El flamenco eje norte-Sur

Supongo que la audiencia –porque el fenómeno este sí que fue de
mayoría absoluta– recordará cuando, en el arranque de «Ocho apellidos vascos», Clara Lago larga de los andaluces mientras da buena cuenta del rebujito en un bodegón frente a Triana y sus amigas, que la
llevaron forzada desde más o menos las cercanías de Hernani, intentan
calmarla en el momento en el que Dani Rovira sube al escenario, agarra el micrófono y haciendo apología de la grasia que lo inunda se
desmontera asín: «Esto son dos vascos que se encuentran y le dice uno
al otro oye, Pachi, que me enterao que tu hija está en la cama con
gonorrea. Y el otro le replica y a mí, ¡qué hostia!, mientras sea vasco…».
En otra época, sesenta, setenta mil de ellos tirando por bajo habrían tomado en las próximas horas las calles de una ciudad que en esta semana se recrea en las mismas con imágenes de sus hermandades,
el sonido apasionado de unas marchas que arrebatan y el aroma a
azahar. En fin, el catálogo completo que diría la muchacha antes de
caer rendida a los pies del graciosillo. Es de imaginar a esos chicarrones del norte destripar el don de los costaleros llevando el paso de misterio al compás de la música y, al verlos mecer el barco de tres mil kilos, cascar entre sí: «¡Ah! Pues yo pensé que lo llevaban entre cuatro, uno en cada esquina. Así, cualquiera».
Tengo un amigo de la Real y otro del Athletic, mucho más furibundo
que para eso vivió apenas sus dos primeros años en el Bocho y para qué
más. Con el padre de éste, que cumplía en plan redondo y con los dos,
lucubré hacer de anfitrión el 18 de abril de 2020. El sábado no irán a la Cartuja ni los alcaldes de Bilbao y San Sebastián y, a esta hora, del rey no se ha dicho nada, aunque sin estruendosa pitada de por medio el equilicuá al enigma diluye los decibelios. Lo que sí ha logrado la final euskaldún es ser aplazada más que ninguna otra en el mundo hasta ver si podían acercarse los suyos. Es lo de siempre. Sevilla tendrá un color… pero lo que de verdad pesa es el régimen foral al uso. Eso sí que es especial.

Madrugó la madrugada

Fue a las cuatro de la mañana cuando la luz del móvil centelleó en la
habitación de al lado. ¿¡Y esto!? El mensaje venía de Rosa: «Mi hijo
Pablo ha muerto en accidente». El impacto nos atravesó por completo y
no hubo forma de volver a conciliar el sueño.
Nuestros pequeños disfrutaron de un verdadero oasis entre aquellos
quicios aprovechados con ansia en una escalera compartida. Una tarde
arriba, otra abajo y tiro porque me toca. Cuando nos mudados, la niña,
que se había hecho inseparable del mayor de ellos, de Iñaki, estuvo no
recuerdo si seis meses o un año sin dirigirnos la palabra. El trance nos permitió certificar el carácter de la muchacha y apreciar lo que supuso coincidir con unos vecinos de chapó junto a los que plantamos pinos, escribimos páginas de todos los colores y vimos cómo las criaturas fueron convirtiéndose en personitas discutiendo por todo y por más hasta dar con la salida al laberinto cogidos ya de la mano.
Provistos de proverbial ternura y de ese tiento que actúa de
brújula, Rosa y Daniel mantuvieron colgadas durante mucho tiempo en el mural de casa fotos repletas de las cucamonas más relucientes y, con
la llegada de las nuevas etapas, fuimos dispersándonos pero siempre
hubo un hilo conductor que nos mantuvo al tanto de por dónde andaba
cada uno y en qué. Hasta que la conmoción partió en dos esa sonrisa
que sobrevolaba enlaces.
El final del trayecto para Pablo llegó fatalmente el día que cumplió los 30. Imagínense el drama. Y a la vera se desplegó sin embargo la calidez de sus padres, con un esfuerzo que para qué, dejándose llevar por testimonios de los amigos que no pararon de relatar lo bien que estuvieron con él esa tarde y cuánto se rieron juntos en un carrusel de sensaciones que, recibido por ambos, se transformó en soplos de vida.
Por nuestra parte se ha rescatado las fotos colgándolas en la pared
para sentirnos cerca de quienes tan buena compañía nos brindaron,
aunque el desgarro nuble hoy, y de qué forma, el recuerdo dichoso.

