El poder de la simpleza

Ni las cifras de deuda y déficit de la comunidad ni que el alquiler suba el triple que los salarios ni la promesa de rebajas de impuestos que benefician a las rentas más altas contra el criterio del efeemeí ni el frenazo a las ayudas directas planteadas, nasti de plasti. La campaña se ha consumido entre botellines con la efigie de la presidenta candidata y lo que queda es que ¡Madrid es la caña!
En su discurso se vanagloria de que al caer por allí nos lo pasamos
bomba y que aquello es tan libre que, los que habitan el territorio, ni siquiera tropiezan con los ex, lo que presenta como logro. Es lo nunca visto, que es mínimo en relación con lo que aún queda por ver. A los que apenas se distingue, tampoco se les ha ocurrido aprovechar el
órdago y ponerse a tiro de Jairo, el peluquero que fuera pareja de la
reina del lúpulo, para intentar contrarrestar la manera que se gasta a la hora de tomar el pelo, aunque los entendidos aseguran que él no se lo arreglaba porque no lo necesitó, igual que a Casado. Si algo queda
patente es que se las arregla sola.
La verdad es que, de los ingredientes básicos con los que arrancó
la carrera –ella y el exvice–, a quien la galana desafía descaradamente es al controvertido Sánchez arengando, respecto al estado de alarma, con que «es una vergüenza que, a una semana, se haya de esperar a ver qué decide la Moncloa ya que este Gobierno de vagos no sabe gestionar», mientras que de Iglesias lo que se filtra es que se bate en retirada con la pretensión de montar un canal de tele potente junto a empresarios del sector en completa sintonía, de ser así, con su apuesta a ultranza hacia lo público.
Por si faltaba algo, Felipe González acaba de lanzar un podcast en el que advierte sobre una crisis de liderazgo en el país y en el que, a cuento de la pandemia, señala que «cuando todo está mal aparece un
tío que dice que todo va bien». El tío no es otro que al que flagela Ayuso a diario. Y luego dicen que la cara del aspirante Gabilondo es un poema. Con que no le dé algo, ya es un triunfo para el hombre.

A la postre, barra libre

En vista de lo visto, García Montero no ha podido resistirse más:
«Hemos llegado hasta el ridículo de una sociedad que cree que ser libre es tomarse una caña». Dado que su hija es la número 4 por Falange en las elecciones de la semana que viene, todo apunta a que el poeta y candidato años atrás de Izquierda Unida para la presidencia de la Comunidad de Madrid necesita más de una birra.
Es tan versado el director del Instituto Cervantes que en su lectura del paso dado por la niña ha echado mano de la cita correspondiente: «Como dice su madre –la escritora Almudena Grandes–, nos está haciendo pagar todo lo que nosotros le hicimos sufrir a nuestros padres». El sufrimiento va por barrios y no acaba ahí, en todo caso empieza. Fernando Savater ha utilizado la fórmula de un artículo en El país titulado «Convencido» en el que, bajo dicha cabecera, escancia su voto para… Ayuso. Y ojo, no solo eso, sino que encima lo explica, la defiende y la encumbra para lo cual ya hay que filosofear, aunque también es verdad que, al formar parte en su día del frente liderado por Rosa Díez, lo suyo viene rodado y, su «Ética para Amador», servida en rodajas a gusto del consumidor. De hecho en su texto resalta a Gabilondo, al que solo le afea que se arredre ante Sánchez. Es el sino del brother por antonomasia: que casi todo el mundo lo estima pero que, bien por una cosa o por otra, ni la cuarta parte lo contempla.
Y eso que el hombre hace todo lo posible por ponerse enérgico y que, en lugar de cordón, hasta ha hablado de cinturón sanitario. Pero es tarde. El clima en los platós se ha extremado y nadie lo desextremará. Iglesias desliza que Ana Rosa Quintana «difunde mentiras de la ultraderecha» y esta le responde con que «usted es un fascista que me está señalando». Jorge Javier Vázquez se hace carne en un mitin sociata y Abascal se ceba con el «pequeño dictador televisivo, que ha
venido a darle algo de histeria a esto. Estoy un poco asustado con su
entrada en campaña».
No pueden evitarlo, prima el debate.

