Hubo una época en que Soraya Saénz de Santamaría fue omnipresente dado que su jefe era Rajoy. Finiquitada la etapa pretendió hacerse con las riendas, patinó y desapareció de la faz pública. No se preocupen. Está como una rosa.
En marzo del 19, el afamado despacho de Cuatrecases anunció a bombo y platillo la contratación de la nueva socia para liderar el ejercicio de Corporate Compliance. ¿Y eso qué es? Pues un conjunto de procedimientos y buenas prácticas requeridos por organizaciones para prevenir delitos. Con lo que ella detectó en las cercanías, el despacho no se lo pensó. Esta mujer -dirían-, con pinta de ser más lista que el hambre, debe olerlos a distancia.
Desde que expiró el fatigoso periplo en un primer plano ha tenido contadas apariciones. La última ha sido la más expansiva a pesar de haberse resistido. Fue su compañera en el Consejo de Estado, Amelia Valcárcel, quien la convenció. Precisó de una filósofa para arrastrarla al congreso «La vida buena y el placer» en el que la pucelana confesó haber «redescubierto el gusto del anonimato y por hacer cosas ordinarias». ¿Lo ven? Tonta no es.
Estar bajo el foco es duro. Hay que servir al igual que para resetearse cuando se deja de estar. En su reaparición se la vio con una sonrisa plácida. Aunque con posterioridad el juez habitual dijera tararí que te vi, a esas horas su íntima enemiga era acusada por Anticorrupción de mentir y solicitaba que volviese a llamarla como imputada. Somos humanos y pequeños deleites hay. Soraya no se arredró a la hora de alertar sobre populistas y demagogos que «han aprendido a manejar el sufrimiento de la gente». Ahí la nueva versión gallega al frente del bloque tiene un problema si sube Vox y otro si baja. A pesar de dar por amortizado a Sánchez desde el minuto uno, en caso de saltar la sorpresa Feijóo sabe que tampoco puede quejarse de lo que le espera: la buena vida, Alberto.