El bosque animado

Me levanto harto de estar harto y, antes de que la pandemia
preelectoral queme las tostadas, cambio informativos generalistas por
el de Radio 3 que, a las ocho y un pelín, se nutre de la coña
imprescindible. Todo subterfugio es poco para escalar el día que viene
y el que vendrá.
El alcalde de la Villa y Corte, al que los granujas de Todo por la
radio –otro espacio que tal baila– introducen sus intervenciones bajo
el registro del «América» de Nino Bravo al son de «¡Almeidaaaaaaaa!»,
sale dándole lecciones al candidato brother que si de algo sabe es de
dar clases porque del encanallamiento en el que se metió no ha
alcanzado ni el Bup. Antes de involucrarse en esta vaina impartía
clases de Metafísica, Hermenaútica, Ontología y Teodicea por lo que,
enfrentarse a la chiquilla descarada que suelta proclamas como
churros, tiene que suponer un gran ejercicio de contención, el mismo
por el que el hombre ha estado meses tomandóselo con filosofía. Y
algún bichito invade su formación porque cada vez más candidatos
proceden de la rama.
Tras un somero repaso a lo acontecido, los conductores de Hoy
empieza todo, que igual te llevan a Muñoz Molina hablando sobre Chaves Nogales que a un periodista puntero diseccionando la mafia, anuncian al pianista, cantante y compositor Luis Prado para presentar «El tsunami emocional», su último trabajo. No hay nadie de la música guapa que pegue más ahí y para muestra algún botón: «Caíste en el error de seguir lo peor del conservadurismo, del sensacionalismo, de El Mundo y OK diario. Caíste en el abismo» o «El telediario nos ha informado, con Ana Blanco y su peinado, que esto se acaba, que el fin del mundo es ya». El tragicómico que habita en él no puede ocultar que lleva los medios en la sangre y cuenta con la habilidad de meterles tal ritmo que la cruda realidad da paso a un subidón. ¡Qué arreglos, madre mía! Lo que pasa es que con las mociones y ocurrencias como las de alardear de soso, la competencia es tremenda. Son artistas que terminan con cualquiera.

Sea por los ríos de tinta

Tras 45 años compartiendo vicisitudes con el respetable ha fallecido
tres meses después que la mujer con quien regentó el quiosco de prensa abierto por antepasados en puertas de que, desde la presidencia del Consejo de Ministros, Azaña promoviese la reforma militar, la agraria y regara la bendita tierra mariana de laicismo lo que provocó que Sanjurjo y su tropa se pusieran flamencos del modo que se ponen Santiago Abascal y Ortega Smith cuando arengan a los suyos desde las plazas de España. Es lo que hay.
Un par de años antes de que el hombre pisara la Luna y las
revelaciones comprometidas sobre lo más cercano fueran pura entelequia por aquí, una pionera llamada Asunción Valdés se embelesó con la tinta derramada en la Guerra de los 6 días lo que, mira por donde, abrió en ella la espita de un campo de batalla por el más allá que la condujo a poner el periscopio en los centros de decisión de la vieja Europa, que no son mancos y donde aún nos jugamos buena parte de las habichuelas.
En la transición de los setenta a los ochenta, cuando los diarios de Madrid llegaban al día siguiente o por la tarde en el mejor de los casos, hornadas de vocacionales imberbes se inyectaban crónicas de
corresponsales de guerra a modo de ginseng. Desde las postrimerías de
su retiro en los campos de lavanda alcarreños, Manu Leguineche
diseccionó así la selva en la que él se adentró: «Aquella época
resultaba romántica y bohemia pues era muy natural y uno se sentía
plenamente periodista con medios precarios. Sin nostalgia, y con todas
las reservas, creo que eran tiempos más estimulantes. Se echa de menos
aquel método en el que tenías que hacerte con la información como
fuese sin depender tanto de interné, que ha enfriado mucho la
profesión».
La cuarta generación se ha hecho cargo y el punto de venta será
centenario en nueve abriles si logra esquivar un tiempo en el que, salir a su encuentro, se ha quedado en el baúl de recuerdos corroborando eso, que la frialdad ha venido para quedarse.

¡Qué bien, qué bien con Isabel!

