Ya estamos otra vez. Un año atrás, la decisión en torno a qué hacer
con la cena de Nochebuena fue tortuosa. El campamento base no estaba
por la labor de juntarse con nadie, pero el resto de tropa familiar dio por hecho que nos reuniríamos. El debate se tornó desabrido en
ocasiones por lo que, en vista de la cara que se nos estaba quedando,
acabamos por claudicar. Tras darle vueltas ideamos colocar tres mesas
en el salón para mantener la distancia, con la ventana abierta. La
discusión cómo no vuelve a estar sobre la mesa. Francamente no sé por
qué se le sigue llamando celebrar la Navidad a esto. Quizá habría que
plantearse revisarlo.
No hace falta que les diga que los contagios andan disparados, van que chutan. La diferencia con respecto a la cita precedente es que
entonces hubo directrices concretas mientras que a día de hoy todo es
mucho más volátil. Así que, para no defraudar a la consiguiente comida
de coco, me he puesto a rebuscar en lo que resulta aconsejable tal
como está el patio y, en ausencia de providencias de nuestras
autoridades más allá de pedirle al cuñado el pasaporte cuando venga,
he dado con las recomendaciones extraídas de un modelo matemático
desarrollado por la universidad de Massachusetts. No es broma.
A pesar de que el riesgo cero no existe, las conclusiones señalan que resultaría bajo si en un salón de veinte metros cuadrados por situarnos nos juntamos diez comensales, ocho de ellos vacunados y un infectado, siempre que dejemos las ventanas y las puertas abiertas para que haya ventilación cruzada y que los congregados lleven mascarilla puesta de forma permanente. Según estos cálculos podríamos permanecer cuatro horas reunidos sin mayor problema. Al tener que despejar la boca para engullir al menos, el tiempo de estancia carente de amenaza disminuiría algo pero, en caso de no oxigenar aquello, todo lo que suponga prolongar el encuentro completo más allá de 25 minutos sería, ojo, de alto riesgo. Como para recrearse en el «A Belén pastores, a Belén chiquillos».