Cuando me enteré del asunto a las pocas horas de ponerse en danza, la canción contaba con treinta millones de reproducciones. En el instante en que tecleo esta referencia me he perdido y debe andar sobre el doble, el triple o vaya usted a saber. La velocidad a la que se consumen los productos para ser deglutidos por las redes es de vértigo y las reacciones supongo que infinitas. Yo he echado el freno en dos de las que me han llegado. La primera de Ibai Llanos, al que pese a tratarse de un recién nacido no hace falta presentar, amiguete del tipo que cambia un Rolex por un Casio y que en su tuit de inicio se pregunta al respecto: «¿Creéis que lo de Shakira va por Piqué?». Y la segunda más institucional de un menda autoproclamado Hannibal Lecter que suelta: «Menos mal que la reina Sofía no es cantante».
El caso es que, nada más quedar resuelta la custodia, la estrella colombiana ha dicho aquí estoy yo. El debate gira en torno a si el sesgo que contiene el estruendo formado es lo mejor para los críos de ambos y en si eso se le hace a la otra en danza. Entre la diligencia con que la intérpetre ha solventado su nudo y la forma en que Yolanda Díaz está resolviendo el espacio al que se comprometió debe haber un término medio. Ya sé que lo que se dirime es de naturaleza bien distinta pero no me negarán que el tiempo apremia. Sin ir más lejos en el pesoe están de los nervios conscientes de que la unión a su costado hace la fuerza. Es posible incluso que barrunten que un solista o alguna pareja de Unidas Podemos -no se me ocurre cual- esté componiendo un rap dedicado a las ronchas que levantan en la vice verse inserta en lo que para ella ahora es la esquina del tablero, con estrofas referidas a la simpática centralidad de Sumar y a la ingratitud que supone dejar en el olvido a Pablo dedicándole arrumacos a Pedro. Tranquis, que los dividendos están asegurados. Para Shakira, almas de cántaro.