Laureles al coraje cívico

Desde mediados de los ochenta se han reconocido trayectorias
profesionales y actos humanos admirables dentro de una selección que
siempre se ha encontrado con que tenía que dejar fuera un buen racimo de opciones merecedoras, lo cual es aún más reconfortante pensando en aquello que también nos rodea aunque apenas haga ruido. En esta ocasión, para arrancar los años veinte del siglo en danza, la estela se ha reproducido solo que a bordo de otra dimensión. La de darle réplica a una tormenta repleta de sombras infernales con tal de
ponernos a salvo a todos cuantos fuera posible.
Esa es la sensación que desde el minuto uno inundó la sala de
acogida, la de asistir con una respiración contraída que no dejó de
desbordarse en decibelios por el interior de los espectadores cuando las gestas en nombre de múltiples de ellas fueron sucediéndose: al escuchar las ovaciones que el repaso a la respuesta a tanto agobio que
la pasada primavera inundó los hospitales; a los supervivivientes de
geriátricos en los que sus pobladores vieron venirse la desolación
encima; a los garantes de la seguridad y de las emergencias que no
dudaron en correr riesgos extremos para evitar que el desastre fuera
mayor… todos ellos, los protagonistas de la sesión en definitiva, no
pudieron evitar dejarse llevar por el impacto de lo vivido que los
atravesó para el resto de sus días.
Ni ellos ni el resto de los presentes ni los ausentes que han llegado hasta aquí. En el transcurso de puesta en escena que duró el repaso se condensó el sufrimiento, el miedo, los apoyos y las inquietudes acumuladas que quedaron a la vista sin el menor atisbo de rubor porque el que más y el que menos ha quedado tocado por esta
envolvente y necesita sacársela de encima de la mejor manera posible.
La de compartir ese sinvivir es una de ellas. La de no olvidar, joder,
a quienes se dejaron la piel por librarnos del mal es otra. Y la de atisbar, finalmente, el anhelo porque los sueños rotos y las nubes den
paso poco a poco a la luz del ansiado reencuentro.

Maldita la gracia

Sánchez abandera que España se convierta en el polo industrial europeo del hidrógeno verde con Abascal paseándose por Ceuta pelo en pecho advirtiendo que la agenda 2050 es un plan de inmigración para importar masivamente varones en edad militar desde África. Y mientras que sus huestes rivalizan con las del pepé en una ofensiva parlamentaria contra el Ejecutivo sobre Marruecos, el titular de Justicia pide que los indultos del prucés se vean «con naturalidad». ¡Socorro!
Ante la que se avecina estoy en un tris de ir al médico pero, dado lo hecho que estamos al alboroto, me autorreceto y, nada de andarse por las ramas, me meto por el cuerpo «Lily, la trigresa», que es droga dura. No resulta sencillo situarse acerca del argumento de la primera peli dirigida más o menos por Woody. De digerirse fácilmente no se
obtendría el efecto placebo pertinente. Por resumirlo: son las aventuras del agente Phil Moskowitz, un remedo de Bond pero mucho más
salido, que ha sido contratado por el Gran Majah Superior de Raspur
–no lo busquen en el mapa– para hacerse con la receta de la mejor
ensalada de huevo duro del mundo. Al monologuista de Brooklyn lo
escogieron para que, a una cinta japonesa de acción, le colocara
diálogos de coña que no tuvieran nada que ver con los originales. Y eso es lo que es. O sea, nuestro día a día.
De hecho existe una versión doblada al español que naturalmente es
más incomprensible aún. En ella, 007 se llama Igarraguirregoicoechea,
que, en lugar de la receta de la ensalada, va detrás de una de gachas en su tinta. Esto es en serio, como la importación masiva de varones en edad militar y el que la plebe se tome los indultos con naturalidad. Pero hay más, ya saben, siempre hay más. Y cuando, mientras en la versión de Allen, para dejar caer la toallita que la cubre una mujer le pide al James de pacotilla que cite tres presidentes estadounidenses, en la carpetovetónica le susurra que recite la lista de los reyes godos. Por eso debe pirrarle tanto esto al neoyorquino. Porque somos insuperables.

