Feliz año deslustrado

Las filas de coches se han vuelto medio locas intentando meter el
morro en un hueco. Hay colas de adultos dando la vuelta a la manzana
en posición de espera hasta lograr pasar. No se trata de ninguna
discoteca sino de la casa de salud cuyos intestinos siguen
desbordados. La fiesta continúa. Alguien se pregunta en voz alta si
con la dosis de refuerzo es conveniente solicitar una de
apuntalamiento. Nadie se atreve a concluir que se trate de una coña.
Lo natural de esta Nochevieja es que se olvidase uno de las uvas. Y
del menú. Hasta el último instante hay quiebros y requiebros. Nadie
sabe exactamente bien a qué carta quedarse. Quienes han quedado
pillados sin poder escapar de las cuatro paredes se multiplican con lo
que el cerco aumenta. Por una u otra cuestión los momentos de quietud
vienen en tu busca y aprovecho para dedicar el sosiego a la mujer que
me trajo al mundo del que hace un suspiro se separó para los restos.
Duele. La sensación de descolgar y no poder volver a escuhar su voz
plácida es una buena faena. Echo mano del «My sweet Lord» con el que
rememorar las mañanas aquellas en las que la tarareaba con su hijo
adolescente en medio de un lujo de sol entrando por la ventana en
pleno invierno. Recordar ciertas estampas alivia tragos de este tenor.
Vuelvo desorientado al presente, rodeado de previsiones diluidas en un
mar de dudas. No surge plan alguno que dure. La familia ha quedado
troceada a la espera de tiempos mejores mientras los amigos han puesto pies en polvorosa, cada uno en una dirección a cientos de kilómetros. Cumplo con el ritual de mandarles calorcito, que tampoco está el patio para propasarse en deseos. Con agarrar lo imprescindible y mantener el tipo vas que chuta. Incluso brindar da no sé qué y bailar no digamos. Acomodarse en el sofá es un triunfo y, enchufarse en el tránsito al nuevo año «Qué bello es vivir», una heroicidad cuando el verdadero deleite consiste en contemplar ese modo que tiene de quedarse frita como una noche cualquiera. Qué más dará si nadie entiende nada.

Ese arte tan particular

Me sumerjo en el alma napolitana de la mano de Sorrentino. Dentro del mismo se entrecruzan los avatares de una gran familia radiantemente descompuesta con la llegada del D1oS nacido en Cebollitas dando como resultado una explosión de vidas trastornadas que se hacen con el Scudetto. Los acostumbrados perdedores digieren a su modo la inesperada metamorfosis y el cineasta se abre en canal para dejar salir una ínfima parte de la fascinación y el sufrimiento que le
acompañan desde entonces. En «La vida era eso», una pequeñita peli en
cartel del novel Martín de los Santos, la protagonista hace un viaje
hacia los poblados del sur almeriense en el que lo que se refleja es el abandono y decrepitud se diría que anclados en la posguerra lo cual, por mucho que el guión lo demande que es muy posible, puede
trasladar la imagen de un país que no se corresponde con el que es.
Los italianos, en cambio, venden la moda, las pizzas, la miseria y la
mafia con ese sello embriagador que las vuelve irresistibles. Es la
industria hecha con arte, amigos.
El donostiarra autor de «Patria», residente en Hannover, se hacía
eco de que los escritores españoles se han caído de las librerías en el exterior: «Ni Javier Marías ni Carlos Ruiz Zafón ni Rafael Chirbes
ni siquiera la figura emblemática de Tusquets que es Almudena Grandes donde los demás aportamos títulos con mayor o menor fortuna, nadie». Al hincarle el diente al porqué esto, que no fue siempre así, es lo que marca el panorama Aramburu desliza: «Acaso, me digo, España sea torpe a la hora de promocionar sus mitos fuera o está como de costumbre demasiado ocupada consigo misma y con sus viejos pleitos vecinales». Es superior a nuestras fuerzas. Y si el narrador apuesta por la «tercera vía» contra ese ahogo entonces prefiere salir pitando a Londres como Chaves Nogales con tal de que no se lo carguen entre ambos bandos. Quizá por ello han renunciado a colgarnos por ahí tanto en escaparates como en estanterías. Habrán dicho: pero si no hacen más que estar expuestos.

