La estela que perdura

No, no pude ir al camposanto donde reposa desde julio y tampoco es que haya hecho falta para tenerla presente al despertarme o bien entrada la noche, en los paseos junto al mar o al ir a llamarla como
habitualmente y dar un respingo poco antes de marcar. Aún sin poder
cogerlo, está. Y tanto que está.
Pervive en la elección de Jonás Trueba, de los Trueba de Billy
Wilder de toda la vida, al considerar a Barbara Stanwyck su
predilecta. En opinión de todos los que la conocieron, mi madre era
clavadita a la actriz nacida en Brooklyn a principios del XX. En el
repaso de fotos con la estética formal de los años cuarenta uno
advierte en la expresión de quienes la acompañan que, al fijar su
mirada en aquella risueña joven recién salida quizá de echar horas en
el departamento de García Vinuesa, parecen preguntarse qué hace ella
aquí si se ha puesto en marcha «Perdición» por las colinas de
Hollywood. Antes de convertirse en un clásico muchos planos afrontaron por esa época su buena peripecia en una casa que mezclaba la arquitectura española con el art decó y en la que Fred MacMurray y
Eduarg G. Robinson dieron la réplica bajo la atenta mirada de
vigilantes a los que hubo que contratar porque en el todopoderoso
gigante tampoco se libraron del racionamiento ni de algún que otro
intento de robo.
Para el realizador de «Todas las canciones hablan de mí» su
intérprete favorita «es casi un género en sí misma». No sospechaba que
conociera hasta tal extremo a la señora Eloisa, con ese manejo de un
compendio de suertes que la llevó como a tantas otras a ser capaz de
hacerse a treinta años de viudedad tras más de cuarenta con su Paco.
Recordándola me dispuse a ver «Belle Époque» no solo por el racimo de
emociones que transmite, sino porque el director comentó en su día que el rodaje resultó de lo más «armónico» en línea con la atmósfera que una de las Stanwych –la que mejor conozco– se hartó de propiciar en sus dominios sin darse importancia de ningún tipo. Bárbara, ya les
digo.

Deja un comentario