El alemán que se rió

Durante un alto me topé con «Death of a ladies man», una peli
canadiense en la que se da cuenta del ansia que le entra a uno por
enmendar comportamientos cuando la vida se escapa. En el duermevela intenté recordar el nombre del cantante con cuyas letras marida el guión y no hubo forma hasta que el desasosiego me impulsó a ir a la leja en busca del trabajo de alguien que suena con asiduidad y allí estaba Leonard Cohen. Qué sudor frío.
Durante el seguimiento del Debate de Política General proyectando
dos realidades paralelas a años luz, efectivamente, la cabeza me giró
hacia el día que en los setenta mi padrino intentó que el sobrino le
describiera el alma de un partido cuyos planteamientos habían captado
su atención. Coronel de aviación, el hermano mayor de mi madre hablaba inglés y se interesaba por los postulados de una formación de centro izquierda, conocedor privilegiado de lo necesario que era salir con orden, ideas nuevas y sentido común de la desgracia experimentada. Mientras asistía con atención a lo acaecido en las Corts lamenté no haber olvidado el espíritu con que gran parte del paisaje humano encaró la salida del túnel en aquella ocasión.
Al presidente de la Generalitat solo le ha faltado jurar por lo más
sagrado que no piensa adelantar elecciones pese a las especulaciones de que a la Moncloa le venía bien el laboratorio. Y cuando ni hemos
salido por completo de la desdicha, para la oposición, antes que
propuestas de reconstrucción, la verdadera máxima es «¡Elecciones,
ya!». El pepé debe utilizar la soflama para asegurarse de que no va a
ser recogida puesto que acaba de gastarse una pasta en que se conozca
al candidato. ¿O es que le sobra el dinero? A ver si es que vamos a
seguir estando por un estilo. Ojo, que al potencial sucesor de Merkel
lo pillaron riéndose durante la visita a las zonas devastadas por la
inundaciones y fue lo único que le faltaba para que en las urnas se
quedara como se ha quedado. Así que pónganle seso a lo que toca y, por
lo que más quieran, no se rían de nosotros.

¿De Cerdeña a Netflix?

Discúlpenme pero la entrada en escena de Puigdemont creo que se veía venir. Para la presidenta del Parlament, Laura Borrás, se trata de una «operación orquestada» por el Estado. Por el español, por supuesto.
Puede ser. No obstante una de las formas más certeras de dinamitar la
mesa de diálogo recién estrenada es lo acaecido en Cerdeña por lo que
el guión visto así sería demasiado rebuscado hasta para Sánchez, hija
mía.
En cambio, quien había perdido un porrón de protagonismo tras
cuatro años con los pies en polvorosa no es otro que el vecino de
Waterloo. Él y la estrategia de su formación por mor de los resultados
en urnas cabales no c0mo las de aquel 1-0. Junto a su guardia de corps, debe haber tenido tanto tiempo para pensar en la residencia belga que igual alguien dejó caer: «dado que el aspecto jurídico de la cuestión puede anidar en un cierto limbo, ¿y si tentamos a lasuerte?». Una irrupción inesperada en la actualidad puede cargar las pilas del independentismo más castizo. Los seriales, queridos, que son una droga y nos tienen alterados los circuitos. Casualmente, horas antes, los partidos del arco afín se dejaron caer en el parlamento exigiendo imponer cuota de catalán, euskera y gallego en Netflix, mientras Esquera condicionó el apoyo a los presupuestos a que, 7,5% de la producción del 30% que nos corresponde en base a una directiva de la UE, esté en la lengua autóctona. Por su parte Òmnium Cultural, de la mano de Jordi Cuxart y de Podemos, el que sea, han previsto para octubre una batida a fin de alcanzar el objetivo. En fin, verde y con asas.
Si «The Crown» arrasó en los Emmys, ¿por qué, ya puestos, no
plantear incluso una indagación en torno a la corona de Carles en la
temporada esta que lleva? Curiosidad, sin duda, despertaría un biopic
sobre la actividad desplegada desde que se ausentó, porque la ejercida
durante la etapa presencial no es fácil integrarla en un género. Igual a Pere Aragonés le parece que tampoco hay que llegar a tanto.

