Hasta el perro se distancia

Después de toda su vida defendiendo lo contrario, «The Times» ha
admitido que gracias a las medidas de protección adoptadas en Atenas
ahora se dan las circunstancias para que los frisos del Partenón
retornen a la Acrópolis. El Museo Británico se opone lógicamente y
Boris Johnson ni les cuento; a lo bestia, claro. Pues bien, no hace
tanto salió a la luz la carta que siendo alcalde de Londres envió a un
mandamás heleno en puertas de recibir una delegación británica la
llama olímpica donde confiesa que esos mármoles jamás debieron salir
de Grecia. Como para sorprenderse.
Nadie da un penique por el «premier», los analistas apuntan a que
los «tories» se disponen a torpedearlo con el indisimulo habitual
cuando alguien les sobra ya que la última encuesta avisa de que el
ínclito anda por debajo de Theresa May dos minutos antes de dimitir,
pero él no está por la labor de entregar la cuchara y se ha puesto en
marcha para dejar patente el tipo de récordman superviviente al que
desafían. La penúltima imagen que se ha trasladado de su figura a la
opinión pública ha sido una por St James Park sacando a pasear a Dilyn
con una pinta que ni Paquirrín en sus días de gloria por lo que no
puede saberse si el perro corre de ese modo por gusto o para no tener
que verlo.
Así que el equipo médico habitual ha diseñado una campaña para
salvarle el culo llamada «Operación Carne Roja». El ministro Garzón se lo ha puesto en bandeja a los asesores aunque, dado el ritmo de visitas a granjas que lleva, Casado aspira a la autoría. La caña que se prepara engloba poner de patitas en la calle al secretario privado del correo invitando al centenar de andobas a traerse la botella al «party»; asfixiar el gaznate de la más que tendenciosa «bibicí», una bellaca; anunciar el fin de las restricciones por la covid lo antes posible, este mismo mes, que la cosa acucia y, de remate, enviar al Canal de la Mancha buques de la Royal Navy a reforzar el control de la inmigración ilegal. ¿Sin más? No vayamos a flaquear, Boris.

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