Toque de distinción

Allá por 1990 Buenafuente se coló en el plató de teuveé en el que se
emitía «Un día es un día» y dijo «yo quiero hacer eso». Andreu
continúa en ello y Ángel Casas, el avanzado de la fórmula, se encuentra a los 75 años recluido después de pasar un suplicio por un
destrozo llamado calcifilaxia que lo condujo a la amputación de una
pierna. Como dijo aprovechando su despedida del traqueteo público, «en lugar de darle yo la vida con una costilla, que ya me contarán para
qué sirve, me la ha dado mi mujer regalándome un riñón».
Nada más ponerse en marcha, la tevetrés enganchó a este showman
serio de Sants, siempre parapetado en su barba, que ya desde los
setenta había dejado huella musical en televisión española donde
entrevistó a Rollings, Bowie, Cohen, Zappa… catálogo que se vio
superado por el descomunal elenco que desfiló en sus programas de los
90. Tuvo el cuajo de preguntar a Anthony Perkins si en la ducha de
casa tenía cortina a lo que el prota de «Psicosis» respondió que mampara y, de su mano, Mia Farrow detalló las pesquisas del mogollón
en torno a Woody y declaró que jamás volvería a trabajar con él pese a
ensalzar su maestría; Martin Sheen reconoció que el capitán Willard de «Apocalypse Now» le cambió la vida el día en que su hijo Charlie debía salir de un centro de desintoxicación al que lograron conducirlo
echando mano incluso de Clint Eastwood, ídolo del niño, y la
hermosísima inteligencia de Sharon Stone señaló que lo de «Instinto
básico» tampoco había sido para tanto.
Este modelo tan internacional y lúcido de catalanes resultones que
se nos había metido en casa afianzó la consideración de que Barcelona
sí que era europea y, aunque sin alardes, un presentador de referencia
como Casas nunca ocultó su apuesta indepe si así lo refrendaban las
urnas, tras dejar sentado que ante todo es republicano, con lo que
debe ser para verlo ahora que la aspiración de no poca audiencia pende
en Waterloo de las derivadas de un virrey. Tampoco es mal show.

Corazones desbocados

Queda poco para que vuelva el gentío a los estadios. Aunque avanza con cuentagotas, el certificado lo ha puesto Wembley con la final de la FA Cup, el torneo más antiguo del mundo. Lo que el rictus de los
seguidores desenfundaba era el ansia por salir de un mal sueño en el
que los isleños están imponiéndose al bloque continental, ahora que se
las hacen pasar canutas a residentes comunitarios por lo que es difícil vaticinar si, a la vuelta de la esquina, se limitarán a competir entre ellos. Liturgia, desde luego, les sobra.
Antes de que los corazones se desbocaran, el príncipe Guillermo bajó a saludar. No iba a ser el otro. Y nada más concluir, una chavala surgida de un salto a la fama entonó el «Dios salve a la reina»
acompañada por más de veinte mil gargantas pertenecientes a un mismo coro. Igualito que nuestros prolegómenos en los que, en cada cita de las décadas recientes, los de las llamadas nacionalidades históricas montan el Celtiberia show, con el monarca sin saber bien dónde meterse a excepción de la última en la que, gracias a la pandemia, quedó a salvo.
Incluso los abucheos sonaban a música celestial, créanme. La tensión, esas caras descompuestas, qué disfrute frente al desconcierto ante la celebración de un gol en medio del vacío mórbido. Y el que lo
hizo en la portería reservada a los suyos fue el que nunca la había
ganado. El más humilde. Uno de tantos a los que querían cortarle las
alas si no llega a ser porque hooligans de los accionistas del invento
dijeron hasta aquí hemos llegado, al contrario de lo ocurrido con otras presencias. Una de ellas, la llamarada de «Al rojo vivo» en la que su predicador, partidario siempre de primar el voltaje asambleario, señaló con desdén la revuelta tildándola de ingenua puesto que para él, si hay un ser superior, es al que El Buitre elevó a los altares.
Me da que hasta los perdedores se marcharon a gusto. La coincidencia hizo que las gradas se tiñeran de un azul intenso y pensé
que igual hacía su aparición Ayuso. La llamada de la pinta, que es muy
fuerte.