Joder, cómo se presenta el derbi, ¡Dios mío! El campañón se cerrará
lógicamente el 2 de mayo. Qué menos. Desde su pijo parcela tuitera,
Figo ha entrado en juego al grito de «¡A por ellos y a por la libertad!» y queda que lo haga Pepe Reina, más escorado a la banda derecha. Como se le ocurra salir al ritmo de «¡Camarero, una de..!» es capaz de apuntarse Millán Astray marcándose un chotis en el plató de «Al rojo vivo». Y no descarten que, al final, Aguado opte por…«La isla de las tentaciones». Menudo ardor se ha generado.
Para su primer cara a cara, Iglesias eligió «El intermedio» donde
compareció serio, pero que muy serio ante la amenaza ayusera después
de haberse puesto chistoso con uno de los mayores dolores que
atraviesa al Estado que vicepreside por un mísero puñado de votos
indepes o así. Y claro, en el primer acercamiento, Íñigo le ha dicho
tararí que te vi dejándole caer la candidata de su formación al
personaje que «Madrid no es una serie de Netflix». Son tantas las que
mezcla que, como ha demostrado en su breve paso por el Gobierno,
confunde los planos.
Aquí está dejándose jirones hasta el apuntador, incluído Toni Cantó, escurridizo donde los haya. Encabezando la lista de upeydé por Valencia, abandonó en puertas de las autonómicas de 2015, le
preguntaron si se iba para no quemarse a fin de pasarse a Ciudadanos y
respondió que qué se habían creído, que él no hacía eso. Hoy se
especula con el pepé, previo paso a Vox quizá, y con su retorno a los
escenarios. En fin qué culpa tendrá el teatro.
Y luego está Ayuso, la reina de la puesta en escena. Más que luego,
en cada instante. Tan intensa, tan provocadora, tan elemental, querido
Watson. Su jefe, por llamarlo de algún modo, debe pensar que como le
salga mal la jugada, ojú, y que como le salga de perlas, ofú. El duelo
entre la galana y el del moño resulta tan imprevisible que puede aupar
a Gabilondo a lo más alto del podio sin comerlo ni beberlo y, bueno,
tendría su gracia. Algo más meritorio, desde luego, no se me ocurre.

El cocido madrileño

Murcia también existe, ya lo sé, pero, una semana antes del tomate,
Ayuso y Rocío Monasterio se pegaron una velada de aquí te espero en la cafetería de la Asamblea ante los ojos atónitos del respetable mientras Aguado se devanaba los sesos con los suyos en una mesa a tiro de piedra antes de caerse con todo el equipo. Como mucha gente fuera de nuestras fronteras sabe la huerta murciana da mucho de sí pero, cuando uno o más bien una ve que por más ardor que ponga en la pelea no deja de tener el cuerpo cortado, algo más potente que meterse un buen cocido madrileño es difícil que exista. Y nada, ya saben; los
garbanzos, puestos a remojo.
Alrededor de esas mismas horas cafeteras Aznar participaba en un
acto a mayor gloria suya en el que, al tiempo que trataba con desdén
al cabeza visible de la formación que él heredó de apé, lanzaba el
siguiente aserto: «El modelo de Madrid, ¿por qué quieren acabar con
él? Porque es el modelo de la libertad. Es el modelo en el que, con
impuestos más bajos, se puede crecer y recaudar más, tanto como para
en plena pandemia crear empleo». Y hasta Esperanza Aguirre, la
entrañable pareja que con Gallardón tantas escenas memorables nos
dejó, se vio impelida a salir a escena para dejarlo ahí: «Confié mucho
cuando llegó Casado en que iba a dar la batalla de las ideas. No me ha
decepcionado, lo que pasa es que ha cambiado de estrategia y lo mismo
era acertada, aunque el caso es que en las catalanas no ha funcionado». Y, claro, nada más ponerse en marcha el cocido se ha apresurado con sus avíos la que faltaba: «Hay alternativa –proclama Cayetana–; Ayuso ha entendido que la moderación en España no es tanto una virtud como un defecto». En fin, todo preparado para que la cosa hierva.
Ya la única sintonía entonada desde Génova o desde el inmueble
donde reine es la escrita por la presidenta, incluso en labios de Teodoro intentando expulsar a la vez el hueso que se había tragado en
casa. En que arrase ella en mayo ve su señorito la tabla de salvación
propia. ¡Ay, qué rico!

La historia interminable

Amanezco con la voz de quien ha diseñado para Airbus en nuestro
territorio la antena del Perseverance que ha permitido escuchar por
primera vez el sonido del Planeta Rojo y la jefa del programa es una
física electrónica gracias a cuyo manejo pueden recibirse los datos
que emite el chisme. Argumenta que «cada vez es menos noticia que haya mujeres en el mundo de la ciencia» pero esto no es óbice para que los que seguimos en la adolescencia el papel que se les daba en nuestro
entorno nos alegre el despertar y nos reconcilie por dentro en la parte correspondiente dado que el desfase persiste. Y para quien no lo vea o no quiera verlo, la prueba está ahí. Es tan marciano, que hemos llegado antes a Marte.
En el subidón por dar con esta científica incide que veníamos de
rememorar el tormento sufrido por Nevenka con el pollo de alcalde que se fijó en ella, el fiscal del caso al que apartaron porque también se
le fue la mano y la reacción de su propio pueblo, que es uno de
tantos. Al igual que con Patria, hemos tenido que ver los episodios al
mediodía porque de hacerlo por la noche los fantasmas se ponían las
botas. Y ya está bueno lo bueno.
Pero a veces creo que Dios existe al ponérseme delante un grupo, que responde al nombre artístico de Ginebras, y que capta la atención
porque arranca afirmando que Tinky Winky, el primer Teletubbie, es
feminista y continúa haciendo mención a la uva del Vinalopó. Es que
una es de Aspe, otra gallega, la última en llegar gaditana, no falta la madriñela y, sobre la ropa vintage, mueven su corte pelirrojo, verde y así sucesivamente. Frente a la España retorcida ver ahí a estas cuatro estudiantes y currantas, que un buen día quedaron para tocar y que hoy al parecer arrasan con «Ya dormiré cuando muera», transmitir frescura con el desparpajo de sus letras te hacen sentir, junto al testimonio de Ana Olea desde Airbus que, en esta atmósfera, nos dirigimos hacia una dimensión desconocida. Y los reticentes, que
espabilen. De una puta vez, abróchense el cinturón.

