Maldita fijación

En la cama estoy. Tengo la garganta farruca. He sudado como un pollo. Blandengue y sin ganas de comer, subsisto a base de paracetamol y lingotazos de propóleo justo cuando a no mucho tardar debe llegar la cita para la cuarta dosis del covid simultaneada probablemente con la de la gripe para la que suena una cuadrivalente que proporciona inmunización activa frente a las cuatro cepas del virus. Admito ansiedad por recibir la notificación y más en este estado deplorable. Con la jindama que me ha dado toda la vida cualquier pinchazo, si dispusiera de seis brazos me los remangaría a la vez.
Es el canguelo. Y más cuando con lo que llevamos encima los expertos no cesan de advertir sobre las amenazas sanitarias que pululan en el ambiente. La que reclama mayor vigilancia en la actualidad es la fiebre del Nilo Occidental, que no sé si es producto de un castigo para todos aquellos que no hemos realizado el crucero por el gran río haciendo caso omiso del aluvión de recomendaciones llovidas. La cuestión es que se han producido brotes en Andalucía y en Cataluña por lo que la tenemos en puertas. En esta ocasión los transmisores son los culex pipiens o lo que es lo mismo el más común de los mosquitos, es decir el que brea por las noches y zumba los oídos como el que tengo aquí comiéndome la moral p´arriba y p´abajo. Encima, de la familia, el mayor objeto de deseo del ejército que viene a pasar entre nosotros sobre todo la canícula no es otro que el menda. Cómo estará de sugestionada la basca que hasta los vástagos se han interesado en saber qué tal seguía y uno de ellos se ha acercado incluso a dar ánimos. Discúlpenme, pero esto cambio climático es. Si no, no se explica.
Al norte de Europa la que ha llegado es la lengua azul, propia de rumiantes, transmitida por una pequeña mosca. Y también azuzan por ahí la encefalitis japonesa y la fiebre amarilla. ¡Qué bello es vivir!

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