Fábrica de sueños

Tras el estallido de la segunda guerra civil casi consecutiva, Victoria y Debeah huyeron de Liberia donde, cuentan, «debías pasar por encima de cadáveres para ir por comida» y acabaron en el campo de refugiados ghanés de Buduburam. Allí nació Alphonso y, al cumplir los cinco años, les brindaron formar parte de un programa de restablecimiento familiar en Canadá. Se les asignó casa y escuela, en este caso católica. Hizo piña con otros críos pese a que, ni atándole los cordones, fue capaz de mantenerse en pie con patines. Apareció el balón y fue otro cantar.
Pero mientras los amigos entrenaban, él cuidaba a los dos peques
cantándoles y cambiando pañales con el padre en una fábrica empacadora de pollos y Victoria fregando por ahí suelos. Dio igual, siguió y siguió. Desde Vancouver llegó una oferta, los padres no tenían claro que con 14 se fuera a mil kilómetros y fue su promesa de que seguiría con la cabeza sobre los hombros lo que les convenció. No tardó mucho
en convertirse en ciudadano canadiense y debutar con la elástica del país. Ese en el que, apoyado en la buena gestión de la pandemia, a
Trudeau se le ocurrió adelantar tela las elecciones tras haber
prometido que nunca se le ocurriría y no se lo ha comido el tigre de
chiripa entre otras razones porque el rival conservador propugna
propuestas socialmente avanzadas sobre la crisis climática, el colectivo «elegetebeí»… sin olvidar el respaldo al programa de atraer a 1,5 millones de inmigrantes entre hoy y el 2023. Igualito.
A sus veinte años Alphonso Davies cuenta con una Champions. Que me disculpen los culés, pero es del Bayern. Para Muller, «nunca hemos
tenido un jugador como él» y el tal Rummenigge ha puesto el lazo al
afirmar que «no solo fascina a la afición con su forma de jugar, sino por cómo es fuera del campo». De cuento de Navidad, nada de nada; ni
tampoco un milagro de Dios. Son los hombres y mujeres cuando quieren, se ponen manos a la obra y, como resultado, no encuentran
inconveniente alguno en mirarse al espejo.

El dúo Pimpinela

Diez días atrás, el alcalde de Madrid se gustó en una amplia
entrevista con «El país», tanto que acabó anunciando que, de darse las
condiciones, le gustaría presentar la candidatura de la ciudad a los
Juegos Olímpicos. El recorrido obtenido por la proclama «made in
relaxing cup of café con leche» es perfectamente descriptible. La
razón: Ayuso está otra vez aquí.
La respuesta a unas declaraciones aleccionadas desde Génova para
desviar la atención sobre el plan de Miguel Ángel Rodríguez a fin de
agarrar el mango del partido en la capital vino por boca de Esperanza
desde «El Mundo», claro: «En el sector de Almeida hay algunos niñatos
intoxicando con tonterías», lo que obligó al sin par García Egea a
entrar al volapié: «En lo que sí estoy de acuerdo con ella es en que lo que nos destrozó en Madrid fue la corrupción». Da igual reconocer con cierto agrado la suciedad sobre el propio tejado con tal de que las fatiguitas bajen de graduación. Ya, pero ¡qué ha dicho! La brunete
mediática de este lado se lanzó a degüello, con Losantos abriendo
comitiva: «Casado se divorcia del pepé, hoy rendidamente ayusista,
para sobrevivir solo. Iluso». Lo que nadie puede decir de esta batería de plumas es que se ande con chiquitas.
La perturbación se barrunta de tal calibre que poetas de convicciones alejadas a las que se dilucidan como Benjamín Prado son incapaces de resistirse al verso libre: «Pablo Casado tiembla y dice que está bailando». No es el único que lo percibe. Barones regentes en Galicia, Andalucía, Murcia andan temiéndose lo peor. Que la actuación del dúo Pimpinela extreme el medio ambiente y salpique el interior, las instituciones y a la afición. Aprovechando sus contactos periféricos, Ximo Puig también quiso prevenir antes de que curar: «Es bueno que España se refleje como es y es muy diversa, mientras que el centralismo hace mucho daño al desarrollo de todo un país. Yo creo que se ha constatado que fuera de Madrid hay vida, incluso inteligente». No sé. Habría que especificar.

