El poder de la cordura

Rescato la entrevista de «La noche en 24 horas» a Carmen Romero. Solo con conseguir que acudiera quizá haya sido el hallazgo más relevante del carrusel conmemorativo dado los significativos desencuentros. La tele pública cuando se pone se pone. Pero desde tiempo inmemorial las interferencias mandan. Se abundaba en el «Imprescidibles» dedicado a Pilar Miró, con un periplo el suyo de ventilación para reajustar aquello a la dirección adecuada en el que se la hicieron pasar canutas, siempre con la «bibicí» en el imaginario, esa cadena que le gustaría ser como «erreteuveé» pero no lo consigue.
Seguramente habría dado más de sí el encuentro de coger en solitario a la invitada el conductor Xabier Fortes. Para lo que preguntaron, el resto de colegas sobraba, dicho «sin acritú». Al igual que lo hizo Felipe con tal de ganarse al auditorio en el acto central porque si no lo habría tenido crudo: «Trato de buscar, y lamento no conseguirlo, a este personaje singular que levantaba mi mano en la ventana del Palace, que era Alfonso Guerra. Y lo quiero tener en esta mano y traer a la memoria». Sánchez se ve que no estaba porque hicieran manitas.
Entre tanto baile desafecto, Carmen se mostró certera y conciliadora. No tuvo que ser fácil meterse en Moncloa casi desde la clandestinidad en medio de latigazos terroristas. Recordó los tragos del referéndum y la reconversión como inevitables para conducir a la nación hacia donde debía ir, ella que era más de ugeté que quien la inventó. El ardor juvenil no impidió ver que a lomos del marxismo no se alcanzaba la mayoría. Atrapada en su laberinto dio clases en el nocturno, aunque desde allí tuviese que ir a una cena en La Zarzuela. Fraguó las citas en la «bodeguilla» por las que tantos palos hubo para que el «ex» palpase lo que había fuera. La hija del coronel médico que atendió a mi madre en el complicadísimo parto del que les habla cree que el pesoe ha de ser distinto al de antes porque la realidad lo es. La suya ha debido necesitar no pocas veces fórceps.

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