Sobre ocho años atrás un párroco de Monforte del Cid se negó a que una niña con discapacidad realizara la catequesis e hiciese la comunión y el Obispado de Orihuela-Alicante lo respaldó bajo el argumento de que lo sucedido «responde a una disposición que requiere que los niños
comprendan el sentido del sacramento». Cualquiera que vaya al
Evangelio según San Mateo 18, 1-4 se encontrará con la siguiente
escena: «Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle quién es
allá el más grande; Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y
dijo si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el
Reino de los Cielos». Es lo que tiene estar al frente de una
organización que, en cuanto bajas la guardia, no hay Dios que valga.
En otra localidad, un pastor de la palabra del Creador le negó a un
homosexual ser padrino en el bautizo de su sobrino por «vivir en
pecado» y el hecho de que el afectado se declarara católico no levantó
el «aparjei». No muy lejos en el mapa del episodio anterior ni que decir tiene que un cura se negó a bautizar al hijo de dos divorciados al considerar que no eran «garantes de la fe». Nadie puede dudar, por
tanto, que la institución eclesiástica se rige por unas normas. Las
mismas que posibilitan acoger misas por el alma del Caudillo porque, a
diferencia de la cría de Monforte, aquí sí que todos los participantes
tienen claro el sentido del sacramento y que la bendición de la Iglesia nunca les falta.
Tales preceptos han puesto en un brete al presidente del pepé por
entrar en una ceremonia en recuerdo del difunto 20N al que la Iglesia
permite que se rece en sus dominios puesto que debe considerarlo todo
un garante de la fe y de la que el amigo de Cayetana y de la lideresa
no se ausentó y mucho menos denunció ni condenó con posterioridad tras haberse topado sin saberlo, según el partido, con un acto de
exaltación a quien rigió el destino del país, mínimo de forma
antidemocrática. Ha sido un gran ejemplo. La moderación de Casado, que es superior a sus fuerzas.