados que en los ochenta pertenecían a un
país al que le costaba un mundo salir del atraso y así desfila una
internacional con 25 años en la absoluta de balonmano que siempre
quedó lejos de cualquier logro, aquella nadadora que tenía que oir al
final de las pruebas el extendido «al menos los nuestros no se han
ahogado», un velocista negro «con marcas de blanco» según símil propio y otro corredor que, en su especialidad, recuerda que solo terminó dos carreras. Pocos días después, la primera noticia que bosó la radio nada más despertar fue que ese deportista nada frustrado por lo que después aportó llamado Adrián Campos había muerto. Lo cojas por donde lo cojas este tiempo te deja helado.
Ahora que las limitaciones vuelven a recrudecerse para el común de
los mortales, una de las primeras iniciativas del Govern tras subirse
el telón electoral fue la de cargarse el confinamiento perimetral si
se iba a un mitin lo que provocó que, a continuación, las formaciones
en liza tuvieran que rogar que no se saltara. Es bien conocido que los
conductores indepe del prucés muy centrados no es que se hayan
mostrado nunca, pero una ocurrencia de este calibre deja a las claras
dado los registros exhibidos que, el mencionado ramillete de
vocacionales que dieron todo de sí en su época, los han adelantado por
la derecha y por la izquierda ya que, con la ternura de sus testimonios, sí que ayudan a hacer una digestión de lujo. Con los «señoritos supremacistas», tal como los cataloga Muñoz Molina, es que no hay manera.