El médico herido

Ha sido el médico de cabecera más tiempo pegado a mi cartilla. Y era un caso. Tanto que hube de hacer esfuerzos para no convertirme en un
adicto a la consulta. Nada más entrar empezaba a reirse. Y, cuantas más vueltas daba con mis inapreciables dolencias, más se reía. De modo que me ahorré el psicólogo.
Como culo de mal asiento, intentaba acudir a todos lados en plan
solidario. Trabajó en Guinea, Senegal, Mali fogueándose en Medicina
Tropical. Y, aunque jubilado en el 17, siguió involucrado en proyectos. Así que, en cuanto nos llegó la pandemia y se abrió la bolsa, fue de cabeza. Un año después de convivir con el bicho no da la impresión por los resultados de que hayan sobrado manos y, sin embargo, no le han hecho ni caso. Nadie le ha llamado. Y está herido porque anda estupendo de salud, tiene experiencia en mapas
comprometidos, fue director provincial de Salud Pública cuando la
legionelosis, el síndrome Ardystil y el sida arreciaron y ensalza el papel por entonces del departamento central en Valencia. Para enfrentar la pandemia señala, en cambio, que no hubo estrategia alguna, recuerda lo inconcebible de que con pocos enfermos de covid los centros de salud en octubre también estuvieran colapsados y denuncia que continúan sin tomarse las medidas necesarias lo que nos hizo alcanzar cifras récord cuando poco antes íbamos tan bien. En fin, que… Y, ojo, porque los que gestionan son los de su cuerda.
No son pocos los galenos en activo que detectan improvisación en lo
que viene haciéndose. De modo que entre los que se saltan las
recomendaciones a la torera; el electorarismo de los artistas; los
muñidores de las colas; el enconado negocio de las vacunas y que el
sistema sanitario, según miembros, ni emplea criterios uniformes ni es
transparente estamos aviados.
Una de las cosas que echo de menos son aquellas consultas. Pero, vaya, ni es fácil dar con el de cabecera salvo que seas Iker Jiménez
ni mi favorito encuentra motivos para la risa. El diagnóstico, bueno, no es.

Deja un comentario