El mundillo gira que gira

Estamos en las últimas fechas del año y esto sigue agitado. En el
momento en que redacto, Antonio Resines permanece ingresado por covid. El trance ha coincidido con el lanzamiento previo de la serie
«Sentimos las molestias» en la que comparte protagonismo con Rellán,
una historia al parecer sobre amistad, relaciones sentimentales, las
fatiguitas de hacerse mayor en un universo trepidantemente joven y el
riesgo de no encontrar acomodo ni por el forro. Se trata de una
comedia, así que imagínense cómo vienen los dramas.
Menos mal que anda suelto García Egea para cubrir el hueco del
popular actor ya que en una reciente actuación ante un público adicto
deja dicho: «Me comprometo a que todas las elecciones que se convoquen a partir de ahora las gane el pepé». Con esta formulación el ariete de la formación aspirante no hace más que meter el dedo en la llaga del Cholo. El escudero del sin par Casado televisa que a él lo del
«partido a partido» se la refanfinfla. Que no está el percal para
ponerse tiquismiquis con Ayuso en modo Benzema, tan imperial la señora dentro del juego que practica. Así que nada, esperemos por Dios que Resines vuelva lo antes posible.
Hablando de política me ha chirriado ver que el Barça debe tener
medio fichado ya a un jugador del City por unos 55 millones antes de
aliviar su masa salarial que estresa al más pintado y con una deuda
acumulada que da grima. Seguro que se hallarán fórmulas para hacer
cabriolas con el fair play financiero. Aunque cuando estoy intentando
desentrañar el misterio me topo con que Ferran Martínez, el ínclito,
vive un idilio con la hija de Luis Enrique. ¡Ah ! Si esa es la razón no hay más que hablar. Hablamos de otra liga. Es como lo de Toni Cantó que ha presentado en sociedad a su nueva novia. Reviso el vídeo del cierre de campaña en Valencia ante Rivera y Arrimadas donde le dedica la intervención a su pareja y yo diría que es la misma. Aunque, claro, se trata de quien se trata y aquello de «7 vidas», otra cosa no, pero un pelín corto se le queda.

Lo único cristalino

Flipé con la entrada del emérito al palco del recinto deportivo,
poseedor de un aspecto difícil de imaginar: se le veía más en forma
que a Rafa Nadal, sensación que los resultados se encargaron de
confirmar.
Ni cachava ni ayuda de ningún tipo al contrario de cuando pisaba
territorio aborigen y ataviado con un terno primaveral, otra de las
ventajas de residir en Oriente que es de donde antes partían por estas
fechas los reyes pero en este caso, con tanto cortejo a sus espaldas, no sabemos de qué remanente dispone tras todo lo que ha repartido ya. Si debe encontrarse en forma que, según ha publicado el colega de esta
tierra Manuel Cerdán, no solo se arrepiente de la huida sino hasta de
haber abdicado. Pero, por Dios, ¿qué vacuna es la que le han
suministrado a su majestad? ¿No hay forma de que nos pongan una toma de esa al menos? Es que perder el sentido de la realidad tal como se presenta el puñetero no está pagado con nada.
La prueba de la diferencia sideral entre la realeza y el resto
del paisanaje es que a nosotros, para disputar el partido que no acaba
nunca contra el bicho, nos han colocado el mismo día del sorteo la
conferencia de la Moncloa con el ramillete casi completo de barandas
autonómicos a fin de estudiar qué decidir con los «passing shot» que nos siguen entrando, después de que la reina del chotis recalcase lo
autosuficientes que se sienten y de que el gobierno catalán se haya
puesto sorprendentemente estricto dada su forma secular de actuar. Lo
único cristalino, pues, es que en esta ocasión aumenta la dificultad de que nos toque la lotería.
Con que caiga en nuestras manos un test de antígenos nos
conformamos y eso que su fiabilidad se halla al parecer en entredicho.
Pero la gente se ha vuelto loca con razón y ha agotado existencias. La
verdad es que vuelves a ver asomarse a Miguel Bosé por la pantalla y
todo lo que te arrimes al cuerpo parece poco. Qué tiempos aquellos en
que lo que se buscaba era besugo. Y hoy, sin siquiera pensar en
comprarlo, acabas de espinas hasta el moño.

