Entre emociones

Mes y medio atrás completé la travesía más amarga hacia el adiós de la
mujer que me trajo al mundo, horquilla en la que se prevé otra
cabalgada de cientos de kilómetros en cuanto resuene el tintineo del
alumbramiento de la nieta. Es lo que tiene esto nuestro y, si medio
coinciden, ¡uf!
Solo sé que, para su abuela, la niña era una feria. «¡Pero qué alegre es!», repetía al cruzarse novedades, lo cual se producía con cierta asiduidad ya que la chavala nunca dejó de mimarla al tiempo que se abrochaba vocacionalmente a Magisterio. Lo único que perturbaba a mi madre es que cada vez le hablara desde un continente, ella que solo
había ido a Portugal porque queda al lado y ya le parecía una
aventura. La guerra desbarató su mundo de partida y, teniendo a mano
lo que le importaba, se sentía más tranquila. En las postrimerías, la que nos ha arrebatado a tanta gente que resistía en buena lid, le costaba situarla en el mapa y razones tenía para ello. No obstante era tal su fe que siempre remataba el asunto con un «si está es porque le
gusta lo que hace».
En menos no se puede atinar más. El año lo despidió en Sid,
emplazamiento serbio en el que cooperantes procuraban asistencia de
todo tipo, desde legal hasta alimentaria, a jóvenes afganos con
intención de adentrarse en la Europa comunitaria y que en la frontera
croata eran devueltos a palos. Ya ven. El anterior lo pasó en Myanmar
donde compartió historias que dejan huella, entre ellas la de una
criatura adolescente a la que consiguieron que operaran para andar
erguida, cosa que hasta entonces no había logrado. Como vivimos
aquello todos los que anduvimos atentos resulta indescriptible.
Ahí conoció a Ed, que al regreso de Tanzania pasó todo un álbum con
una sola imagen, la de la eco. Como además de risueña es una fiera, no
podía por menos que traer gemelos quienes verán la luz en el hospital
de Montauban junto al cementerio en el que reposan los restos del
republicano Azaña. Me da, don Manuel, que el espíritu aquel se sentirá
reconfortado.

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