Vía crucis a la lonja

Da miedo la bolsa. La de Nueva York ni pajolera idea, pero la de aquí tiene un «tocao». Salgo a hacerla. La lista es menguante producto de un cónclave en el que los participantes se comen cualquier atisbo de caprichito porque aún quedándose en lo sustancial tiene tomate. Ya estoy ante el desafío y, para empezar, falta aceite. Me sitúo frente a los envases. Miro, vuelvo a mirar, comparo mentalmente con los precios del arranque de año y me quedo ensimismado. Ignoro si dará para regar la tostada o habrá que conformarse con acompañarla oliéndolo. Porque esnifarlo, tampoco.
No hace falta recalcar que lo básico se encuentra por las nubes. Ya digo: de entrada, antojitos ni pensarlo bajo amenaza de conflicto serio. Ocurre como con la cumbre de la otán, que es muy complicado satanizarla en medio del horror ucraniano y con dos de los países nórdicos más suyos llamando a la puerta para que les dejen entrar. Cierro la del coche y, nada más encender el contacto, el circuito avisa de que el depósito quiere la golosina. Dudo entre arrancar o entregarme. Enchufo la manguera de 95 y constato que el que ha ensanchado es el buga. No sabía que su estómago pudiese engullir tanta pasta.
Vuelvo tras la excursión y preparo una ensalada. Nunca me ha gustado el verde pero desde hace un tiempo me he aficionado a un compuesto a base de rúcula con parmesano sobre el que esparcir pasas, pipas de girasol, tomate cherry o manzana, bien regado con aceite y vinagre de Módena. Prefiero no decirles en qué ha quedado el invento, es muy triste. Al primer bocado lo acompaña el diagnóstico de un entendido sobre el avance de la viruela del mono: «Vamos a un escenario en el que van a registrarse casos en muchos sitios durante tiempo. Ya existen múltiples cadenas de contagio activas. El colectivo con un enorme riesgo es el de las personas que tienen una vida sexual trepidante». Menos mal. Al fin algo tranquilizador.

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