Por mucho que le suelten barbaridades, el caso es que Pedro Sánchez
mostró cómo hay que colarse por entre el armamento del Atlántico Norte y aprovechar para, en una incursión vertiginosa, dejar sentado la
necesidad de «reforzar los lazos militares», «actualizar el acuerdo
bilateral de defensa», poner las fatiguitas de Latinoamérica por la
simiente migratoria y la pandemia en el mapa y, de paso, felicitar al
mandamás de la escuadra por la agenda progresista puesta en marcha
mientras este hace la pared sin inmutarse. Toda una tesis de modelo
supersónico de acción que dejó al espectador con los ojos como platos
pero que no sirvió para lo único que podía haber servido.
Efectivamente, para que espabilara Morata.
Y el problema es que enseguida llega Polonia, cuyo sistema sí que es ultra. Al no haber contado con jugador alguno del Madrid y mucho
menos con el capi, el gran temor de alguien que no suele temer a nadie
como Luis Enrique es que abra la boca Ayuso. El suyo, el de Casado, el
de Felipe VI y el de los padres de la Constitución aún vivos. Hasta
Gabilondo, que aseguró haber colgado los hábitos del comentario de
actualidad, entró al trapo para decirle a la de Chamberí que «está
siendo un poco analfabeta institucional». Si pondrá la dama al
personal que el programa que está a punto de estrenar Iñaki va sobre
sexo.
Como los viejos roqueros nunca mueren se ve a Marhuenda esgrimiendo que no está dispuesto a permitir que se le siga llamando franquista, más exaltado que nunca pese a no ser extremista ni viejo. No sé si mediatizado por el clima, pero la cuestión es que el medio que dirige concede el doble de duración que el resto a la internada con Biden. El seleccionador confía en que a él también se le dé margen, a las potencias europeas les hace gracia la forma de definir que nos
gastamos tanto en Bruselas c0mo en la Cartuja y los americanos van a
lo suyo como siempre sin reparar en mucho más. Mejor manera de
homenajear a Berlanga no creo que haya.