En nombre del apego

Estoy afeitándome y doy un respingo. He visto en el espejo a mi padre hacer los gestos con los que me embobaba cuando esparcía con la brocha el jabón sobre la cara. Cada vez me sacan más cosas del viejo, ahora que voy de boca hacia ello.
El origen se remonta al tranvía, allá por el año 43, una vez que se le fueron los ojos se decidió a preguntarle cómo se llamaba y ella respondió con el primer nombre que se le vino a la cabeza. Bien podría habérsele ocurrido BarbaraStanwyck porque por entonces recibió tres nominaciones y porque eran clavaditas. Uno vivía en el margen derecho de la antigua calzada romana, otro en el izquierdo y tuvo que indagar tramo arriba, tramo abajo de una vía guapa hasta lograr identificarla. Y ya no se separaron si contamos los doce años de noviazgo propios de la época.
Con su porte de galán estudió lo básico y metió el cuello en cuanto pudo. En la familia eran siete y bajo techo cabrían a cinco metros cuadrados por cabeza, aunque dentro del recinto donde el progenitor era chófer de un afamado galeno disfrutaban de un jardín que era gloria bendita. Aquello lo cambió por un tercero izquierda y su correspondiente hipoteca en un paraje por explorar lindando con los barrios que hoy en día encabezan el índice de los más pobres del país. No sé cómo se las aviaron, pero nunca sentimos con una dentro y otro fuera que andábamos al filo de lo imposible pese a que el despeñadero asomase por las esquinas.
Salía de casa a las ocho y volvía trece horas después. Me propuse ingenuamente que no me ocurriría lo mismo. A lomos del «pluri» fue dándonos lo más grande: seguridad en nosotros mismos. No le hacía falta ponerse bravo para ser estricto. Al apreciar su semblante el mensaje se captaba a la primera. Era una gozada verlo con amigos en plena faena. Se fue demasiado pronto y aún siento en el alma las novedades sin compartir. Creo que sabía que lo adoraba, aunque ignoro si llegué a decirle cuánto. Nunca he hablado tanto con mi padre como después de su muerte.

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