Pasmado es poco

Aunque el régimen mantiene la pertinaz política de «cero covid», China está registrando en estos momentos el mayor número de casos diarios desde que se presentó la pandemia. La cifra total de fallecidos transmitida a la OMS es tan baja como ilusoria según expertos y un porrón de habitantes pertenecientes a comunidades que son encerradas por algún brote aislado no saben si dentro de este sinvivir es mejor morirse. De hecho han salido a la calle a desafiar a las autoridades y eso no es más que jugársela. Un joven manifestante relataba en las últimas horas su intención de proclamar estar harto sin meterse con el gobierno y que no pensaba que la policía fuese a cargar contra los descontentos, ignorante de lo ocurrido a miles de arrojados treinta y tantos años atrás en la plaza de Tiananmén cuya huella ha sido conveniente borrada.
Lo que lleva soportado aquellas gentes es para echarle de comer aparte. En medio de este periplo fantasmagórico en el que se debaten se ha visto a cientos, miles de personas salir despavoridas de un centro comercial al correrse la voz de haber sido detectado un caso con tal de alcanzar el aire libre antes de que las encierren. Más de un vecino ha dejado a su criatura en casa para bajar en un pis pas a comprar al súper y al volver se ha encontrado la vivienda confinada. En la mayoría de las retransmisiones de los partidos que llegan desde Qatar, las imágenes de la grada abarrotada aparecen difuminadas para que no se constate que por ahí el personal anda sin mascarilla. Y, claro, la chispa final ha saltado tras morir diez personas en el incendio de un edificio por las dificultades de acceso con las medidas de rigor y tener que hacerse además los bomberos la peceerre antes de conectar la sirena.
Parece normal quedarse pasmado ante lo que ocurre en esta gran potencia. Dadas las últimas decisiones en cierto campo, debe estar a punto de caerle un Mundial.

La verdadera riqueza

Estoy hipnotizado por Emilio Lledó. Tras la estela de obra y pronunciamientos he seguido sus pasos por Alemania, Estados Unidos y este país de nuestras cositas. Nacido en el 27 se encuentra pues en una década especialmente prodigiosa. Lo que más me ha atraído de él es la sencillez con la que desnuda los vericuetos más intrincados entre los que nos debatimos a diario. Para este profe vocacional que rebosa frescura por todos los poros del entendimiento «somos eso que los seres humanos han creado, que se llama literatura, filosofía, ciencia». Y, claro, no te queda otra a renglón seguido que reflexionar sobre el grado de memez de quienes siendo poseedores de tal privilegio lo desprecian.
A través del altavoz por donde resuena la vida pública oyes cada fantochada, cada perversión, cada ignominia que resulta difícil sorprenderse de que los estudios de opinión destapen que una parte considerable de nuevas generaciones siga anclada en modos de comportamientos irracionales y demoníacos y los asuma como lo más natural del mundo. Rechina y te pone de mala leche porque, por muy irracional que sea, está ahí y no deja de salir a la superficie en los trances más oscuros que es capaz de protagonizar el ser humano. Así que cómo no va a acudir uno a este maestro de la sensatez: «Sí, porque lo importantes es lo que pensamos, lo que leemos, lo que soñamos, lo que aspiramos y, sobre todo, esa perspectiva que parece utópica y que no lo es, de justicia, de verdad, de belleza que constituye algo que hemos creado y que debemos seguir sabiendo gozar, experimentar y sentir».
Hay temporadas en las que dudas que el Homo erectus evolucionara a Homo sapiens y no al revés y, atento a las diatribas , es ahí cuando este pensador pone el dedo en la llaga: «Los errores individuales no tienen mayor trascendencia, pero un error capital de falta de inteligencia, sensibilidad u horizontes en un político que rige la vida de una sociedad es catastrófico. Hay que evitar que gente así llegue al poder». Se hará lo que se pueda, don Emilio.

