Madrugó la madrugada

Fue a las cuatro de la mañana cuando la luz del móvil centelleó en la
habitación de al lado. ¿¡Y esto!? El mensaje venía de Rosa: «Mi hijo
Pablo ha muerto en accidente». El impacto nos atravesó por completo y
no hubo forma de volver a conciliar el sueño.
Nuestros pequeños disfrutaron de un verdadero oasis entre aquellos
quicios aprovechados con ansia en una escalera compartida. Una tarde
arriba, otra abajo y tiro porque me toca. Cuando nos mudados, la niña,
que se había hecho inseparable del mayor de ellos, de Iñaki, estuvo no
recuerdo si seis meses o un año sin dirigirnos la palabra. El trance nos permitió certificar el carácter de la muchacha y apreciar lo que supuso coincidir con unos vecinos de chapó junto a los que plantamos pinos, escribimos páginas de todos los colores y vimos cómo las criaturas fueron convirtiéndose en personitas discutiendo por todo y por más hasta dar con la salida al laberinto cogidos ya de la mano.
Provistos de proverbial ternura y de ese tiento que actúa de
brújula, Rosa y Daniel mantuvieron colgadas durante mucho tiempo en el mural de casa fotos repletas de las cucamonas más relucientes y, con
la llegada de las nuevas etapas, fuimos dispersándonos pero siempre
hubo un hilo conductor que nos mantuvo al tanto de por dónde andaba
cada uno y en qué. Hasta que la conmoción partió en dos esa sonrisa
que sobrevolaba enlaces.
El final del trayecto para Pablo llegó fatalmente el día que cumplió los 30. Imagínense el drama. Y a la vera se desplegó sin embargo la calidez de sus padres, con un esfuerzo que para qué, dejándose llevar por testimonios de los amigos que no pararon de relatar lo bien que estuvieron con él esa tarde y cuánto se rieron juntos en un carrusel de sensaciones que, recibido por ambos, se transformó en soplos de vida.
Por nuestra parte se ha rescatado las fotos colgándolas en la pared
para sentirnos cerca de quienes tan buena compañía nos brindaron,
aunque el desgarro nuble hoy, y de qué forma, el recuerdo dichoso.

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