Ayer mismo, en la moción de censura otoñal de Vox, Casado le soltó a
Abascal: «No somos como usted porque no queremos, así de sencillo. Lo que aquí se vota es si está capacitado para ser presidente de la
cuarta economía del euro. La respuesta era evidente y ha quedado aún
más clara: no». A la criatura le salió un discurso redondo y, claro, lo descuadró.
Porque, para llevar un pronunciamiento de tal contundencia adelante,
hay que tener cuajo. Y eso ya es otra cosa, mariposa. De hecho no había pasado la primavera pero sí el vendaval madrileño por la urnas, y el dirigente estaba haciéndole mimitos al incapacitado puesto que, para más inri, las encuestas empezaron a proclamar que la suma daba. Y qué voy a contarles, ahí estaba Santiago esperándolo a lomos del jamelgo y blandiendo su espada del modo más diabólico ¿Amenazándole con retirar el apoyo en los confines donde el partido del señorito lo necesita para llevar la nave? De ningún modo. Retando al pepé a que plantee una moción de censura a la vuelta del verano y, si no, reconsiderarán repetir. Poner al ínclito en el brete de idear un texto
que diga algo, aunque sea surrealista, sin provocar la risa floja solo está al alcance de Faemino y Cansado en una tarde de las suyas. Pero no sé cómo saldrían Pablo & Teo de esa, aparte de mal.
Tras el rifirrafe en Ceuta, la relación de ambas formaciones sigue a porfía por una razón: porque continúa. Tras desacreditarlo desde el
estrado, el discípulo de Aznar no le suelta la mano y el otro discípulo no ceja de hacerse el ofendido. El presidente de Vox en Murcia ha saltado al ruedo para explicar en un escrito que sobran los motivos: «Padecemos un gobierno social-comunista y nos espanta su programa… Son ideas inseparables de la muerte. Se trata de un programa de odio infatigable contra las libertades y los derechos naturales… El gobierno de Pedro Sánchez, en colaboración con las autonomías, son los brigadistas de esta violencia criminal contra los españoles». Qué tacto gastan. La verdad, como para separarse de ellos.
Mes: julio 2021
Frente a las nubes negras
Chourraut ha conseguido la tercera medalla olímpica. En Tokio´64
también fueron tres, solo que en este caso hablamos del total de
mujeres en la delegación. Cuatro años después en México nos
conformamos con dos participantes para quienes las frases de aliento
alcanzaron antes de partir este tenor: «¿¡Pero cómo puedes dejar hacer
eso a tu hija!?» y «¡Qué espalda, parece un hombre!». De ahí que, con
lograr ir, ya tenías el premio.
Olímpicos o no, en la España nuestra de aquél, más que deportistas
brotaban conquistadores. Dos de los más mediáticos, Santana y Pérez de Tudela. Con la lectura de una entrevista reciente a este último he
hecho la preparación de cara a las pruebas que estos días nos
aguardan: «La gente no es tonta y decía que el alpinismo es serio
porque muere la gente. Esto es un deporte, sí, pero en el que te
matas». Efectivamente, para la transmisión de ideales entonces en
vigor, dar la vida por colocar la bandera en lo más alto era el máximo
a lo que cualquier criatura como Dios manda podía aspirar. Enseguida
llegaron los Ángel Nieto, Pedro Carrasco, Paquito Fernández Ochoa…
que, sin subir el Everest, también podían haberse matado por suerte
para ellos, según la doctrina imperante.