¡Oh, cielos, Nochebuena!

Ya estamos otra vez. Un año atrás, la decisión en torno a qué hacer
con la cena de Nochebuena fue tortuosa. El campamento base no estaba
por la labor de juntarse con nadie, pero el resto de tropa familiar dio por hecho que nos reuniríamos. El debate se tornó desabrido en
ocasiones por lo que, en vista de la cara que se nos estaba quedando,
acabamos por claudicar. Tras darle vueltas ideamos colocar tres mesas
en el salón para mantener la distancia, con la ventana abierta. La
discusión cómo no vuelve a estar sobre la mesa. Francamente no sé por
qué se le sigue llamando celebrar la Navidad a esto. Quizá habría que
plantearse revisarlo.
No hace falta que les diga que los contagios andan disparados, van que chutan. La diferencia con respecto a la cita precedente es que
entonces hubo directrices concretas mientras que a día de hoy todo es
mucho más volátil. Así que, para no defraudar a la consiguiente comida
de coco, me he puesto a rebuscar en lo que resulta aconsejable tal
como está el patio y, en ausencia de providencias de nuestras
autoridades más allá de pedirle al cuñado el pasaporte cuando venga,
he dado con las recomendaciones extraídas de un modelo matemático
desarrollado por la universidad de Massachusetts. No es broma.
A pesar de que el riesgo cero no existe, las conclusiones señalan que resultaría bajo si en un salón de veinte metros cuadrados por situarnos nos juntamos diez comensales, ocho de ellos vacunados y un infectado, siempre que dejemos las ventanas y las puertas abiertas para que haya ventilación cruzada y que los congregados lleven mascarilla puesta de forma permanente. Según estos cálculos podríamos permanecer cuatro horas reunidos sin mayor problema. Al tener que despejar la boca para engullir al menos, el tiempo de estancia carente de amenaza disminuiría algo pero, en caso de no oxigenar aquello, todo lo que suponga prolongar el encuentro completo más allá de 25 minutos sería, ojo, de alto riesgo. Como para recrearse en el «A Belén pastores, a Belén chiquillos».

La ternura desprotegida

Son dos escenas inolvidables. Una, en «La vida alegre», aquella en la
que Verónica Forqué va en el coche conducido por su marido Antonio
Resines y con la suegra de este, Gloria Muñoz, en el asiento trasero.
La otra, el final de «Primera plana» cuando, después de tramar
inifinidad de historias para que el reportero no deje la redacción por
un casorio, Walter Matthau le hace un regalo a Jack Lemmon y, nada más despedirse, el menda del director se dirige al de la cabina de control de la estación preguntándole dónde hace la primera parada el tren de Filadelfia y le exhorta a que envíe un telegrama al jefe de policí para que detenga a un pasajero llamado Hildi Johnson: «Ese granuja me
ha robado el reloj».
Colomo da cuerda al regocijo con un zapato suelto que el conductor,
tras pasar en esos asientos una noche movidita, se deshace de él por
la ventanilla hasta que la madre de su mujer inquiere: «¿Habéis visto
mi..?». El de la doctora comprometida fue su primer papel protagonista
que le reportó un Goya a esta actriz entrañable, transmisora de buen
rollo al estilo del periodista enamorado o de Shirley MacLaine, ambos
llenos de ternura en «El apartamento».
Todo ese encanto se ha medio descompuesto con la sobreexposición a
la que se sometió una mujer que según ella misma no estaba para muchos trotes y que tuvo que verse reflejada en el espejo al igual que le
ocurre a otro de esos programitas que, en su frenesí por la audiencia,
no distingue. Pero aquí dentro cada uno rueda su película. Esa que, al
hilo de una frase del biólogo Jerry Cione, según la cual «nunca
pudimos tomar una decisión distinta a la que tomamos», volvió a
recordarlo el neurocientífico Carlos Belmonte: «Es tu cerebro el que
decide. La libertad son todas las posibilidades que ha evaluado antes
de tomar su decisión. Otra libertad, al margen de tu cerebro y del
estado concreto del mundo en el momento de tomar una decisión, esa
libertad en la que comúnmente piensa la gente, no existe». Y,
lastimosamente, es cuando a veces se apaga la luz.

