Remontar el vuelo

Francisco y Amparo están ahí, en ese rincón de casa al que él nunca
pudo volver, con las entrañas hechas fosfatina al igual que el fuselaje del trasto aquel cuando las imágenes que propagan el desquicie del aeropuerto de Kabul remueve todo por dentro. «Estos días el desasosiego es mayor» recalca el padre del sargento Paco Cardona,
uno de los militares españoles que se dejó la vida en el avioncete que
les tenían preparado sus graciosas autoridades en mayo de 2003. De los
102 españoles que no han alcanzado a ver el final de la película, 62 iban el Yakovlev-42.
Embutidos en el uniforme, Eva Jiménez y Feliciano Vega compartían
curro, risas y misiones humanitarias desde que coincidieron. No
tardaron en casarse y durante cinco años iban y venían de Bosnia donde echaron una mano para la reconstrucción de un país devastado. Hicieron todos los viajes juntos menos uno, el de Afganistán, porque Eva disfrutaba de una excedencia tras haber nacido el crío al que el padre dejó con diez meses y se disponía a retomar al alcanzar los quince. La madre apenas durmió esa noche pensando en el reencuentro que nunca se produjo después de que el aparato quedara desperdigado por las montañas de Trebisonda. Ella buscó reconfortarse yendo con los suegros, la cuñada y el niño al cementerio de Burgos en el que dejaban a Feli flores frescas hasta que la investigación sobre el circo de identificaciones realizadas determinó que habían estado dos años llorándole a un señor de Zaragoza.
El resultado se plasmó en que a Trillo le dieron la embajada de
Londres y al secretario general de Política de Defensa, que se lució
pero bien lucido con los afectados, otra en Suecia después de que el
entonces ministro dijera a los familiares en una carta que deberían ir
al psicólogo porque no llevaban bien el duelo. Al contrario que estos,
Federico apenas habrá reparado en las escenas mientras prepara
plácidamente michirones sin haber necesitado tipo alguno de asistencia. Él sabe mejor que nadie que lo suyo no tiene remedio.

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