En octubre de 2018 estuve en Flushing Meadows. El complejo es la pera y la pista central, capaz de albergar a veinticinco mil espectadores, turbadora. Un mes antes, Djokovic y Osaka se habían hecho con el torneo, esta derrotando con cierta suficiencia a Serena Williams. Lógicamente cuando fui no quedaba nadie. De modo que la presente edición me la he tomado como una forma de completar la visita y acudo a las jornadas de mañana, tarde y madrugada. Mis ojos están contentos.
Los partidos estelares a priori son los de los nuestros por lo que el primer padecimiento llegó con las derrotas de sendas jugadoras que relucen en el escalafón y a las que les cuesta Dios y ayuda mantener la regularidad que la clase de la que disponen demanda. Alertado por ese tipo de citas que uno no debe perderse tomé asiento ante el que podía convertirse en el último capítulo de ese vendaval de mujer que es Serena y quedé prendado por el comportamiento de la chavala australiana que tuvo enfrente, capaz de sobreponerse al ambientazo unánime a favor de la gran diva. Al final la preeminencia y el homenaje fueron para la derrotada, mientras la vencedora permaneció recogida en su banco asistiendo como un espectador más al subsiguiente tributo. No recuerdo ni su nombre, pero soy muy fan suyo. Al menos confío en que sea australiana.
De serlo, un compatriota, Kyrgios, está ganándome. Primero porque juega tela, después porque tiene un estilo muy distraído y, finalmente, porque debe ser uno de los pocos que cuando lleva un rato tranquilo se descentra. Necesita dar una buena bronca para ser él y, si es a su palco, se sobreexcita. En el polo opuesto resplandece el talante del chico del Palmar que, tras cometer una pifia incompresible, se recompone marcándose una sonrisa. Cada uno es como es y, pese al meteórico ascenso, ha comprobado en sus carnes lo difícil que es ganar un torneo de los grandes, no digo ya tres y, qué voy a contarles, catorce o veintitantos. Con solo leerlo, a mis ojos se le han caído dos lágrimas.