Mi primer viaje fue a casa de unos tíos en Chamberí de la mano de la
abuela que me crió. Cruzamos a bordo del TAF la tira de horas, sin
rastro al menos de carbonilla. Nada más llegar percibimos que hacía
más calor que en el sur, pero de largo, lo cual debía suponer un
síntoma hoy resuelto de que Madrid es el sur dentro y fuera de aquel
vagón. Faltaría más.
Unos cuantos veranos después, en la peripecia adolescente, me
colgué durante la estancia en Cercedilla de una chavalita de Ciudad
Lineal con la que coincidí un par de agostos en Málaga porque vivir a
la madrileña es la rehostia en bicicleta pero, en cuanto viene un
puente, todo quisque sale escopetado. Ni que decir tiene que a Guadi
no volví a encontrármela jamás.
Retomé la relación con exámenes en la Complutense y escapadas de
fin de semana aunque, dada la exigencia planteada por el temario, las
mayores dosis de ocio se daban cita en torno a las pruebas de la
carrera. En el examen de sociología de tercero me quedé frito, me
despertó Carlos Lagares, pedí permiso para ir al servicio, me zampé un gintónic y saqué la nota más alta de los cinco años. Ahí supe que no
tenía mal enfocada la profesión.
Pese a la devoción por la la placita de Santa Ana, el aroma de tantos rincones y el imán de Aranjuez y Alcalá de Henares, jamás caí en la tentación de dar con los huesos en unas artes gráficas del contorno. Madrid es esquivarla a horas destempladas cantando con la chavalería a Sabina y a Antonio Flores y sorprender a la que va a ser la mujer de tu vida con una función en el Bellas Artes y una cenita por la Cava Baja en compañía de un reloj que no marca las horas. Madrid es hacer planes con los amigos para que, en cuanto seamos nosotros, acercarlos a Maceiras, un gallego con unos precios que reconcilian con la sensatez y que nos descubran Casa Lucas de una vez tras degustar las exposiciones que aquí no nos mueven de casa. Lo que se disfruta Madrid solo con desearla es algo que podemos permitirnos quienes nos refugiamos en la lejanía.