El esfuerzo necesario

El único tío que me queda está aislado en su habitación. Ha pillado el
covid. En cuanto me enteré pensé: no puede ser. ¡Pero si no salen! Si
mi tía viene hablándome del desgarro que les supone, a los ochenta y
tantos de ambos, no poder abrazar a los nietos. Ha debido ocurrir, me
cuenta, el otro día que se acercó al ambulatorio por lo del sintrom.
Tenía que ser a él, con las defensas bajas aún tras la intervención del cáncer de colon a la que fue sometido no hace tanto. Horas antes de dirigirse al quirófano empezó a desmenuzarme lo que iban a
practicarle y casi tienen que ingresarme a mí. Sin embargo él lo
encaraba con un optimismo impropio del apellido que nos contempla tras echar un vistazo de memoria al resto del álbum. Ese arrojo junto a la fortaleza de ella los ha mantenido en pie todos estos años desde que,
en el 92, el segundo de los cuatro varones, mi primo Javi, un chaval al que no había bicho viviente que no lo quisiera certificado por su pasión a la biología, se quedó sin el último aliento y sin poder alcanzar siquiera la treintena, víctima de ese ogro paralizante que lleva por nombre esclerosis múltiple contra el que peleó como un jabato sin perder la sonrisa y asistido por los suyos mañana, tarde y noche, amigos incluidos. Con estos iba en silla de ruedas hasta el bosque de sus sueños, al que durante años han acudido los más próximos a honrar sus cenizas. Y, ahora, el virus ha llevado también a esa casa su tarjeta de visita dejando al hermano pequeño de mi padre con esos 40 de fiebre que nos puso a temblar, menos a ellos que, como les digo, pueden con todo. En el análisis de la situación existe coincidencia: haber tenido las dos tomas en el organismo le ha evitado ser primero carne de uci y a saber después. Los que entienden de esto están con la mosca tras la oreja una vez relajadas las medidas y temen que, con la apertura de fronteras y tras el avance experimentado aquí, nos encontremos a la vuelta de la esquina con un nuevo ciclo amenazante. Maldita sea, criaturas, que vivir es más que dos días.

Una vuelta al circuito

Sobre la épica de los perdedores hay mucha literatura. Demasiada, que
diría Sánchez. Con el fin del estado de alarma ha saltado cierta falta de armonía entre miembros del gabinete, algún que otro choque con
colegas de investidura y todo tras el madrileñazo. Al respecto dudo
que ni el mismo Supremo sepa a qué atenerse. El mandamás socialista ha intentado sacar cabeza desde Atenas con la predicción de que «estamos a cien días de lograr la inmunidad de grupo». No hace falta que les diga quienes se lo han apuntado.
Sí, porque el dúo aún genovés que comanda el asalto a la Moncloa, y
que por edad no debe haberse vacunado todavía, ha renacido y de qué
forma. El nuevo aspecto es el de un cóctel agitado pero no revuelto.
Casado y su capataz repiten sin cesar que, si les dejan, en 15 días
clavan una cruzada fetén contra la pandemia cuando reiteradamente han contribuido a armar el cisco. Pero qué más da. Con todo y con ello,
García Egea parece otro. Desde que paró in extremis el golpetazo en
Murcia y con el señalamiento oficial de su señorito como genuino
descubridor de la chulapa en el trono, a Teodoro se le están poniendo
hechuras de Arenas & Arfonzo en lo que a conocer y controlar la
organización incumbe, de tal modo que no resulta extraño que Ábalos se decante por mantener la boca cerrada para no tragarse los huesos de un lanzador en vena.
No obstante, quien andará un tanto contrariado es Mazón. Pensará
con añoranza: «Ahora, y no hace diez años, es cuando tenía que haberme presentado a Eurovisión». Ahora que aparece lanzado. Pero, bueno, Ximo Puig en el horizonte como pareja de baile tampoco es moco de pavo. Y a ambos les tira el tono melódico, cada uno con su toque de distinción. Para algo más fuertecito siempre está Paco Camps, que ha acelerado su reconquista a la remanguillé con una propuesta sobre el circuito de Fórmula 1, ese por el que los pobladores de esta tierra pagamos 7,5 millones anuales. Es el anhelo que no ceja en redoblar el hombre: seguir dando el cante.

Preparados, listos…¿¡ya!?