La despensa de los afectos

A seiscientos kilómetros de distancia de aquí, una hacia el norte y otra hacia el sur, mi suegra de 102 años y mi madre con 97 recibieron la vacuna la misma mañana. Para que luego digan que esto no va
coordinado.
Llevan en torno a tres décadas sin su Aurelio y sin su Paco, lo que
quiere decir que a los sesenta y tantos empezaron a redactar una
existencia distinta de la que aún les queda líneas, algunas cubiertas por sombras que salen al paso en las que cada una se pregunta a su manera «¿pero cuántas con todo lo que llevamos ya encima?». «Las que Dios quiera», se responden repletas de fe a renglón seguido.
Por temor a conservarla en el mejor estado posible, mis hermanas
albergaron dudas sobre el suministro de la dosis. El cuidado día y noche es extremo, la que convive con ella desde que nació se levanta
de la cama las veces que haga falta para acompañarla al baño, le
masajea las piernas tal como le han recomendado, hace lo imposible
para que coma aunque sea sin ganas por lo que mi madre abre nuestras conversaciones dándole las gracias a la pequeña y a ambas les
inquietaba el tiempo tan escaso con el que el invento salvador ha
salido al mercado. Preferían que no la llamasen nada más ponerse en
circulación y poder cotejar así las reacciones. Y, una vez cotejadas, a por la segunda.
Por su consuegra no hay quien decida y cuidado quien ose. Todo este
tiempo ha vivido sola sin gobierno en coalición que valga, que para
eso es felipista perdida y maldita la gracia que le hace El Coletas por mucho moño que se ponga. El reipenado Aznar no hace falta que les
diga el efecto que le produce. Tras haberlo visto comparecer poco
antes, creo que se dirigió al centro de salud pensando en que, más que
la Pfizer, lo bien que le sentaría clavarle la aguja al gachó. Pero se
contuvo.
Una nació en un año de pandemia y, la otra, húerfana del 36. Y ahí
están con una gratitud a pruebas de bombas pese a todo lo que han
pasado. También es cierto que cuentan con la ventaja de no ser infantas.

El legado persistente

Me acerco a esos 25 años del ascenso de Aznar a los cielos de la mano
de un artículo de Miguel Ángel Rodríguez titulado «Una victoria que
transformó España» en el digital de Pedrojota, convencido de que no
hay manera más fidedigna de hacerlo. «Solo tres años antes –rememora
el autor–, en el 93, hubo encuestas que dieron al pepé vencedor, pero
aún no estaba España preparada para dar la confianza a la derecha. El
atentado fallido contra él del 95 hizo crecer la admiración por su
figura». Sabía que la capacidad de análisis del que fuera secretario
de Estado y portavoz de aquel primer gobierno iba a situarme a la
perfección en lo ocurrido. Vamos, parece que lo estoy viendo.
También contribuye a tener cierta perspectiva el haber estado
presente en el origen de todo aquello, sito en el congreso del partido en el 90. Durante el mismo, debatirse ponencias políticas lo que se dice confrontar ideas se confrontaron pocas porque para qué si que todo estaba atado y bien atado en el transcurso de un magno festival con casi 3.000 compromisarios y cientos de invitados, cuyo cierre
corrió a cargo de Fraga quien, tras romper la carta enviada al padre
putativo por el heredero en la que planteaba su dimisión por lealtad,
le cedió el testigo al son de «¡Ni tutelas ni tutías!». Ni que decir tiene que lo clavó.
Como las jornadas del cónclave fueron tela y sabedores de que mi
lista era la guapa –la de bares, claro–, los Pep Torrent, Juan Ramón
Gil and company reclamaban una urgente zambullida. O, dado que la
memoria flaquea, igual fue al revés. El caso es que en el primero de los tradicionales al que fuimos, que estaba a reventar, han hallado
aprovechando la reforma por la inactividad provocada por la pandemia unos baños islámicos del XII en un gran estado de conservación. Se trata del único hallazgo con decoración integral, bóvedas completamente cubiertas de pintura y un paño con adornos geométricos que envuelve el dintel de la puerta. Es, al menos, lo que dicen los técnicos tras las pesquisas iniciales. Pero la verdad es que son de Eta.