Vicio por El Nano

Lo tenía todo bien calculado. Plantarme en el cortinglés en cuanto
abriera y hacerme con las entradas de Serrat que a esa hora salían a la venta para los conciertos previstos. Objetivo: sillas en la primera fila. Ignoro cómo se me habían adelantado unos cuantos, salvo que hubiesen dormido dentro. Pronto la realidad nos despertó de un
plumazo: el sistema ha colapsado.
Enseguida pensé en las mafias de la reventa, resulta inevitable. El
atento personal asegura que nanay, que antes sí pero que la limitación
en el número de adquisiciones lo evita. Tras una hora de pie elocubro
acerca de que fijo que existen grupos parainformáticos que se
distribuyen el territorio y que con su dominio de la cosa tomatosa
controlan lo mollar, tan virtuales ellos. Insisten en que no, que esto es normal y que, en cuanto aparece por medio el elenco de indiscutibles que va desde Nadal hasta los Stones, es la leche. Y tanto porque me vuelvo a casa, enciendo el chisme, me conecto, consigo acceder tras unos cuantos intentos y es entonces cuando va el operador que me suelta: «Estás en una cola de espera, te encuentras en la posición 27556». Por lo menos es precioso para el sorteo del próximo 22… ¡Qué número, Dios mío! Y yo pensando en decirle adió desde un lugar privilegiado. Seré imbécil.
Lo que es el marketing. Ha sido propagar durante cuatro días que se
retira de los escenarios y montarse la mundial. Hay ciudades que se
plantean duplicar cita. A este paso, y con localidades que oscila entre los 40 y los 100 euros, la verdad es que vamos a dejar al Nano
bien «apañao». No es poco lo que él nos ha proporcionado: le dio alas a don Antonio Machado; restituyó a Miguel en el nombre de la elegía y la dignidad; cubrió de lazos los puentes con Latinoamérica; alzó la voz contra los intolerantes; te susurró al oído junto a la mujer de tu vida y, de remate, ha podido con el sistema. Ahora bien, como se le ocurra promover otra gira después de esta, va a ir a verlo la madre que lo parió… y yo.

La silueta encendida

Nunca creí en el infierno y mira que no pocos predicadores de la época
se empeñaban en ponernos los pelos de punta. Sin saber exactamente aún qué pensaba alrededor de la existencia de Dios, me costaba lo mío
admitir que quien ideó que pudiera brotar un parque con las hechuras
del que íbamos cogidos de la mano de los padres a echarle de comer a
los patos mientras se nos filtraba hasta más allá de los pulmones el olor a azahar recién florecido fuera el mismo que había puesto en marcha una extensión descomunal para el castigo eterno. No sé, resultaba muy retorcido.
Y aunque conforme queda atrás la infancia y vas dándote cuenta de
que el abismo nos lo procuramos entre nosotros es difícil despegarse de aquella imagen con la que se nos circuncidó a base de homilía y fuego, que sin embargo es lo más parecido a lo que hoy tenemos ahí delante con ríos de lava que dan al océano sepultando todo lo que encuentran a su paso. Son muy pocos los que se sienten capaces de prepararse para afrontar el momento final, pero para lo que nadie lo está es para el entierro de todo lo que has ido construyendo y tener que permanecer impasible delante con las manos en los bolsillos. Más diabólico parece complicado.
Se me ha colado esto en un resquicio del cerebro ahora que nos
esforzamos por dejar la habitación de los nietos niquelada a pocos días de que hagan su entrada inaugural desde el extranjero con apenas tres meses en este mundo, por acondicionar la estancia con fotos de la madre de los gemelos rodeada de los peluches que les aguardan sobre el edredón para darles la bienvenida, por poner remedio a los cierres
para que no pueda colarse ni una brizna de tiempo pelín desapacible.
Qué más les dará los ventanales a quienes, atiborrados de sacudidas en
la isla de las pesadillas, ven cómo el horno se mantiene encendido sin
saber en qué hora se detendrá, las lluvias forman un «mar de vapor»
sobre el volcán, el paisaje se transfigura y las sobremesas compartidas en casa han quedado hechas cenizas. ¡Qué vida esta!