Cerca de cuarenta provincias han entrado en alerta por la ola que nos invade. No es que esté pegando en las zonas tradicionales es que en Burgos, Zaragoza y Lleida se asan. Para dar moral, el portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología se ha preguntado en voz alta «¿quién nos puede decir que en un pico cálido esta década o la siguiente no podamos llegar a los 50 grados?». Y tampoco va quedar el resquicio de poner pies hacia el Ártico porque las temperaturas aumentan cuatro veces más rápida que en el resto del planeta. El sur patrio se ha revuelto y tuiteros de todos los rincones se pelean por la autoría de un mensaje de los que marcan territorio: «Cuando los 40º eran solo en Andalucía, lo de no poder trabajar se traducía en vagancia. Ahora es estrés térmico. No me toques los cojones, Mariloli».
Rubén del Campo, el de la agencia antes citada, abunda en que el principal impulsor de estos ardores es la emisión de gases invernadero debido a las actividades humanas, «algo que ya no se pone en duda». Debe ser la calorina porque aquí no hay aserto en cualquier terreno que no se cuestione y el listado va desde Bosé a Miguel Ángel Rodríguez en su afán por fabricar compuestos que transmutan la realidad más notoria incluida hasta el sentido natural de las becas pasando por Abascal para llegar a Olona que a estas alturas ya no sabrá a qué vino al mundo o si es que se enclava donde el señorito diga.
Por si fuera poco, para enturbiar más aún los ciclos medioambientales contamos con Villarejo. Ana Pastor admite que no debieron dar lo que tiene sofocándose a Ferreras, algo que mucho ha tardado al ir de la mano con Inda. En semejante clima asistimos al primer debate del Estado de la Nación en siete años, con la quemazón de Sánchez de tonalidad Bonilla y el asedio feijoniano articulado en la previa por González Pons al exudar que el gobierno es incluso peor que el de Zapatero. Por si no han caído, en cuanto pasen vacaciones todo quisque entrará de nuevo en campaña. ¡Uff! Como para refrescarse.