El fuera de juego

A mediados de agosto Julio Llamazares se marcó una reflexión jonda en torno a fútbol y romanticismo donde concluye que «entristece cada vez más el grado de mercantilización de un juego que ya no se rige por los principios del deporte sino por los de la economía». Puesto que es de
cajón, qué mérito tiene la verdad seguir sufriendo por unos colores.
Cuando el escritor y guionista desarrollaba la tesis, Gerard Piqué se movía para comprar los derechos de la Liga francesa al compás del
traslado de Leo ahora que al central le funciona más rápido esa cabecita que el juego de piernas. Tanto, que a la aventura se ha ido
cogido de la mano del infatigable creador de contenido, Ibai Llanos, a
través de cuya plataforma se garantiza multitud de plebe joven. Pero,
como no solo de carne fresca vive el invento, Telecinco echó sus redes y bajo el fogonazo de «El regreso de Messi» presidiendo emisiones
reforzó su parrilla de comida basura. Con Isabel Pantoja se sirvieron a gusto. Utilizaron el relato de un periodista argentino al que no conocen ni en su casa para proclamar que la cancelación de dos próximos conciertos en Chile no tenía nada que ver con la pandemia sino con la pérdida de prestigio desde que su hijo destapara la otra cara la cantante. Oficiando el sacrificio, Patiño se limitó a tirar de la cadena tras conceder a la crónica telefónica rango de prueba concluyente. Con todo lo que se decía de Paquirrín, miren por donde resulta que hace relojes. Y así, el que estuvo en un tris de pedir auxilio fue el cabal Pedro Piqueras. Cuando no sucedía que el concurso le retrasaba la aparición, desde «Sálvame» eran Paz Padilla y Anabel Pantoja las que le daban paso bailando antes de tener que exponer en ese plan los estragos del virus.
Es lo que hay. Un ritmo infernal por exclusivas, derechos y el botín. Las audiencias de este escorzo propiciado por el entramado del defensa azulgrana han hecho estragos, mientras Llamazares se despidió de su colaboración de años. A quién se le ocurre, por Dios, dedicarse a discernir.

Entre emociones

Mes y medio atrás completé la travesía más amarga hacia el adiós de la
mujer que me trajo al mundo, horquilla en la que se prevé otra
cabalgada de cientos de kilómetros en cuanto resuene el tintineo del
alumbramiento de la nieta. Es lo que tiene esto nuestro y, si medio
coinciden, ¡uf!
Solo sé que, para su abuela, la niña era una feria. «¡Pero qué alegre es!», repetía al cruzarse novedades, lo cual se producía con cierta asiduidad ya que la chavala nunca dejó de mimarla al tiempo que se abrochaba vocacionalmente a Magisterio. Lo único que perturbaba a mi madre es que cada vez le hablara desde un continente, ella que solo
había ido a Portugal porque queda al lado y ya le parecía una
aventura. La guerra desbarató su mundo de partida y, teniendo a mano
lo que le importaba, se sentía más tranquila. En las postrimerías, la que nos ha arrebatado a tanta gente que resistía en buena lid, le costaba situarla en el mapa y razones tenía para ello. No obstante era tal su fe que siempre remataba el asunto con un «si está es porque le
gusta lo que hace».
En menos no se puede atinar más. El año lo despidió en Sid,
emplazamiento serbio en el que cooperantes procuraban asistencia de
todo tipo, desde legal hasta alimentaria, a jóvenes afganos con
intención de adentrarse en la Europa comunitaria y que en la frontera
croata eran devueltos a palos. Ya ven. El anterior lo pasó en Myanmar
donde compartió historias que dejan huella, entre ellas la de una
criatura adolescente a la que consiguieron que operaran para andar
erguida, cosa que hasta entonces no había logrado. Como vivimos
aquello todos los que anduvimos atentos resulta indescriptible.
Ahí conoció a Ed, que al regreso de Tanzania pasó todo un álbum con
una sola imagen, la de la eco. Como además de risueña es una fiera, no
podía por menos que traer gemelos quienes verán la luz en el hospital
de Montauban junto al cementerio en el que reposan los restos del
republicano Azaña. Me da, don Manuel, que el espíritu aquel se sentirá
reconfortado.