Dolor y gloria

Para pillar ese curro pegando carteles en la Roma de la posguerra la
premisa es contar con bici. Antonio, que está a dos velas, se las ingenia para hacerse con una y, durante el primer día en el tajo, se la mangan. Arranca de este modo la odisea por recuperar el cacharro con pedales que Vittorio de Sica convierte en el clásico que retrata lo crudo que lo pasa un buen puñado de seres aunque no se encuentre asolado por una contienda mundial.
A la hora de zambullirse en los estudios de derecho, García Miralles se aloja en una pensión en la que la dueña, en lugar de carbón, usa madera de la fábrica de ataúdes de la esquina que sube todo un zagal al que la señora recompensa con un par de galletas María. Pasan los cursos, la pensión queda atrás y el pimpollo cree barruntar en el club universitario de Valencia que la dirección cinematográfica es lo suyo. Jamás lo sabremos porque, a la hora de escrutar las líneas jodidas que trazan las desigualdes a nuestro alrededor, descarta rodar y, a no tardar, se tira de cabeza a uno de los primeros despachos laboralistas ubicados cerca de casa con El Pardo y su ojo avizor en lontananza. La biografía que ahora presenta estaba servida.
Sobre todo porque colegas tales como Peces Barba, Pablo Castellanos y Barón lo meten en la rueda y Felipe, versus «Isidoro», no tarda en llamar para pedir que lo recoja en El Altet antes de encargarle que ponga en orden el partido. Y nada, a partir de ahí, otra vida.
Reproches de entrada sí de históricos y una buena andadura hasta
alcanzar la época dorada templando gaitas al frente del cirio que
supone ahormar la nave para que culturas secularmente refractarias
remen en las misma dirección desde Morella a la Vega Baja y viceversa.
Toma neorrealismo, pensaría.
El caso es que puede contarlo. La sobredosis orgánica ha aumentado
las ganas de ir con Renate a estrenos de los que, aún calientes, hace una disección asquerosamente atinada, entrenado de sobra el galán. Una
visión que le lleva a concluir que tampoco el cine está para tirar cohetes.

Qué manera de empeñarse

Justo un año antes del 11-S, Antonio Canales estuvo retenido en el JFK
durante 17 horas. Fue «The New Yorker» quien sostuvo que la
incomunicación entre la “cía” y el “efebeí” resultó determinante para que los cerebros de echar abajo las Torres Gemelas camparan por el país a sus anchas en una prolongada antesala. De ahí que, el que tienen
delante, remachara tras lo ocurrido: «Ha resultado una manera
despiadada de mostrar que la seguridad en los aeropuertos del gran
gendarme del nuevo orden mundial consiste en desnudar bailarines». Lo sé porque tengo ante mi los suplementos que este periódico lanzó tras el brutal impacto. Junto a la cabecera figura «150 pesetas/0,90
euros». Estábamos amoldándonos al nuevo siglo cuando la cara del
horror nos estampó de lleno. El primer articulista por orden de
aparición responde al nombre de Manu Leguineche: «Estados Unidos se paraliza de pronto y no es por la guerra de los mundos con la que Orson Welles espantó a los oyentes. Hay que restregarse los ojos. Es un cortocircuito mundial. En respuesta, no se puede bombardear a lo loco». Pero mientras los transeúntes se alejan por el puente de Brooklyn y «Annie Hall» se nos torna triste, los halcones sobrevuelan la zona y, tras la multivisión proporcionada por el reportero de reporteros, es Henry Kissinger nada menos quien asalta las páginas: «Lo ocurrido debe combatirse con un ataque al sistema que produce estas acciones y destruirlo». En efecto. Veinte años después, a los talibanes y a otros grupos peores que pululan por Afganistán, les entra la risa floja. No solo no se ha acabado con el meollo sino que especialistas versados en el panorama geopolítico coinciden en que las células capaces de cualquier locura se han reproducido hasta límites desconocidos aunque permanezcan algo dormidas por falta de dirección entre otras razones. Con la Guerra Fría no se acabó a golpe de castañazos. Fueron las ideas las que hilvaron con paciencia su labor de zapa hasta que cayó el muro. Cómo no va a seguir hoy el peligro latente.

