El hijo de Conchita

Estoy con el primer amigo que tuve. Sus padres habitaban el tercero
derecha y, los míos, el izquierda, pegado ambos. Las puertas solían
estar abiertas. En realidad, advierte, no sé porqué no nos
proporcionaron un pasadizo, mira que hacernos salir al rellano. Se lo
presento a otra plebe: «Aquí, Pepe Guerrero». «¿Quién?». «El hijo de
Conchita». «¡Ah! Qué alegría, ¿Como estás?». Y, claro, le comento: «Para qué te sirve el nombre si todo el mundo…». «Nada, una pérdida de tiempo».
Con diez años reservamos pista de once a doce en unas instalaciones
a kilómetro y medio. Antes de acabar se acercó el vigilante y nos dijo
que como no había reservas podíamos seguir. Cuando preguntamos la hora eran las tres y cuarto. No he corrido más en mi vida. Cerca de
alcanzar la meta vimos venir alineados de frente a los cuatro, como
parte de los Cartwright, pero con mucha mayor dureza en los rostros.
Pepe no recuerda si Conchita blandía su famosa zapatilla, pero yo sí
que él me espetó: «Esto van a ser reveses y no lo que tu das». La bendita memoria selectiva ha borrado el resto.
Lo que no ha desaparecido ha sido el tuit del presi de los estudiantes de la UA, un adicto a esta forma de cascar que, huella, deja. Me refiero al proferido en referencia a las medidas del Consell ante el rebrote de contagios: «Estáis arruinando una comunidad que vive del turismo, estáis completamente enfermos». A esta criatura Vox acaba de darle rango. Se lo ha ganado a pulso en la red y en el campus con iniciativas propias de su sexo. Yo con lo que estoy más perdido que un chuletón al punto ante Sánchez es con la quinta a la que pertenece porque en otro de sus misiles descubre que votó al pesoe en el 82. Y entonces, ¿qué estudia el pollo y desde cuándo por Dios?
Porque para haber hecho eso que dice que hizo debería andar mínimo en los 57 tacos pese a la carita de infante de la única foto que circula.
Pero, bueno, le estoy dando una importancia que no tiene. Tenga la edad que tenga no está para ir a su bola. ¡Como lo pille Conchita..!

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