Ese anhelo compartido

En estos quince meses han estado ahí y por fin toca retomar el rito de
quedar, ese gran anhelo pendiente. Allá vamos. Durante el trayecto nos
acompaña uno de los sonidos negros más grasientos en la voz de Young
Jessie, ese tejano que nunca se comió una rosca en las listas de éxitos pero que envuelve con su blues hasta dispararse los pies. «Shuffle in de gravel» se sumerge en los coros del goospel y «Make belleve» te mete de cabeza en los zapatos de gamuza azul cuando entona «estos pensamientos locos porque llegamos al puente es solo el comienzo. Como se puede ver, la vida no es real». Qué nos vas a contar, Jessie, tanto tiempo sintiéndonos lejos de donde habíamos estado.
Marcamos el telefonillo y abren los amigos. No hace falta abrazarse
o sí. El reencuentro es la bendición. Nos tenemos, son décadas de
tenernos. Sesiones que se suceden, una tras otra. Nos miramos, no
dejamos de mirarnos, viene un brindis y viene otro. Sencillamente el
placer de verse. Beber los vientos bajo la noche estrellada en la que
repasar las andanzas de los nuestros a lo largo de este viaje
interminable que nos hemos pegado al interior. Y disfrutar con buenas
nuevas, que también existen. Hace primaveras ya que las prioridades no ofrecen dudas. Por eso todos los componentes del grupo hemos
completado las dosis. Porque hay cuestiones que nos las tenemos que
hacer mirar y otras, en cambio, que las tenemos muy vistas.
Vuelven a contarse las historias que nos han marcado. La llamada
aquella en la que el acento mandó buen karma dando paso el jodío a una relación de amistad en primer grado que solo dura cuarenta y tantos años. Cuántas vivencias, cuántos toques de atención para que el rumbo definitivamente no se torciera, cuánta coña marinera, cuántos códigos compartidos. Y de postre, el inevitable repaso a ver quién es el guapo que pone en orden a este país, lo que conduce a disentir a base de bien aún a sabiendas de que aquello no nos llevará a ningún lado. Pero qué más dará. Lo que sea, chicos, con tal de estar juntos.

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