Cuando el uso de la razón…

El nostre parlamento se ha metido por el cuerpo una diputada tránsfuga más. Son seis y así la peña de los no adcritos tiene a tiro a la de Unides Podem. Lo que hay que hacer para que se hable de las Cortes en agosto.
La nueva integrante del limbo ideológico aterriza desde Vox. Rebeca Serna asegura la han ninguneado bien ninguneada. «Se montaban
reuniones a escondidas», señala. Y deja caer que, a los cónclaves
donde se ponía de vuelta y media su labor, no la invitaban, así como
tampoco a las sesiones en las que se sacaban las fotos oficiales. Al
parecer había compañeras que, dentro del parking, se sumergían un buen rato sobre los asientos hasta perderla de vista. Vamos, de ser así, lo que se conoce por amor fraternal y caridad cristiana dentro de un
mismo pack.
En uno de los pasajes de su plática en el acto de investidura como
Doctor Honoris Causa de la Miguel Hérnández, Forges fue como siempre al grano y no se trata de una transgresión sino que hay que volver a él cuando es preciso diseccionarnos. Contó Antonio Fraguas: «Ya sabéis que el nexo de unión de los iberos reside en una frase que solo se puede traducir a las lenguas de esta península, ni siquiera al
italiano aunque al fin y al cabo en Italia sean españoles con marketing. La frase es “no, si ya verás tu como…”. ¿Qué pasa? A ti te dicen “su coche está arregaldo el jueves”. ¡Ea! Y cuando vas a recogerlo tu vas pensando “no, si ya verás tu como no está el coche”. O sea, la necesidad crea el léxico. ¿Por qué esto no pasa en Francia? Porque vas el jueves y está. Y en Alemania y el Reino Unido, igual. La pregunta es: ¿Por qué no ocurre en Italia? Porque es que no van».
Poniendo el bisturí en las bancadas de aquí, plebe de Compromís y
algún podemita debían andar sorprendidos con el talante de Rebeca,
quien arguye que es que ella es de mente «más abierta» en cuestiones
como las políticas sociales y elegetebé. ¿Y cuando pediste cita en Vox
para la retirada del carné se te ocurrió pensar “no, si ya verás tu como..?”. Gensanta, jamía.

Remontar el vuelo

Francisco y Amparo están ahí, en ese rincón de casa al que él nunca
pudo volver, con las entrañas hechas fosfatina al igual que el fuselaje del trasto aquel cuando las imágenes que propagan el desquicie del aeropuerto de Kabul remueve todo por dentro. «Estos días el desasosiego es mayor» recalca el padre del sargento Paco Cardona,
uno de los militares españoles que se dejó la vida en el avioncete que
les tenían preparado sus graciosas autoridades en mayo de 2003. De los
102 españoles que no han alcanzado a ver el final de la película, 62 iban el Yakovlev-42.
Embutidos en el uniforme, Eva Jiménez y Feliciano Vega compartían
curro, risas y misiones humanitarias desde que coincidieron. No
tardaron en casarse y durante cinco años iban y venían de Bosnia donde echaron una mano para la reconstrucción de un país devastado. Hicieron todos los viajes juntos menos uno, el de Afganistán, porque Eva disfrutaba de una excedencia tras haber nacido el crío al que el padre dejó con diez meses y se disponía a retomar al alcanzar los quince. La madre apenas durmió esa noche pensando en el reencuentro que nunca se produjo después de que el aparato quedara desperdigado por las montañas de Trebisonda. Ella buscó reconfortarse yendo con los suegros, la cuñada y el niño al cementerio de Burgos en el que dejaban a Feli flores frescas hasta que la investigación sobre el circo de identificaciones realizadas determinó que habían estado dos años llorándole a un señor de Zaragoza.
El resultado se plasmó en que a Trillo le dieron la embajada de
Londres y al secretario general de Política de Defensa, que se lució
pero bien lucido con los afectados, otra en Suecia después de que el
entonces ministro dijera a los familiares en una carta que deberían ir
al psicólogo porque no llevaban bien el duelo. Al contrario que estos,
Federico apenas habrá reparado en las escenas mientras prepara
plácidamente michirones sin haber necesitado tipo alguno de asistencia. Él sabe mejor que nadie que lo suyo no tiene remedio.

¡Señor, sí señor!

Los especialistas del hospital de La Plana decidieron no administrar
ozonoterapia a un paciente en estado crítico sin vacunar, que se halla
con neumonía bilateral como consecuencia de la infección. La
conselleria, en conformidad con el criterio del ministerio, se opuso
igualmente basándose en que el tratamiento no cuenta con validez
científica contra el covid. La familia recurrió, el juez le dio la razón y la autoridad sanitaria ha autorizado el acceso de personal externo para aplicar el temita. Colectivos profesionales de la Comunidad se han revuelto y alertan sobre el uso de pseudoterapias. Desde que nos enfrentamos a la amenaza hemos asistido a resoluciones dispares de sus señorías en diferentes territorios donde se habían tomado medidas similares con tal de evitar riesgos y en esas seguimos. Hasta hace nada se decía que, por su forma de actuar, la Judicatura seguía siendo franquista. Ahora se deduce que ha llegado a un extremo en el que, simplemente, se siente por encima del bien y del mal.
Aunque al menos sé que dado el caso podré insuflarme ozono, como me llegue una denuncia voy listo. Pero al menos lo entenderé. A lo que no hay forma de hincarle el diente es a las devoluciones de menores
migrantes. Mira que lo de Afganistán tiene guasa, pero anda que esto.
Con la que se armó por el cartel de Vox contra los menas, al que una
jueza dio su bendición y la Audiencia carpetazo, tres meses después
tenemos liada la que tenemos liada en Ceuta, donde un juzgado de lo
contencioso-administrativo ha dado el alto al retorno de los chavales
decretado por el Ejecutivo. Podría parecer el colmo de la situación, pero qué va. Recuerden que el ministro del Interior es magistrado.
La zozobra es tal que no le pierdo ojo a la posible demanda del
llamado hijo secreto de Camilo Sesto. Dependiendo de en la sala que
caiga, igual el titular exige que se presente en el procedimiento el
encausado. Que nadie le venga con monsergas porque el difunto bordó
Jesucristo Superstar. Y nada, que al tercer día lo quiere allí.