He ido, no una, sino dos tardes seguidas al cine a ver la nórdica del
Oscar y la colombiana del mayor de los Trueba. Había llegado al
extremo de programar una protagonizada por Peter Ustinov la fecha en que el polifacético británico de origen ruso habría cumplido cien años justos. Tenía que poner remedio, no podía seguir así. Me preocupaba la dinámica de conmemoraciones emprendida y eso que voy a evitar trasladar la inmersión que me he pegado en torno a Bergman para no darles el día. ¡Valiente ratos, queridos!
Eso sí, me costó decantarme por el título para evocar el centenario
puesto que la carrera de Ustinov fue densa tras un servicio militar
interminable que le cerró las puertas del espectáculo pero no del todo. Enviado a la Segunda Guerra Mundial se topó con que su oficial era un tal David Niven –eso son señales y lo demás es cuento– para quien, si no me equivoco, debutó como guionista. Después de muchas vueltas me incliné por Agatha Christie y su «Muerte en el Nilo» en la que el rechoncho actor encarna a Hércules Poirot, de forma que así me
destraía intentando además descubrir al asesino pese a que me
despistaba siguiendo las pesquisas ya que en el detective no dejaba de
ver a Nerón. Al final erré en cuanto a los implicados, aunque me quedé
mucho más cerca que el pesoe en el último crimen cometido. Lo bueno
del método es que puedes adentrarte a fondo en la elección… por
supuesto filmográfica. Y así di con que el excéntrico emperador de
«¿Quo Vadis?» dirigió en esta costa «La fragata infernal» y hay imágenes de él con Tomás Valcárcel al frente del elenco fogueril en el
que figuran las hermanas Ribelles Mazón, madre una de ellas de
Genoveva Reig, exmandamás del Canal 9 aquel. Se trata de una de guerra lógicamente pero, bueno, eso es otra película.
Al que pillé fue al dire de «No habrá paz para los malvados» y de
la reciente «Libertad» –¡qué inflación!–, Enrique Urbizu, diciendo que
«es indiscutible estar deseando todos salir del sofá como en los
sanfermines». Pobres morlacos, la que les espera.

Madrid me mata

Mi primer viaje fue a casa de unos tíos en Chamberí de la mano de la
abuela que me crió. Cruzamos a bordo del TAF la tira de horas, sin
rastro al menos de carbonilla. Nada más llegar percibimos que hacía
más calor que en el sur, pero de largo, lo cual debía suponer un
síntoma hoy resuelto de que Madrid es el sur dentro y fuera de aquel
vagón. Faltaría más.
Unos cuantos veranos después, en la peripecia adolescente, me
colgué durante la estancia en Cercedilla de una chavalita de Ciudad
Lineal con la que coincidí un par de agostos en Málaga porque vivir a
la madrileña es la rehostia en bicicleta pero, en cuanto viene un
puente, todo quisque sale escopetado. Ni que decir tiene que a Guadi
no volví a encontrármela jamás.
Retomé la relación con exámenes en la Complutense y escapadas de
fin de semana aunque, dada la exigencia planteada por el temario, las
mayores dosis de ocio se daban cita en torno a las pruebas de la
carrera. En el examen de sociología de tercero me quedé frito, me
despertó Carlos Lagares, pedí permiso para ir al servicio, me zampé un gintónic y saqué la nota más alta de los cinco años. Ahí supe que no
tenía mal enfocada la profesión.
Pese a la devoción por la la placita de Santa Ana, el aroma de tantos rincones y el imán de Aranjuez y Alcalá de Henares, jamás caí en la tentación de dar con los huesos en unas artes gráficas del contorno. Madrid es esquivarla a horas destempladas cantando con la chavalería a Sabina y a Antonio Flores y sorprender a la que va a ser la mujer de tu vida con una función en el Bellas Artes y una cenita por la Cava Baja en compañía de un reloj que no marca las horas. Madrid es hacer planes con los amigos para que, en cuanto seamos nosotros, acercarlos a Maceiras, un gallego con unos precios que reconcilian con la sensatez y que nos descubran Casa Lucas de una vez tras degustar las exposiciones que aquí no nos mueven de casa. Lo que se disfruta Madrid solo con desearla es algo que podemos permitirnos quienes nos refugiamos en la lejanía.