Tengo grabada la imagen aquí desde la víspera de Navidad en que se puso en circulación. Es la de Kely Cristina Nascimento reclinada sobre el cuerpo de su padre en la cama del hospital con este fijando la mirada en ella, el tubo del suero que sortea la oreja por debajo hasta conducirlo a la boca y la mano que aprieta con toda la fuerza que le queda el brazo de la hija en unas horas agónicas. Quien está ahí mostrando su perfil a millones de ojos clavados en espera del pitido final no es otro que Edson Arantes, o sea Pelé, hijo de un futbolista roto nada más debutar, que ganó tres mundiales, el primero en Suecia con 17 añitos en el que marcó seis goles gracias a la ayuda de una pila de toallas hirvientes aplicadas sobre la rodilla maltrecha, y de donde salió entre lágrimas a hombros de su portero Gilmar tras haberle hecho un globo al guardameta contrario y mandarla a la red antes de que cayera. De seguir entre nosotros, Gustavsson aún estaría buscando al crío.
O Rei debutó en su equipo de Sao Paulo el año en que nací y se despidió de él en el que empecé a currar precisamente en la sección de Deportes y lo hice conservando en la retina el juego de tiralíneas de la selección carioca al que no había por dónde meterle mano. No lo digo yo, lo confesó el defensa italiano encargado de marcar al «10» cuando martilleó de cabeza en la final el centro de Rivelino: «Saltamos juntos, pero al volver a tierra él seguía en el aire». Es parte de la dureza de este oficio: que lo que le toca luego a uno es cubrir diariamente a los de andar por casa que son el noventa y tanto por ciento restante.
Vinicius de Moraes me llamó a filas. Junto a su sonido arrebatador y en torno una chimenea en la montaña cuando en esta tierra aún nevaba de lo lindo era fácil hacer ojitos hasta para los más torpes, ayudados por los suaves movimientos de aquellos bailarines en el estadio azteca que permanecían vivos en el subconsciente de tanto proclive. Los mismos que, contemplándolo sobre el lecho, celebran que así tumbado logre el mejor remate.