La caravana del asfalto

El positivo de un treintañero cercano aboca a que, para atender la
contingencia que provocó el desplazamiento, deba regresar solo ahora
que conducir se me hace bola tras año y medio dándole al embrague en
contadísimas ocasiones. Se anuncia encima un hervidero motorizado
similar a los registrados antes de la maldición esta. Ignoro cuántos se sentirán desentrenados pero tiene pinta de que, para la plebe, la
pretemporada «c´est fini».
En la previa de la ida dejé el trasto en el taller para la revisión de rigor. Puesto que apenas lo había cogido aguardé confiado. En efecto: 500 euracos y eso que me tratan de lujo. Igual es que la confianza da asco. Las ruedas de atrás estaban desgastadas con lo que se confirma que no solo el género humano degenera por no moverse. Uno me pasa calculo que a doscientos y al que le entra el tembleque es a mí. Me topo con demasiado operario remendón en tramos de autovía que dificultan la fluidez tras haber transitado la tira por periodos fantasmales a lo que se ve sin aprovechar. Asoma en la radio una compa que pone el énfasis en las miserias de no pocas líneas ferroviarias y de unos cuantos trazados, lo cual anima a seguir por donde voy.
Lástima que en la M-50 haya vuelto a cagarla. Cuando te sucede, y soy recordman, piensas que maldita la hora puesto que ni siquiera un
castigo físico es peor. De nano además cuando te daban en el culo era
horrible pero, de mayor, te pone que te den bien. Superado el tramo en
torno a Arganda, indescifrable él, paro y compruebo que hay algo peor
que lo anterior y es poner a esas horas los pies en el asfalto, de modo que salgo pitando y no atisbo el momento de cruzar la meta cuando me atrapa una versión aflamencada de «Yo soy aquel»: «Estoy aquí para
adorarte; el que te espeeeera, el que te sueeeeña…». ¡Pero si no queda nadie en casa! A ver si va a estar esperándome alguien…
Por lo pronto es una llamada la que me sobresalta. «¿Sí?». «Soy
Mar. ¿Me dice cuál es su compañía eléctrica?». ¡Pero, por Dios! Esto
ya sí que es ir a hacer daño.

Anda jaleo, jaleo

Los tres oros de nuestra delegación han sido en tiro, kárate y, por
último en escalada, es decir dificultad manifiesta para poner pies en
polvorosa. Un pelín tensos igual sí que andamos.
La prueba es que la 1 ha pasado un par de semanitas con esa parrilla entre el salto por los aires del programa precedente ante la denuncia de externalizar informativos y el revuelo respecto al retorno con un espacio pueril en el que anunció su cupo el controvertido psicólogo Rafael Santandreu, uno de cuyos logros ha sido al parecer
recomponer a Paz Padilla. Nunca tan poca chicha originó este jaleo,
incluído el escaso oro conquistado.
El tal Santandreu no se cortó en adelantar su presencia, lo que provocó cierto estallido en las redes ya que buenas son ellas. Para
este terapeuta, «la depresión te la provocas tú, solo si te esfuerzas
mucho conseguirás deprimirte». Y luego se gasta alguna que otra tesis
revisionista como la referida a Hitler sobre quien remarca que «era un
ser al que hemos de darle aceptación incondicional y enviarle amor.
Vale que estaba loco, pero su potencial era maravilloso». La pública ha desmentido semejante participación porque, entre externalizar lo otro e interiorizar esto, probablemente haya un término medio. Ni que decir tiene que estamos ante uno de los autores más populares en su
especialidad. No si aquí el que lo tendría jodido para publicar sería el manco de Lepanto.
En vez del susodicho quien acudió fue Dyango con vistas al festival de Benidorm, ese que próceres de todos los colores en estas latitudes tratan de arrancarlo. El alcalde de la villa tuvo que sacar el capote porque, para el cantante catalán, la edición del 77 que ganó fue una vergüenza tras cuestionar el público la canción, recibir el trofeo a hurtadillas y recoger el equipo técnico de teuveé el escenario mientras repetía «Si yo fuera él». Como nadie lo sacaba de ahí, al ser preguntado si le hacía ilu el retorno del certamen contestó que le daba igual. Pues lo cierto es que, un buen especialista, faena habría tenido.

