La banda sonora

Uno de los centros que ha estudiado a fondo los efectos provocados por
la pandemia está en Singapur. Y un investigador de la Duke–Nus propone que, para combatir la angustia que el temor, la incertidumbre, el aislamiento producen «es necesario educar en estrategias de respuesta» puesto que «una exposición prolongada a los medios provoca mayores probabilidades de ansiedad y depresión». O sea que hay que desconectar y entretenerse.
Bien, vale, pero es tanto tiempo que a veces busca uno rebelarse
contra lo convencional adentrándose en el factor humano de quienes
afrontaron situaciones extremas e indagar comportamientos. Así fue
como, de las páginas escritas por Thomas Mann, revisé «Muerte en
Venecia». Lo sé, hay que estar… Debía estarlo porque de ese modo fue
como acompañé a Gustav von Aschenbach en su delirio de amor y deseo hacia el adolescente Tadzio, incapaz de culminar por temor al rechazo. Para completar el cuadro, una epidemia de cólera se apodera de la ciudad de los canales y, mientras observa extasiado a su amado,
Gustav, que se ha resistido a marcharse, cae en la playa casi fulminado ya.
Afortunadamente hasta las historias más decrépitas cuentan con
fugaces rayos que alivian tanto drama y que, en este caso, llegan de la mano de lo sucedido con la versión cinematográfica. Lo cuenta su prota, Dick Bogarde, cuando, tras mostrar el director y él la peli a
los inversores americanos, se encienden las luces: «Estaban
horrorizados, consternados, no se creían lo que habían visto. Visconti
rompió el hielo pidiendo comentarios. No hubo nada, silencio.
Finalmente, uno de ellos habló elogiando la banda sonora, genial, en
su opinión. Preguntó que quién la compuso y, cortésmente, Visconti
respondió que Gustav Mahler. Entonces el interlocutor dijo que había
que contratarlo».
Y también ocurrió algo que muestra qué impredecible es todo aquello
que está por escribir. Un padre famoso negó el permiso para que
interpretara a Tadzio su hjo Miguel Bosé, un querubín. Lo que es la vida.

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