En cuanto percibió la cámara detrás, la palista plata en slalon K1 se revolvió y empezó a lanzarle besos al son de «Para ti, Ane». Sí, porque Maialen es madre y dado que no la conserva en una vitrina, andaba tocada del ala por no habérsela podido llevar a los Juegos. Cuando se fundió en cambio, fue con el oro de Río. Regresó tiesa. La tensión y el cansancio perpetraron que la espalda, que es la suya y no la de Merimée, dijera hasta aquí hemos llegado y pensó en dejarlo con
vértigos y fisuras en las costillas. Viéndola en esta edición partirse el lomo contra las trampas, mover todo lo que había que mover del
esqueleto para recomponer la estabilidad del kayak que ni Indiana
Jones en busca del arca veías la diferencia. Que hoy no hace falta que te juzgue nadie. Por muy turbulentas que sean las aguas, más bravas son joder.
Las cosas claras
Jesús Cintora, al que le ha bajado la persiana la máxima del ente
según la cual no es posible que contenidos informativos se
externalicen, ideó el programita de despedida cuyo único objetivo fue
alcanzar el máximo share de incomodidad para los rectores de la
cadena. Primero sacudieron al emérito, preguntándose todo quisque cómo es posible que el Gobierno consintiera que pusiese pies en polvorosa y que se tire cerca de un año tan ricamente donde está sin que nada se sepa de su existencia. Tras regodearse en la anomalía institucional, el conductor invitó a la ristra de colaboradores a que se despidiera haciéndole de paso un homenaje que él mismo remató con el ritual de que se ha dejado la piel dentro de lo que la madre ha descrito como «una cacería» contra su niño. ¡Qué hombre! Enternecedor es poco.
Coincidiendo con tan irreparable pérdida, la nueva quinta del galán
de Moncloa empieza a dar sus primeros pasos y los ojos están puestos,
cómo no, en quien ha recibido el instrumental del spin doctor que
orquestaba la propaganda. No obstante, el ministro de la Presidencia
se supone que intentará un procedimiento algo más jondo. Félix Bolaños tiene por misión deshacer nudos. Hizo un máster en el valle con la familia Franco y ahora le quedan los herederos que, a cada paso, se multiplican. Ha iniciado contactos con portavoces de la oposición para abordar los asuntos incrustrados entre ceja y ceja empezando, claro está, por la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Ha
trascendido, eso sí, que Espinosa de los Monteros ni siquiera descolgó
el teléfono. Como se descuide, un día marca uno de esos números y se lo coge Iván Redondo.
En esas estamos cuando por aquí se ha ampliado la horquilla del
toque de queda y ha vuelto a reducirse el acceso a determinados aforos, a lo que el sector turístico ha respondido con acritud señalando que las medidas «han hundido el verano».
Son, ya ven, algunos fogonazos de las últimas horas. Y qué quieren que les diga. El espíritu olímpico, que está que se sale.
El golpe de calor
Quien fuera ministro con Suárez, Ignacio Camuñas, ha dejado caer en
una suerte de escuela de calor lo que sigue: «Si hay un responsable de la Guerra Civil es el Gobierno de la República. Un golpe de Estado no es lo que ocurrió en 1936». Claro, Nacho, tranquilo.
Tras oírlo de su boca no he podido por menos que pensar en aquellos
que han tildado a la transición de falta de arrojo y pelín pesadito el
rosario de elogios. Lo que ellos quieran y dos huevos duros. Tan solo
comentarles que, el que acaba de expresarse así sobre la génesis de la
contienda que había que superar para darle otro cariz a esto,
pertenecía al ala liberal de la formación del segundo gobierno con el
que hubo que experimentar la peripecia. Otro integrante del mismo se
dejó llevar por un pseudo dossier propio de Martínez el facha, versión
perturbada, para mandar a casa a un director de periódico. Por
supuesto, el susodicho miembro del consejo de ministros también era de centro, faltaría más. Y así sucesivamente, queridos.
