Costaba pensar que no era un sueño y no, no lo era. Había podido
aparcar en pleno centro con inquietante facilidad tras atravesar
calles fantasmales al caer la noche. Pero aún no daba crédito a que en
estas circunstancias fuera a verla. La devolución de entradas por el
cierre perimetral había obrado el milagro a ultimísima hora. Y sin
embargo ahí estaba, en el altar mayor de la sala Arniches por obra y
gracia del esfuerzo de todo un equipo y por la devoción que derrocha
ella con aquello que hace. Pocas voces como la suya para provocarte un
sonoro impulso dentro del marasmo. Mejor respiro no se me ocurre.
La primera vez que vi a Silvia Pérez Cruz sobre un escenario iba de
rojo luminoso acompañada por un cuarteto de cuerda. En esta ocasión,
la cantante y compositoria aparecía en solitario con un par de
guitarras e instrumental de la época, enfundada en una especie de mono negro. Algunos dirán: ¿Y no habría sido el momento para irradiar
alegría por los cuatro costados? No le sale. Al igual que cualquiera,
viene de donde viene y quiso mezclarse sin esas imposturas que nunca
se gasta. Por eso los primeros acercamientos fueron a través de letras
escritas en la oscuridad de la primera fase sobre amigos, reveses,
lejanías, soledades que conectaban con los sentimientos averiados de
quienes lo que más necesitan es compañía y, si te la da alguien con
cara de ángel y sensibilidad extrema, para qué contar porque lo que
hay es que vivirlo.
Y es lo que hizo sin premuras, insuflar brío poco a poco, ánimo y
valor hasta convertir el encuentro en una interactuación gracias a la
capacidad que tiene esta mujer de pasar de un registro a otro, de un
espiritual a una ranchera con la mayor naturalidad haciéndote creer
que todo es más fácil de lo que parece a pesar de la suma dificultad
que entraña, incluida la maldita prueba esta ante la que nos
encontramos. Dos horas, dos nada menos, en las que ni siquiera las
gafas se empañaron debido seguramente a que todo lo que deseaba ver y palpar se había quedado bien dentro.