En ruta por la epidermis

Desde este epicentro turístico aún con llagas me dirijo a un lugar
bañado por unas pocas docenas de seres crepusculares en el que gran
parte circula pegado al andador. Pronto comprobaré que el recelo allí
es hacia los que se entrometen en sus calles, no para los que se han
evaporado.
Desplazarse, algo de noticia es. Así que si gusta, súbase. La
actualidad dormita, de modo que el viaje es placentero hasta que toca
respostar en la estepa manchega y crees que se ha apagado el motorcito
pero qué va. Cualquier punto en el que llenes el depósito contribuye a
engordar a esas grandes empresas radicadas en la capital del reino
donde, naturalmente, contribuye. Y, ojo, no padezco madrileñofobia. Me encanta escudriñar su mapa, lo cual no significa que las cosas no sean claras y, el chocolate, espeso. Como el del Café de Oriente y sus
picatostes, con los que te chupas los dedos aunque luego, paisanos,
coticen en bolsa.
El carro no se ha adentrado en «ayusilandia» y es una emisora
regional de la esfera natal de don Quijote quien toma el interior. A
lomos, la vecina de un pueblo se felicita de que sea día de mercadillo, «da gusto el bullicio, cuando no es en este es en otro y aprovechas para saludar a la de la farmacia, al de la quincalla… a los que quiero dedicar cualquier canción del disco de La Mandrágora». Suena «…Y aunque en rigor no es mejor por ser mayor o menor, ciertamente es un burdo rumor», es posible que arrastrado el control por el efecto contagioso de la verdulería.
No doy crédito y, sí, la conviviente refrenda la elección de dial. Un vaquero cuenta que el ganado «siestea» y se decanta por el sonido
«country» bajo las estrellas cuando lo que hay fijado en el calendario
son reuniones de la comisión bilateral aunque todos seamos hijos de
Dios. A sus ochenta y tantos, Felisa agarra y dice que a ella nunca le
ha gustado salir y que fue su marido el que paseó a los niños. «Ahora
el hijoputa del mayor se empeña en sacarme los domingos y a ver qué
hago». Que sí, que Spotify tendrá todo, pero a esto no llega.

De tapones, protas y mates

Al asistir al adiós de Pau Gasol y de parte de la generación que nos
colgó en una dimensión desconocida no pude dejar de acordarme de
Díaz-Miguel, bajo cuya égida se popularizó el meollo. En el Mundial
de Cali se le ganó por primera vez en partido oficial a Estados Unidos y no me digan que no es buen día para tirar desde ahí. Dos años después aquella hornada se acercó a México a hacer una previa de los Juegos, fue a parar a un hotel que en realidad era una casa de putas y se piró por piernas antes de disputar un tercer choque porque dos anteriores con los mismos acabaron a cate limpio. Igual la mili nos hizo tocar plata, quién sabe.
Y aunque aún resultaba mucho más difícil, don Juan Carlos entronizó
por aquellas fechas lo suyo hasta límites insospechados mientras que el seleccionador por antonomasia fue desgastándose al ritmo Romay, es
decir lento y atosigante. El deterioro de su figura va unido al excesivo protagonismo adquirido que erosionó el ego de algunos componentes a su cargo, aunque el estropicio se consumó en Barcelona´92 con una derrota que sacó los colores y que propició un titular redondo que lo trituró: «Díaz-Miguel entra en la historia de Angola». Cuando murió, la demencia reivindicó su nombre en una pancarta: «Los ángeles ya tienen entrenador».
En cambio el monarca se mantuvo a buen recaudo gracias a que un
cuidado velo cubrió sus movimientos. Aireadas vías de agua a manos del olímpico yerno, el fiscal suizo tenía puesto el ojo en el titular de la Casa Real a quien acabó retratando un episodio del continente negro, solo que esta vez le tocó a Botsuana, abriendo un sesgo diferente en el pasaporte que hoy dormita en Abu Dabi. Mientras su hijo ha vuelto a la vela para que le dé el aire, están en marcha un porrón de proyectos televisivos sobre los avatares del emérito. Debiendo decidir qué hacer con él, mucho tendrá que regatear el sucesor para sortear la que se avecina estando la Corona en juego. Hasta es posible que su ángel de la guarda se haya pedido excedencia.