Con el balón botando, el joven mandamás (?) del pepé aprovechó para
anunciar que derogará la ley de Memoria Democrática y que está lista
la sustituta. Resulta embriagador. Tiene todo cañón, pero nunca suelta
prenda. De cómo embocaría el culebrón indepe aún carecemos de pista
alguna. El caso del golpe de calor camuñil al menos dio para que
enunciara lo suyo que sería una ley «muy completa» de concordia, dentro de la que se apresuró a señalar que las familias del bando
republicano han recibido 16.000 millones. ¡Ojo!, que ya viene
sacudiendo la concordia
También estuvo echando el día, Rafael Arias-Salgado, de los
Arias-Salgado de toda la vida que, a cuento del reparto de fondos
europeos, calificó de «hijo de puta» al primer ministro holandés, lo
que provocó las risas en el auditorio. Ni que decir tiene que el tal Rutte es tan conservador como él. Soltar perrerías de figuras de tu mismo equipo es algo a lo que en estos momentos, como saben, es difícil sustraerse. Pero, bueno, esa es otra historia.
Una unidad de destino
Repasemos: «Raúl es un tío negativo, terrible lo malo que es el chaval; Casillas no tiene dos dedos de frente y son las grandes estafas; Cristiano es un imbécil y, junto a Mou, dos anormales; Guti está como una cabra y Figo es un hijo de puta; Del Bosque, un zoquete»; Michel..¡Y el que tenía una linda boquita era Arfonzo!
Los papeles del Pentágono pusieron a la administración
estadounidense frente al espejo y las cintas de la Casa Blanca han
dejado al ser superior a los pies de los caballos. Pero resistirá como
Pedrojota, que por ahí sigue y que, cada vez que el Pisuerga pasa por
Valladolid, se autocita con un libro inédito de título “Nixon contra la prensa”, «que escribí durante el curso 73-74 en el que fui profesor en el Lebanon College de Pennsylvania». Se me vino al ver a Aznar ensalzar sobremanera a quien tenía al lado, que era Ayuso, reiterándose en el referente que representa –él, claro– tras hacer hincapié en las conferencias impartidas en Hungría, Colombia y Estados Unidos donde «siempre estoy hablando de ella por el interés que despierta».
Casado, también. Quien tiene toda la pinta de tomar el relevo de
Merkel, si supera la prueba de septiembre, lo ha mirado de reojo porque Armin Laschet, líder de la cedeú, ha advertido que «con los
partidos populistas de derechas no habrá conversaciones ni cooperación ni coalición ni nada». De cara al sol del 18 de julio, Spain sigue teniendo sus cositas y, en algunas, se supera. Como la del director de esa cabecera que siempre reservó para sí la denominación de pureza en el libro de estilo y que ha tenido a bien despachar por teléfono a quien allí estuvo desde el primer día. Somos, sin duda, una unidad de destino en vete a saber qué.
No sería de extrañar, dadas las últimas revelaciones, que Manos
limpias o asín recurra el logro alcanzado por el habitual sospechoso
mister en Sudáfrica cuando a quien debía haberse utilizado es a
Camacho, que siente los colores como nadie y suda como pocos. Y
cualquiera sabe. Por Dios, que el Constitucional nos ilumine.
En medio del zafarrancho
En víspera de la final de Wembley, el diario indepe «The Nacional»
llevó a portada una escena épica de «Braveheart» en la que se ve a
Mancini investido de William Wallace, el héroe nacional escocés, bajo
un título que no ofrece dudas: «Sálvanos, Roberto, tú eres nuestra
última esperanza. No podemos soportarlos otros 55 años dando la
tabarra». Nada más finalizar el duelo con derrota, los ingleses deben
estar contentos con todo lo sucedido. Eso sí, no tanto como Carmen
Calvo.
Es la ventaja de la que disfrutamos que, para dar por saco, nos
bastamos con nosotros mismos. Aquí vamos de un Simón a otro, de
Fernando a Unai y de vuelta al primero, bucle en el que seguimos
porque, según el míster de las alertas, «la variante delta tiene algo que ver pero no es la culpable. No podemos escudarnos en ella». San Pedro es el apóstol más citado de los cuatro evangelios por lo que su discípulo, que es la biblia en pasta, le ha metido mano, ofú, a Cataluña: «Estamos ante el efecto de concentraciones muy numerosas y esto ha traído cadenas de transmisión importantes». Claro, a sus mentores les ha pillado con el santo al cielo que es donde han fijado la residencia.
