La misión española llega orientada a la controvertida cita mundialista. El mandamás federativo se ha preocupado de que buena parte de la parroquia tomase lecciones en Arabia Saudí donde el compadreo con Piqué ha llevado a que la Fiscalía investigue si el cotarro del súper «ex» fue correspondido por el desembarco en el desierto. Shakira, en cambio, se ha desligado del fiestorro -con Gerard en casa habría resultado más complicado dejarlo en fuera de juego- descolgándose del bailecito para el entramado medieval de Oriente Próximo que en su día pudo proporcionarle al parecer una inyección nada despreciable a los gananciales. En fin, lo que ya saben ustedes: Waka waka.
Al contrario que Francia, Alemania, Bélgica o Inglaterra, el tinglado comandado por Rubiales ha hecho oídos sordos a la petición de adherirse al fondo de compensación para indemnizar a temporeros en condiciones infrahumanas de las obras de los estadios y demás que varias federaciones nacionales han planteado a la Fifa. No hay que olvidar que el presi de la nuestra lo fue antes del sindicato de jugadores y a quién se le escapa algún caso de currito que, tras hacer el mismo recorrido, no se convierte en el peor capataz posible.
Tampoco nos tiremos demasiado de los pelos por la cita en Doha. La Italia de Mussolini y la Argentina de Videla disfrutaron del espectáculo porque cualquiera era el guapo que pasaportaba a los anfitriones. Hasta para Franco se dejó un Europeo en el que celebrar el potencial nada menos que sobre la URSS a base de Marcelino, pan y vino. Las normas, regladas continúan. No es que los gobiernos del mundo civilizado traguen con Qatar es que son quienes lo impulsan. Parece claro que fue Sarkozy el que señaló a Platini dónde estaba el becerro de oro y este lo metió por la escuadra. Pues, nada, resulta que a quien está deseando sacarle los ojos toda una peña es a Luis Enrique. El fútbol es así.