El mango de la sartén

El gran Lesmes, en su tercera alocución en el acto de apertura de la
cosa tomatosa con el mandato vencido, planteó que ya está bien de
poner en solfa la independencia judicial. Hay que tener cuajo.
Lo único que no entiendo es que todavía haya gente que se dé golpes
de pecho ante el espectáculo al que venimos asistiendo. Ya cuando allá
por 2004 fue sorpresivamente derrotado Mariano ocurrió con el
entresijo en el poder de marras tres cuartos de lo mismo durante la
legislatura que se inauguró. La filosofía progresista de vida salida de las urnas ha gobernado unos cuantos años más que la otra pero el caso es que, en el órgano guapo de sus señorías, ha sido la corriente
conservadora la que ha tenido la sartén por el mango más tiempo de
largo, pero de largo. No lo digo yo, lo señala Toni Servillo, actor de «La gran belleza», «Il divo» y «Gomorra» entre otros títulos: «A la izquierda le cuesta más reconocer al adversario». Y, cuando se parcata, el antagonista está a punto de darle la vuelta a la tortilla.
Puede que la razón estribe en todo lo que se entretienen entre sí
aquellos en los que el intérprete italiano coloca el foco. Sin ir más lejos, Ábalos, que fue uno de los puntales en los intentos de toma de la Bastilla de su señorito, ha dejado caer que no habla con éste desde la mañana de julio en la que, según ciertas fuentes, escuchó un
contundente «sabes que tienes que irte». Lo que tenemos contrastado de sobra es que la derecha consigue mantener prietas las filas por lo
general y que los otros atesoran la extraña virtud de despedazarse en
cuanto se presenta la oportunidad. El exministro y presunto hombre
confianza del jefe asegura no sentirse decepcionado con la decisión del presidente en su día pero está previsto que se convierta en tertuliano del programa de Risto Mejide. Francamente, para estar sosegado…
La temporada 2021-22 ha arrancado y, al observar el tono y el estilo que se gastan quienes están ahí para devolvernos el ánimo perdido en estos meses tan cruentos, solo se me ocurre decir una cosa: ¡Auxilio!

El campo de batalla

Gómez Aparicio, autor de una descomunal historia del periodismo
español, preboste de éste durante el reinado franquista, contó con un
comentario de actualidad en medio del parte en el que sobresalía el
carácter doctrinal del mismo. En las clases de la escuela don Pedro era mucho don Pedro menos en el caso de un alumno que, al ser requerido para la prueba, fue hacia el poseedor de la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, se plantó ante él y blandió una foto en la que se veía a su mujer con ocho churumbeles dentro del intento de pasar sin haber pegado golpe. Tras mirarla, el laureado profesor sentenció con tan característica entonación: «¡Su caso es escandalosamente ejemplar!». Y dado el marcado perfil católico de don Pedro, naturalmente lo aprobó.
«Papel» es una novela compuesta por personajes muy peculiares
también ellos que describe el delicado momento por el que atraviesa la
prensa tradicional, esa en la que se mataba por una primicia y por
llegar antes al quiosco consciente de que no había otro modo de vender
más y que ahora pelea por lo mismo sin apenas moverse del sitio a la
espera de que la legión de visitantes que transita por la red tenga a
bien dejar sus credenciales. Quienes se han visto forzados a abandonar
el oficio en esta reconversión se debaten entre el sangrado y la
desesperanza por algo que no resulta fácil dejar atrás cuando se ha
disfrutado de los años de esplendor. Que el relato esté escrito por un
crítico musical como Ruiz Mantilla invita al optimismo porque ponerle
música a un proceso de esta índole tiene bemoles. La prueba es que ha
muerto hasta Lou Grant.
El de la foto, que culminó los sesenta ampliándola con el noveno
vástago, curraba con dos colegas inseparables. A uno de ellos se le
juntaron tres estrenos, rogó que hicieran el de Robert Aldrich y la
pareja que debía desempeñar el encargo replicó: «Y ese, ¿quién es?».
Cuando salió la reseña, el dúo arrancaba así: «Esperábamos más de
Robert Aldrich». Fíjense si, por aquel entonces, el invento era imbatible.