La despensa de los afectos

A seiscientos kilómetros de distancia de aquí, una hacia el norte y otra hacia el sur, mi suegra de 102 años y mi madre con 97 recibieron la vacuna la misma mañana. Para que luego digan que esto no va
coordinado.
Llevan en torno a tres décadas sin su Aurelio y sin su Paco, lo que
quiere decir que a los sesenta y tantos empezaron a redactar una
existencia distinta de la que aún les queda líneas, algunas cubiertas por sombras que salen al paso en las que cada una se pregunta a su manera «¿pero cuántas con todo lo que llevamos ya encima?». «Las que Dios quiera», se responden repletas de fe a renglón seguido.
Por temor a conservarla en el mejor estado posible, mis hermanas
albergaron dudas sobre el suministro de la dosis. El cuidado día y noche es extremo, la que convive con ella desde que nació se levanta
de la cama las veces que haga falta para acompañarla al baño, le
masajea las piernas tal como le han recomendado, hace lo imposible
para que coma aunque sea sin ganas por lo que mi madre abre nuestras conversaciones dándole las gracias a la pequeña y a ambas les
inquietaba el tiempo tan escaso con el que el invento salvador ha
salido al mercado. Preferían que no la llamasen nada más ponerse en
circulación y poder cotejar así las reacciones. Y, una vez cotejadas, a por la segunda.
Por su consuegra no hay quien decida y cuidado quien ose. Todo este
tiempo ha vivido sola sin gobierno en coalición que valga, que para
eso es felipista perdida y maldita la gracia que le hace El Coletas por mucho moño que se ponga. El reipenado Aznar no hace falta que les
diga el efecto que le produce. Tras haberlo visto comparecer poco
antes, creo que se dirigió al centro de salud pensando en que, más que
la Pfizer, lo bien que le sentaría clavarle la aguja al gachó. Pero se
contuvo.
Una nació en un año de pandemia y, la otra, húerfana del 36. Y ahí
están con una gratitud a pruebas de bombas pese a todo lo que han
pasado. También es cierto que cuentan con la ventaja de no ser infantas.

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