Eternamente Pablo

De repente la noche se transfiguró y la emprendió con los árboles y con cualquiera que saliera al paso. Los pulmones del viento se llenaron de aire con ráfagas que sobrecogieron al vecindario dejando en silencio los salones de las casas. Una fuerte descarga de agua se sumó a la coreografía, aunque el efecto más distintivo fuese cómo silbaba aquello. De madrugada dejaba de latir el corazón de Pablo Milanés. El clima revuelto no era sino la furia.
Los jóvenes de entonces que tuvieran problemas para lanzarse, casi todos, se refugiaban en el utilitario las tardes de tortolitos, dejaban que él les facilitase el paso más complicado y cuando sonaban los acordes que anunciaban la primera estrofa el trabajo estaba hecho: «Esto no puede ser más que una canción/Quisiera que fuera una declaración de amor/Romántica sin reparar en formas tales/Que ponga un freno a lo que siento ahora a raudales». La voz, el sentimiento procedente de La Habana se convertía en el termómetro infalible para distinguir si los instantes que vendrían a continuación estarían rebosantes de una sensibilidad compartida o era mejor dejarlo antes del prendimiento final: «Yolanda/Eternamente Yolanda». Intuyo que el ínclito Iglesias soltará en breve que se nos ve el plumero.
Han pasado siglos y el plumero no, pero sigue poniéndose la piel de gallina al evocar el «Yo pisaré las calles nuevamente/De lo que fue Santiago ensangrentada/Y en una hermosa plaza liberada/Me detendré a llorar los ausentes». Junto a la estirpe de trovadores de la época, el chaval del pelo ensortijado puso pies en polvorosa tras pasar cautiverio en un campo de trabajo y penurias por Camagüey de donde salió componiendo bellas historias de amor con poso de amargor como «Para vivir» en la que al verse a sí mismo refleja el «tremendo cansancio» de «este tiempo perdido que nos deja vencidos». De no ser por él aún habríamos llegado peor al actual.

El globo protector

La misión española llega orientada a la controvertida cita mundialista. El mandamás federativo se ha preocupado de que buena parte de la parroquia tomase lecciones en Arabia Saudí donde el compadreo con Piqué ha llevado a que la Fiscalía investigue si el cotarro del súper «ex» fue correspondido por el desembarco en el desierto. Shakira, en cambio, se ha desligado del fiestorro -con Gerard en casa habría resultado más complicado dejarlo en fuera de juego- descolgándose del bailecito para el entramado medieval de Oriente Próximo que en su día pudo proporcionarle al parecer una inyección nada despreciable a los gananciales. En fin, lo que ya saben ustedes: Waka waka.
Al contrario que Francia, Alemania, Bélgica o Inglaterra, el tinglado comandado por Rubiales ha hecho oídos sordos a la petición de adherirse al fondo de compensación para indemnizar a temporeros en condiciones infrahumanas de las obras de los estadios y demás que varias federaciones nacionales han planteado a la Fifa. No hay que olvidar que el presi de la nuestra lo fue antes del sindicato de jugadores y a quién se le escapa algún caso de currito que, tras hacer el mismo recorrido, no se convierte en el peor capataz posible.
Tampoco nos tiremos demasiado de los pelos por la cita en Doha. La Italia de Mussolini y la Argentina de Videla disfrutaron del espectáculo porque cualquiera era el guapo que pasaportaba a los anfitriones. Hasta para Franco se dejó un Europeo en el que celebrar el potencial nada menos que sobre la URSS a base de Marcelino, pan y vino. Las normas, regladas continúan. No es que los gobiernos del mundo civilizado traguen con Qatar es que son quienes lo impulsan. Parece claro que fue Sarkozy el que señaló a Platini dónde estaba el becerro de oro y este lo metió por la escuadra. Pues, nada, resulta que a quien está deseando sacarle los ojos toda una peña es a Luis Enrique. El fútbol es así.

… Y pensar que me daba pavor

A las puertas de entrar en el fin de semana cae una doble analítica para Cardiología y Urología y a la salida del mismo pongo los brazos a la hora de recibir una tras otra las vacunas de temporada. Ignoro si cuando mañana no me pinchen tendré mono. Ya veremos.
Ante los temores por las consecuencias registradas en algunos de los receptores de AstraZeneca, con aquella primera dosis tuve mis más y mis menos. Llamé a todo Cristo. A quien vela por la arritmia con el riesgo de trombos que sobrevoló y al médico de cabecera que me animó las consultas hasta que pasó a mejor vida o lo que es lo mismo se jubiló. Él era el mejor guía en el laberinto iniciático puesto que al haber ido de voluntario al continente negro en reiteradas ocasiones se había puesto más agujas que en caso de haberle dado por la acupuntura.
Alterado por la cantidad de señales en venas y alrededores sin pretensión alguna de viajar a África, me informé sobre la idoneidad de compartir vacunación a diestro y siniestro ya que la primera de la gripe me dejó el cuerpo de jota. Especialistas coinciden en que los efectos andan controlados, que no existe ningún tipo de síntoma adicional por ponerlas juntas, aunque resulte conveniente no concentrar líquidos en la misma zona y advierten que este año vuelve a haber una gripe fuerte, tras dos casi sin noticias: «En el Hemisferio Sur se ha pasado una época muy mala con la infección, lo que debe mantenernos alerta y, en cuanto a la del covid, la cuarta dosis ya viene adaptada a las nuevas variantes, de modo que es aún más recomendable». Si hubiese otra contra el neoliberalismo, tampoco sería una mala fecha.
El caso es que una allegada me ilustra sobre la conveniencia de recibir la neumocócica de cara a prevenir no pocas enfermedades provocadas por estas bacterias, entre ellas la neumonía y la meningitis. No les sorprenderá si les digo que me lo estoy pensando. A este ritmo voy a cargarme cualquier rastro de Bosé hasta el del querubín cuando era un bandido.

