A Paul Mason, periodista y ensayista británico que pasó por la bicicí
y ahora se asoma desde «The Guardian», el Foreign Office le instó un
día antes de la invasión a que saliera pitando de Ucrania y a su
regreso ha advertido que «Putin utiliza los corredores humanitarios
para trolear Occidente». Nos tienes contentos, Vladimir. Y, a los
agredidos, qué les voy a contar. Tanto que han formado una legión de
hackers voluntarios enchándole un pulso a la órbita del Kremlin con
una tormenta de ciberataques. Lo cierto es que estaban ya hasta el
moño porque en los últimos años han sufrido más de cinco mil desde
Rusia y, dado que hoy con los sacos terreros no da, a distintos canales y servidores de sus agresores los piratas informáticos los llevan fritos.
Con vista a los desplazados, el departamento correspondiente
designó Barcelona, Pozuelo de Alarcón y la Ciudad de la Luz como
centros de recepción tras ceder las instalaciones la Generalitat. Esta
última habrá de esperar; hay que adecuarla. Tampoco va a extrañarnos
cuando quienes la impulsaron se mostraron incapaces de propulsar unos estudios de cine y televisón que, de pilotarse con maña y cabeza,
podrían haberse convertido en referencia hasta irradiar y atraer otras
disciplinas convirtiéndose en polo de atracción en vez del juguete roto al que no ha quedado otra que buscarle las salidas que se ha podido.
Sin comparación posible, lo dramático es esto que se nos ha venido encima y que ha llevado a que Europa inicie en Versalles un rearme por cómo está el patio. Indigna la inhumanidad y el cinismo de los que han preparado un plató de semejante género al tiempo que zarandea un inmenso dolor por las muertes, el destrozo, la diáspora y sobrecoge, por qué no decirlo, la impresionante muestra de solidaridad levantada a nuestro alrededor. Es dar un paso y ha surgido otra. Y otra con gente de toda clase y condición que, activada, allá que va al toparse en el horizonte con ese reclamo que es un destello de lo más desgarrador entre tantos como se amontonan dentro de la programación. En este caso, el de Mariúpol «mon amour».