Al respecto, Fernando Trueba se levantó la otra mañana jaracandoso
y, a cuento de tanto empute, le metió el bisturí al celuloide de un modo que, se comparta o no, entenderse se entiende: «Si esto de los indultos se tratara con humor diríamos pero cómo no le vamos a dar los indultos si son gilipollas perdidos. ¿Que por qué lo son? Porque toda la gente sabe que la frontera es una raya que ha hecho un imbécil por lo que la inteligencia debe actuar borrándola. Y, de vez en cuando, sale uno que es tonto y quiere hacer más. Patético, ¿no? Pues eso, hay que indultarlos». Y, como en medio del zafarrancho la vida sigue, resulta que la mujer del cineasta iba a visitar a su padre afectado de
alzheimer: «Papá, ¿cómo me llamo yo?», a lo que el padre respondía
defendiéndose con toda lógica: «¡Coño! ¿No sabes cómo te llamas?».
¡Qué hastío! Lo que nos cuesta situarnos.
El hijo de Conchita
Estoy con el primer amigo que tuve. Sus padres habitaban el tercero
derecha y, los míos, el izquierda, pegado ambos. Las puertas solían
estar abiertas. En realidad, advierte, no sé porqué no nos
proporcionaron un pasadizo, mira que hacernos salir al rellano. Se lo
presento a otra plebe: «Aquí, Pepe Guerrero». «¿Quién?». «El hijo de
Conchita». «¡Ah! Qué alegría, ¿Como estás?». Y, claro, le comento: «Para qué te sirve el nombre si todo el mundo…». «Nada, una pérdida de tiempo».
Con diez años reservamos pista de once a doce en unas instalaciones
a kilómetro y medio. Antes de acabar se acercó el vigilante y nos dijo
que como no había reservas podíamos seguir. Cuando preguntamos la hora eran las tres y cuarto. No he corrido más en mi vida. Cerca de
alcanzar la meta vimos venir alineados de frente a los cuatro, como
parte de los Cartwright, pero con mucha mayor dureza en los rostros.
Pepe no recuerda si Conchita blandía su famosa zapatilla, pero yo sí
que él me espetó: «Esto van a ser reveses y no lo que tu das». La bendita memoria selectiva ha borrado el resto.
Lo que no ha desaparecido ha sido el tuit del presi de los estudiantes de la UA, un adicto a esta forma de cascar que, huella, deja. Me refiero al proferido en referencia a las medidas del Consell ante el rebrote de contagios: «Estáis arruinando una comunidad que vive del turismo, estáis completamente enfermos». A esta criatura Vox acaba de darle rango. Se lo ha ganado a pulso en la red y en el campus con iniciativas propias de su sexo. Yo con lo que estoy más perdido que un chuletón al punto ante Sánchez es con la quinta a la que pertenece porque en otro de sus misiles descubre que votó al pesoe en el 82. Y entonces, ¿qué estudia el pollo y desde cuándo por Dios?
Porque para haber hecho eso que dice que hizo debería andar mínimo en los 57 tacos pese a la carita de infante de la única foto que circula.
Pero, bueno, le estoy dando una importancia que no tiene. Tenga la edad que tenga no está para ir a su bola. ¡Como lo pille Conchita..!
La dulzura en la cara
Mi madre está apagándose. Ignoro si en este trance se ven pasar las
famosas ráfagas de toda una vida, pero en seis horas al volante yo sí
que las visiono una tras otra, las veces que haga falta. Se lo debo. Eso y lo que no hay en los escritos.