Los signos de los tiempos

Empresas tecnológicas líderes, tan virgueras ellas, han despedido en lo que va de año a más de veinte mil curritos. Entre las más llamativas, Microsoft estará en torno a los mil nativos de patitas en la calle al igual que Stripe y Shopify; Amazon ha dejado caer que siega cualquier fichaje en la línea de Alphabet, de Google; Lyft ha emprendido un recorte de setecientos empleos y menos mal que es una plataforma de movilidad; el menda Elon Musk ha celebrado la compra de Twitter enviando un correo a unos 3.700 contratados de los 7.500 en danza, diciéndoles «bye» a quienes no ha visto en su vida ni tiene el menor interés en ello y Netflix se ha deshecho de cuatrocientos cincuenta por lo que habrá que rezar para que no nos deje sin algunas de las nuevas incorporaciones a los seguidores de «The Crown».
Hubo un tiempo en que había quien llegaba a la puerta de un baranda del medio de comunicación, no tocaba puesto que estaba abierta, lo invitaban a sentarse porque venía de parte de un conocido común, soltaba en defensa propia que creía valer para esto, esa misma noche redactaba su primera pieza cuando aún estaba por cocer y así completaría un ciclo profesional que comprendería una vida completa. ¿Que cómo? Pues gustándole el tajo; con iniciativa y la confianza del mando en respuesta a las ganas; fijándose a diario en aquellos que le inspiraban; cruzando los dedos para que la mili no frenara el impulso; siendo capaz de afrontar trances de todos los colores; sintiéndose protegido al ver cómo la empresa comprendía que no todas las épocas podían ser dulces; valorando el compromiso de la misma para en cuanto pasase la crujía rescatar al manojito que había dejado en el camino. Y que en caso de resultar complicada la repesca, encarar el trago con el perjudicado delante como alguien de carne y hueso por mucho que refleje el algoritmo y diga el «big data». Disculpen. Debo haberlo soñado.

El poder de la cordura

Rescato la entrevista de «La noche en 24 horas» a Carmen Romero. Solo con conseguir que acudiera quizá haya sido el hallazgo más relevante del carrusel conmemorativo dado los significativos desencuentros. La tele pública cuando se pone se pone. Pero desde tiempo inmemorial las interferencias mandan. Se abundaba en el «Imprescidibles» dedicado a Pilar Miró, con un periplo el suyo de ventilación para reajustar aquello a la dirección adecuada en el que se la hicieron pasar canutas, siempre con la «bibicí» en el imaginario, esa cadena que le gustaría ser como «erreteuveé» pero no lo consigue.
Seguramente habría dado más de sí el encuentro de coger en solitario a la invitada el conductor Xabier Fortes. Para lo que preguntaron, el resto de colegas sobraba, dicho «sin acritú». Al igual que lo hizo Felipe con tal de ganarse al auditorio en el acto central porque si no lo habría tenido crudo: «Trato de buscar, y lamento no conseguirlo, a este personaje singular que levantaba mi mano en la ventana del Palace, que era Alfonso Guerra. Y lo quiero tener en esta mano y traer a la memoria». Sánchez se ve que no estaba porque hicieran manitas.
Entre tanto baile desafecto, Carmen se mostró certera y conciliadora. No tuvo que ser fácil meterse en Moncloa casi desde la clandestinidad en medio de latigazos terroristas. Recordó los tragos del referéndum y la reconversión como inevitables para conducir a la nación hacia donde debía ir, ella que era más de ugeté que quien la inventó. El ardor juvenil no impidió ver que a lomos del marxismo no se alcanzaba la mayoría. Atrapada en su laberinto dio clases en el nocturno, aunque desde allí tuviese que ir a una cena en La Zarzuela. Fraguó las citas en la «bodeguilla» por las que tantos palos hubo para que el «ex» palpase lo que había fuera. La hija del coronel médico que atendió a mi madre en el complicadísimo parto del que les habla cree que el pesoe ha de ser distinto al de antes porque la realidad lo es. La suya ha debido necesitar no pocas veces fórceps.