El positivo de un treintañero cercano aboca a que, para atender la
contingencia que provocó el desplazamiento, deba regresar solo ahora
que conducir se me hace bola tras año y medio dándole al embrague en
contadísimas ocasiones. Se anuncia encima un hervidero motorizado
similar a los registrados antes de la maldición esta. Ignoro cuántos se sentirán desentrenados pero tiene pinta de que, para la plebe, la
pretemporada «c´est fini».
En la previa de la ida dejé el trasto en el taller para la revisión de rigor. Puesto que apenas lo había cogido aguardé confiado. En efecto: 500 euracos y eso que me tratan de lujo. Igual es que la confianza da asco. Las ruedas de atrás estaban desgastadas con lo que se confirma que no solo el género humano degenera por no moverse. Uno me pasa calculo que a doscientos y al que le entra el tembleque es a mí. Me topo con demasiado operario remendón en tramos de autovía que dificultan la fluidez tras haber transitado la tira por periodos fantasmales a lo que se ve sin aprovechar. Asoma en la radio una compa que pone el énfasis en las miserias de no pocas líneas ferroviarias y de unos cuantos trazados, lo cual anima a seguir por donde voy.
Lástima que en la M-50 haya vuelto a cagarla. Cuando te sucede, y soy recordman, piensas que maldita la hora puesto que ni siquiera un
castigo físico es peor. De nano además cuando te daban en el culo era
horrible pero, de mayor, te pone que te den bien. Superado el tramo en
torno a Arganda, indescifrable él, paro y compruebo que hay algo peor
que lo anterior y es poner a esas horas los pies en el asfalto, de modo que salgo pitando y no atisbo el momento de cruzar la meta cuando me atrapa una versión aflamencada de «Yo soy aquel»: «Estoy aquí para
adorarte; el que te espeeeera, el que te sueeeeña…». ¡Pero si no queda nadie en casa! A ver si va a estar esperándome alguien…
Por lo pronto es una llamada la que me sobresalta. «¿Sí?». «Soy
Mar. ¿Me dice cuál es su compañía eléctrica?». ¡Pero, por Dios! Esto
ya sí que es ir a hacer daño.