Esta mocita de la guerra venida al mundo en los inicios de aquellos
veinte sobrevivió al golpe del asesinato de su padre por el coraje
castrense de la abuela Matilde. En los años del hambre se convirtió en
una de las pocas jóvenes que al fichar en la oficina iba a su aire, lo que condujo a que cruzara miraditas en el tranvía con un galán del barrio residente en el otro margen de la calzada romana que lo atraviesa. Fue un cuatro estaciones prolongado por los salarios de miseria pero en el que los amaneceres iban adquiriendo otro tono con el resplandor de la esperanza.
Desde entonces hasta hoy, un recorrido pleno que ha sembrado con su
presencia sensaciones solo de buen rollo. Desde el gobierno de la casa se comportó siempre como una adelantada a su tiempo para quien no
cabían diferencias entre el niño y las niñas. Los tres merecían las
mismas oportunidades a la hora de escoger el tren que quisieran y a fe
que se batió el cobre por ello. De ahí que sus hijas, que son las que
siempre han estado al pie de cañón, no se separan de ella ni un instante.
Me falta nada para alcanzar el destino y no dejo de gritar «¡Aguanta, aguanta!». Ya estoy junto a la cama, cogido a su mano, alisándole el pelo y ahí permanece la señora Eloisa resistiendo los reveses con ese reflejo de dulzura, marca de la casa. Los médicos han dicho que mejor no moverla de donde se encuentra, que en ningún sitio va a estar como con los suyos. Sin dejar de mirarla se vienen a la cabeza las últimas conversaciones en las que nos dispensábamos todo tipo de carantoñas y quereres, sin dejar atrás esas ocurrencias tan suyas con las que vaya si te descuajaringabas. ¡Qué grande! «Tranquila, mamá; tú, tranquila, que estamos aquí todos a tu lado incluidos los que no están». Cuando te vayas sabes que nos llevas contigo. Bendita seas.
Ese anhelo compartido
En estos quince meses han estado ahí y por fin toca retomar el rito de
quedar, ese gran anhelo pendiente. Allá vamos. Durante el trayecto nos
acompaña uno de los sonidos negros más grasientos en la voz de Young
Jessie, ese tejano que nunca se comió una rosca en las listas de éxitos pero que envuelve con su blues hasta dispararse los pies. «Shuffle in de gravel» se sumerge en los coros del goospel y «Make belleve» te mete de cabeza en los zapatos de gamuza azul cuando entona «estos pensamientos locos porque llegamos al puente es solo el comienzo. Como se puede ver, la vida no es real». Qué nos vas a contar, Jessie, tanto tiempo sintiéndonos lejos de donde habíamos estado.
Marcamos el telefonillo y abren los amigos. No hace falta abrazarse
o sí. El reencuentro es la bendición. Nos tenemos, son décadas de
tenernos. Sesiones que se suceden, una tras otra. Nos miramos, no
dejamos de mirarnos, viene un brindis y viene otro. Sencillamente el
placer de verse. Beber los vientos bajo la noche estrellada en la que
repasar las andanzas de los nuestros a lo largo de este viaje
interminable que nos hemos pegado al interior. Y disfrutar con buenas
nuevas, que también existen. Hace primaveras ya que las prioridades no ofrecen dudas. Por eso todos los componentes del grupo hemos
completado las dosis. Porque hay cuestiones que nos las tenemos que
hacer mirar y otras, en cambio, que las tenemos muy vistas.
Vuelven a contarse las historias que nos han marcado. La llamada
aquella en la que el acento mandó buen karma dando paso el jodío a una relación de amistad en primer grado que solo dura cuarenta y tantos años. Cuántas vivencias, cuántos toques de atención para que el rumbo definitivamente no se torciera, cuánta coña marinera, cuántos códigos compartidos. Y de postre, el inevitable repaso a ver quién es el guapo que pone en orden a este país, lo que conduce a disentir a base de bien aún a sabiendas de que aquello no nos llevará a ningún lado. Pero qué más dará. Lo que sea, chicos, con tal de estar juntos.