Había sido aupada por el tilín que le hizo a sus compatriotas la determinación y cercanía que mostró tras el peor atentado de la historia de Nueva Zelanda y en abril del 20 hice alusión a ella por cómo se había aplanado por aquellos confines la temida curva después además de haber donado junto con su gabinete el 20 por ciento del salario a la cruzada contra la maldición. Meses más tarde, en otoño, con los estadios albergando a cincuenta mil espectadores instaurado el territorio en la envidiada normalidad, Jacinda Ardern sacó mayoría absoluta y, en lugar de jactarse, lamentó que se hubiese «perdido la habilidad de ver el punto de vista del otro». Sé que están pensando que les recuerda a algo y no saben a qué. Al menos en eso creo que estaremos de acuerdo.
Pero si desde entonces esta primera ministra me tenía arrebatado he comprendido que no era nada comparado con la decisión de dejar el cargo a pesar de haber pasado «los cinco años más gratificantes de mi vida» pero al encontrarse con el depósito vacío y sin la «suficiente energía para hacerle justicia al puesto». Es verdad que los negacionistas de la sensatez en cualquier campo han venido haciéndole la vida imposible a ella y a los suyos y, sin embargo, ¿a cuántos cargos públicos próximos hemos visto aferrarse al sillón dentro de una trayectoria repleta de desaguisados y cuando gracias a descubrirse algún que otro desmán todo quisque sabía que estaban muertos menos ellos?
Y dentro del capítulo de los servidores honestos, que es el mayoritario, se siguen dando casos de quienes no comprenden ni aceptan que, tras una dilatada carrera al frente de tal institución, los mismos que los propusieron estimen que ha llegado el momento del relevo. Y se revuelven a veces de forma estrafalaria, convencidos de que nadie podrá ejercer la representación a la altura alcanzada. No obstante hay esperanzas. Podemos concluir que otro comportamiento es posible al ver lo sucedido en Nueva Zelanda. Pero no sé. Efectivamente, quizá algo lejano sí que parece.