Ese gran desvelo

En un escaso margen de horas y acerca de diferentes cuestiones, todas
ellas de indudable interés, se han producido unas cuantas resoluciones
judiciales, de esas en la que se te van los ojos y en torno a las que no sabes ir más allá no vaya a ser que, al que le caiga algo, sea a ti.
Empezamos por la resolución de la Audiencia Provincial de La Coruña.
En ella ordena devolver los bienes de Meirás a los Franco al revocar las medidas cautelares dictadas en primera instancia que entregaban al Estado en depósito provisional los enseres del inmueble. Y, dentro de que ya se reiterara que la titularidad del Pazo a quien corresponde es al Estado, arguye ahora que «en la sentencia no se dice que los muebles sean propiedad del Estado ni nunca se tocó esa cuestión en todo el litigio» e insta a indemnizarles por la «incautación». Da gusto ver el desvelo de sus señorías por la vajilla del mismo modo que escudriñan en el menaje del común de los mortales.
El segundo frente ha sido el abierto por un juzgado de instrucción de Madrid que ha rechazado retirar el cartel de Vox que criminaliza a los menores extranjeros, sí ese que engalana el metro con «Un mena, 4.700 euros al mes. Tu abuela, 426 de pensión». Cómo será el impacto visual que hasta el Gobierno de Ayuso lo ha denunciado. Bien, pues el
magistrado estima que «no se da ni peligro por la demora ni apariencia
de buen derecho». Ahora bien, si eres un rapero al que Dios no ha
llamado por el camino de componer unas letras dignas, lo llevas claro.
El remate ha venido protagonizado por un juzgado de lo Mercantil de
Madrid que tomó medidas cautelarísimas a petición de la asociación
presidida por Florentino para taponar las amenazas de la Uefa, un pelín antes de que el proyecto se disolviera como un azucarillo. Los
atacantes legales desecharon presentar la demanda precautoria en Suiza por temor a que no tuviera recorrido, conocedores como todos nosotros de la celeridad que impregna aquí a las actuaciones judiciales. Y la supermiga.

La Superpija

Gracias a que, en puertas de dejarnos para siempre, mi padre le
inculcase a su primer nieto la pasión por unos colores venimos
compartiéndola desde antes que nuestro equipo trastocara penalidades
por gloria bendita. Hoy, cuando acechamos a los tres primeros, el trío
calavera aprieta el mando de la confusión. Tampoco es para ponerse
así; si lo tenemos muy difícil…
La detonación del plan urdido nos pilló elogiando a Mendilíbar por
su maldita manía de sentir lo que siente inyectando la autenticidad del espíritu amateur a unas entrañas tan profesionalizadas. Pero el ojo del aficionado sabe distinguir ese aroma y se retuerce al ver que corre peligro de extinción. Le ha ocurrido a la tropa reds que, nada más registrarse el seísmo, colgó una pancarta en Anfield al son de «Nos avergonzamos de vosotros. RIP Liverpool 1892-2021». No se lo están poniendo fácil a los sentimientos encendidos que anidan en los
corazones de cuero. Ahí anda el tifo rojiblanco con el que la fiel,
sufrida y extremada grada abrió uno de los últimos derbis contra el
vecino en el Calderón: «Orgullosos de no ser como vosotros». La
sonrisilla de Florentino debe ser para verla.
Con cara de palo, en cambio, compareció en el epicentro de donde
nació el juego el habitualmente dicharachero y filósofo Jürgen Klopp:
«Entiendo que la gente esté enfadada. No puedo decir mucho más». Tuvo encima la mala suerte de que su contrincante Marcelo Bielsa recitase lo que a él le hubiera gustado soltar: «Los más poderosos lo son por lo que producen y por lo que convocan, pero el resto son
indispensables. Y lo que le da salud a la competencia es la posibilidad del desarrollo de los débiles, no el exceso de crecimiento de los fuertes. La lógica imperante en el mundo es que los ricos sean más ricos a costa de que los débiles sean más pobres».
De ahí que, cuando en el polo opuesto al comandante del Eibar,
multimillonarios, jeques, magnates del petróleo y fondos de inversión
quieren hacer saltar la banca, me pregunto por qué no nos meterían
mejor el veneno del críquet. ¡Coño, papá!

