Sobre la épica de los perdedores hay mucha literatura. Demasiada, que
diría Sánchez. Con el fin del estado de alarma ha saltado cierta falta de armonía entre miembros del gabinete, algún que otro choque con
colegas de investidura y todo tras el madrileñazo. Al respecto dudo
que ni el mismo Supremo sepa a qué atenerse. El mandamás socialista ha intentado sacar cabeza desde Atenas con la predicción de que «estamos a cien días de lograr la inmunidad de grupo». No hace falta que les diga quienes se lo han apuntado.
Sí, porque el dúo aún genovés que comanda el asalto a la Moncloa, y
que por edad no debe haberse vacunado todavía, ha renacido y de qué
forma. El nuevo aspecto es el de un cóctel agitado pero no revuelto.
Casado y su capataz repiten sin cesar que, si les dejan, en 15 días
clavan una cruzada fetén contra la pandemia cuando reiteradamente han contribuido a armar el cisco. Pero qué más da. Con todo y con ello,
García Egea parece otro. Desde que paró in extremis el golpetazo en
Murcia y con el señalamiento oficial de su señorito como genuino
descubridor de la chulapa en el trono, a Teodoro se le están poniendo
hechuras de Arenas & Arfonzo en lo que a conocer y controlar la
organización incumbe, de tal modo que no resulta extraño que Ábalos se decante por mantener la boca cerrada para no tragarse los huesos de un lanzador en vena.
No obstante, quien andará un tanto contrariado es Mazón. Pensará
con añoranza: «Ahora, y no hace diez años, es cuando tenía que haberme presentado a Eurovisión». Ahora que aparece lanzado. Pero, bueno, Ximo Puig en el horizonte como pareja de baile tampoco es moco de pavo. Y a ambos les tira el tono melódico, cada uno con su toque de distinción. Para algo más fuertecito siempre está Paco Camps, que ha acelerado su reconquista a la remanguillé con una propuesta sobre el circuito de Fórmula 1, ese por el que los pobladores de esta tierra pagamos 7,5 millones anuales. Es el anhelo que no ceja en redoblar el hombre: seguir dando el cante.