Mortificado por los fantasmas, desde la Sociedad de Inmunología del
entorno se señalaba en la fecha de mi cita que «no vendría mal separar
los grupos a vacunar con AstraZenaca del riesgo de trombosis». Pero
los llamados o se la ponían o no se contemplaba alternativa alguna.
Bien, en las siguientes horas volvió a registrarse un giro copernicano
con balanceo de edades en función del país y, aunque a día de hoy lo
previsto en la franja a la que pertenezco es pinchar la misma, no se
descarta que sea otra o quién sabe si ninguna. Llamé a mi tío y me
animó bajo el siguiente razonamiento: «De algo hay que morir».
Su rotundidad debió influir en el presi de la Asociación Española
de Vacunología quien mandó a la Agencia Europea del Medicamento el
reclamo de que tenía que ser «clara, contundente y creíble sobre
AstraZeneca». Forzada a reunirse, la susodicha emitió un comunicado
por el que seguía recomendándola «pese a detectar una relación entre
la vacuna y los trombos». Eso es: clara, contundente, creíble. Tienen
razón quienes aluden a que, para ingerirlo, también es mejor no leerse
el prospecto del medicamento. La diferencia estriba en que la
pretendida inmunidad de rebaño de lo único que no requiere es de una
campaña informativa de desconcierto que desemboque en temores por un tubo y aquí la vieja Europa –además de esto, el oscurantismo de los
contratos con las farmaceúticas, los retrasos y la feria de compras que se avecina– viene luciéndose ante criaturas que llevan peleando un año –en soledad en no pocos casos– contra la deformación reinante y que no pueden ni disfrutar plenamente de la llegada del pinchazo redentor. Una forma loable de gestionar una situación de esta envergadura.
En mi caso tiré de cardiólogo, quien me dijo que no podía ocultarme
que la de Oxford estaba dando más reacción; del de cabecera que me
adoctrinó dado que se ha puesto más vacunas que aceite en el pan y, el
resto, no se mojó. De repetir con la segunda estoy por recurrir al urólogo incluso. Ya me contarán, como para fiarse.