De aurora boreal

Un conocido de uno de los que interpretó en «The Crown» al duque de
Edimburgo le preguntó en una cena si había visto la serie y este le
respondió: «No sea ridículo». Está claro. Para contribuir a sostener
un garito así, pelín anacrónico él, hay que estar hecho de una pasta
especial.
En los tiempos mozos nunca me interesaron las familias principescas
coetáneas, excepción hecha de Carolina de Mónaco con quien fantaseaba antes de que me metiera mano el barbero. Ni la británica recuerdo que tuviera hueco en el telediario cuando raro era el día que no había algo en torno al premier, Harold Wilson. Supongo que desde El Pardo nadie querría que se encendiera la lucecita de la Restauración. Con don Juan proscrito, su hijo llegó de aquella manera, se doctoró contra pronóstico y convirtió la Corona en un baluarte hasta que las
juancarladas han dejado al núcleo reinante en los huesos. De ahí que
toda ayuda sea poca y que alguien tan cheli como Esperanza Aguirre
aprovechara su vacunación el 14 de abril para lucir una mascarilla con
vivas al rey. Siendo la mejor defensa un buen ataque, a menudo se
emplea el axioma de que la República no tiene por qué resultar menos
gravosa pero el descrédito acumulado por la compe no es fácil de
superar.
Para los dinásticos, Buckingham Palace es un espejo dada la
artificiosa naturalidad con la que digiere contratiempos de
consideración. Las restricciones por la pandemia han resuelto algún
que otro marrón. Sin ir más lejos, el que podía presentarse al ser
Felipe de Edimburgo tío segundo de la reina doña Sofía. ¿Se extiende
invitación al emérito y que se plante allí desde donde esté? Para la
valida de Aguirre, libertad, sin olvidar que ya quisiera Londres ser
Madrid dentro de la Commonwealth.
Ante los reveses, lo de Lilibeth, la reina, suele ser de aurora boreal. En su día se trató de involucrar al marido en la muerte de Lady Di y, sin embargo, ciertos biógrafos hablan hoy en día de una relación afectuosa y epistolar entre ambos. Debe ser el afán plebeyo por traerlos a este mundo.

La banda sonora

Uno de los centros que ha estudiado a fondo los efectos provocados por
la pandemia está en Singapur. Y un investigador de la Duke–Nus propone que, para combatir la angustia que el temor, la incertidumbre, el aislamiento producen «es necesario educar en estrategias de respuesta» puesto que «una exposición prolongada a los medios provoca mayores probabilidades de ansiedad y depresión». O sea que hay que desconectar y entretenerse.
Bien, vale, pero es tanto tiempo que a veces busca uno rebelarse
contra lo convencional adentrándose en el factor humano de quienes
afrontaron situaciones extremas e indagar comportamientos. Así fue
como, de las páginas escritas por Thomas Mann, revisé «Muerte en
Venecia». Lo sé, hay que estar… Debía estarlo porque de ese modo fue
como acompañé a Gustav von Aschenbach en su delirio de amor y deseo hacia el adolescente Tadzio, incapaz de culminar por temor al rechazo. Para completar el cuadro, una epidemia de cólera se apodera de la ciudad de los canales y, mientras observa extasiado a su amado,
Gustav, que se ha resistido a marcharse, cae en la playa casi fulminado ya.
Afortunadamente hasta las historias más decrépitas cuentan con
fugaces rayos que alivian tanto drama y que, en este caso, llegan de la mano de lo sucedido con la versión cinematográfica. Lo cuenta su prota, Dick Bogarde, cuando, tras mostrar el director y él la peli a
los inversores americanos, se encienden las luces: «Estaban
horrorizados, consternados, no se creían lo que habían visto. Visconti
rompió el hielo pidiendo comentarios. No hubo nada, silencio.
Finalmente, uno de ellos habló elogiando la banda sonora, genial, en
su opinión. Preguntó que quién la compuso y, cortésmente, Visconti
respondió que Gustav Mahler. Entonces el interlocutor dijo que había
que contratarlo».
Y también ocurrió algo que muestra qué impredecible es todo aquello
que está por escribir. Un padre famoso negó el permiso para que
interpretara a Tadzio su hjo Miguel Bosé, un querubín. Lo que es la vida.

Hay que descubrirse

Mortificado por los fantasmas, desde la Sociedad de Inmunología del
entorno se señalaba en la fecha de mi cita que «no vendría mal separar
los grupos a vacunar con AstraZenaca del riesgo de trombosis». Pero
los llamados o se la ponían o no se contemplaba alternativa alguna.
Bien, en las siguientes horas volvió a registrarse un giro copernicano
con balanceo de edades en función del país y, aunque a día de hoy lo
previsto en la franja a la que pertenezco es pinchar la misma, no se
descarta que sea otra o quién sabe si ninguna. Llamé a mi tío y me
animó bajo el siguiente razonamiento: «De algo hay que morir».
Su rotundidad debió influir en el presi de la Asociación Española
de Vacunología quien mandó a la Agencia Europea del Medicamento el
reclamo de que tenía que ser «clara, contundente y creíble sobre
AstraZeneca». Forzada a reunirse, la susodicha emitió un comunicado
por el que seguía recomendándola «pese a detectar una relación entre
la vacuna y los trombos». Eso es: clara, contundente, creíble. Tienen
razón quienes aluden a que, para ingerirlo, también es mejor no leerse
el prospecto del medicamento. La diferencia estriba en que la
pretendida inmunidad de rebaño de lo único que no requiere es de una
campaña informativa de desconcierto que desemboque en temores por un tubo y aquí la vieja Europa –además de esto, el oscurantismo de los
contratos con las farmaceúticas, los retrasos y la feria de compras que se avecina– viene luciéndose ante criaturas que llevan peleando un año –en soledad en no pocos casos– contra la deformación reinante y que no pueden ni disfrutar plenamente de la llegada del pinchazo redentor. Una forma loable de gestionar una situación de esta envergadura.
En mi caso tiré de cardiólogo, quien me dijo que no podía ocultarme
que la de Oxford estaba dando más reacción; del de cabecera que me
adoctrinó dado que se ha puesto más vacunas que aceite en el pan y, el
resto, no se mojó. De repetir con la segunda estoy por recurrir al urólogo incluso. Ya me contarán, como para fiarse.

