Aún cuando debían ayudarlo para subir al coche, aún cuando las cuerdas vocales no pensaban volver por sus registros, aún cuando las fuerzas iban abandonándolo quiso desplazarse digamos que hasta el penúltimo día a su puesto de comandante en jefe para verse al frente del barco agarrándose con fuerza al ansiado anhelo de sortear el temporal desatado en sus adentros.
Acostumbrado a organizar necesitaba tener a mano los puntos en
los que iba a apoyarse, por lo que en cuanto supo del diganóstico lo
puso en conocimiento de su círculo más cercano. No quería que nadie se despistara, precisaba del calorcito. En los inicios del tratamiento,
los mensajes se estabilizaron en torno a «poco a poco; días mejores,
días …». Así, con más o menos ganas, no dejaba de atender ninguna de
las misivas. En una de ellas, en la que confesó que «podría estar mejor, pero también mucho peor», aproveché la circunstancia de que estuviese leyendo a Eduardo Mendoza para sugerirle que viera la última de Cesc Gay, consciente de que entre unas cosas y otras se habría interrumpido la costumbre de ir con los suyos una tarde al cine. Al cabo de pocas horas ya la había visto sin dejar de poner que «ha sido
la mejor hora y media en mucho tiempo», convirtiéndose de ese modo en unas de las mayores satisfacciones que uno ha podido llevarse a la
boca en este par de años de estrépito.
Juan Antonio Gisbert se va tras haberse cimentado una leyenda
como gestor de primera porque ni sus contrarios la ponen en duda.
Ahora bien, no habría que descartar que todo ese desempeño hubiese
sido en el fondo una excusa para poder entregarse con toda su alma sin
que nadie pudiera decirle ni mu a los Moros y Cristianos de Alcoy
desde su Filà Judios. Pese a ocupar cargos de primer rango siempre
buscó pasar lo más desapercibido posible, pero si sintonizan YouTube
ahí lo encontrarán en formación con la escuadra y la Santa Bárbara a
los acordes de «Éxodo». Como el suyo, de los que dejan poso.