Estrellas sueltas

El actor elegido en Cannes para una masterclass, tal como la llamó de coña el invitado, fue Javier Bardem. Repasó vida y obra ante un público entregado: «Mojarme es como tener ojos y el pelo castaño, aunque me haga sumar enemigos. Pero te hace crecer». Jo, así ha crecido. Hasta el punto de compartir con el auditorio la secuencia del primer escarceo con Penélope: «Nos empezamos a besar porque lo pedía el guión y nadie nos decía que paráramos. Cuando nos dimos cuenta estábamos solos, el equipo se había ido… Luego, al casarnos, Woody nos envió la grabación como regalo de bodas». Fijo que pensando en Farrow, como si lo viera.
Solo una peli optaba a la Palma de Oro, sesenta años después de que Buñuel la ganase con «Viridiana», la única que lo ha conseguido. España es un país de nadales, gasoles, ramones y cajal…pero infinitamente menos de proteger a una industria en la que brotan estrellas sueltas, de apostar por la ciencia y la investigación como Dios manda e incluso de evitar hacerse la picha un lío con la trascendencia de la filosofía. Se ha avanzado en la mayoría de terrenos -estaría bueno- pero, además de lo reseñado, cuesta un mundo consolidar una red protectora de los perfiles de población que la precisan para respirar tal como ocurre en horizontes cercanos. Quizá algo tenga que ver el que las leyes educativas no deriven en un Far West.
Resulta instructivo seguir a Emilio Lledó ante la diatriba de que si quien manipula la educación puede manipular la sociedad: «Hay grupos intelectuales y religiosos que intentan dominar la educación, porque es dominar su futuro, sobre todo si es un futuro de insensatos, de indecentes, de gente a la que solo le interesa el dominio económico, aunque se arruine la mente. La influencia de esos intereses es muy grave porque no están sustentados en la libertad». Salvo en la Comunidad de Madrid, profesor, que es donde la fabrican.

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