Al borde de un ataque

Sin previo aviso, el Cis ha sacado una encuesta de la que otras casas
demoscópicas extraen que los Gabilondo and friends obtendrían mayoría absoluta por centímetros y, sin embargo, el autor de la misma se ha apresurado a colegir que la traslación a escaños depara empate técnico a 68, a uno ambos bloques de la mayoría absoluta. Al menos contamos con una certeza: a Tezanos le va la marcha.
Como era presumible, la disparatada presidenta se ha disparado en
la tabla. Su apetito es tal que, por si la desaparición del exsocio
Ciudadanos –aunque esté de enhorabuena porque ya anda Toni Cantó
colocado en la Asamblea– no fuera suficiente, está merendándose a los
ultras con denominación de origen en un ejercicio de voracidad que
puede acabar devorándola. Arropada por la manta eléctrica
proporcionada por confecciones MAR, estas consideraciones no la
frenan. Todo lo contrario. Lo que va p´alante va p´alante. Que hay que
desdeñar a un oponente versado en lides académicas se le desdeña. En el cuerpo a cuerpo prefiere al indómito Sánchez y, lo que es incomprensible para los intereses del profe, este entra al trapo. Isabel así es feliz y disfruta, convencida de que lo mejor está por llegar mientras en el envés se oye a alguien canturreando «…y devórame otra vez». Su jefecito, claro.
En el mayor número de respuestas de votantes de izquierdas parece
residir la sobreestimación sistemática del voto de esa tendencia en las encuestas de este Cis aunque el sondeo también realza que, en cuanto a la movilización, a los de derechas no hay ni que decirles que se acerquen a la urna. Están que se fuman encima.
¿Se imaginan que por una de estas, y dado que no sería la primera vez que clava resultado, el empate a uno de la mayoría absoluta se cumple y hay que repetir choque? Con la que sigue cayendo en todos los terrenos, sería épico por no decir otra cosa más fuerte. No adelantemos acontecimientos pero, partido a partido, la aspirante merengona está dispuesta a rebasar hasta al Cholo. ¡Dios, cómo está la Liga!

Catálogo de autor

Yo hice calle con Cholas. Cuando llegué al diario se conocía el
territorio y a los clásicos que lo pilotaban como la palma de la mano.
Controlaba tanto el patio y sus alrededores que en el trasteo previo de un encuentro le daba tiempo de sobra a fijarse si el pimpollo de
acompañante cogía el toro por los cuernos como mandan los cánones, si fijaba los pies con aplomo sobre el terreno y si era capaz de sacarle
un buen jugo a la faena. Durante las incursiones por cualquier género,
no se le escapaba una. El director tenía la última palabra, pero el filtro para pasar la prueba del nueve estaba en las manos primero de quien revelaba antes que nadie las instantáneas.
Aquel gallego largo que esta semana zarpó al más allá fue exigente
siempre con los demás y consigo mismo. Huía de las soluciones cantadas en busca del encuadre que situara de tal modo la acción que el texto se convertía, a veces, en mero subrayado tras el impacto que la imagen proporcionaba al lector ya fuera un escorzo inopinado dentro del área, el gesto de desagrado de uno de esos ejemplares públicos pillado en fuera de juego o el amenazador desbordamiento por San Gabriel del cauce con la cámara en posición firme de disparo haciéndole frente a la fuerza de la naturaleza. A menudo los de la misma filà se quejaban de su suerte, pero la mayoría podía con todo lo que le echaran.
Debí entrarle por el ojo derecho porque desbordó su lado más tierno
y, el día que firmé con una mujer rocío de la mañana en el libro de
flamantes singladuras, llegó como un invitado más a Guadalest donde
dio alas al despegue. A su aire, pergeñó un catálogo en blanco y negro
sobre el que deconstruyó el tradicional pastel con el maremoto de los
ambientes que se formaron haciendo igual de relevantes a todos los
congregados en las escaladas al castillo o en el descenso hacia el Xortà a lo que puso punto y seguido meses después en casa con tal de cincelar un mosaico de estampas celestiales en torno a la criatura recién nacida gracias a las cuales tendremos a Cholas con nosotros para los restos.