Cómo será de agobiante la que se nos ha venido encima en plena primavera que en el ascensor, antes que del tiempo, la gente prefiere hablar de las sesioncitas en el Senado.
Los expertos están saliendo de debajo de las piedras para llamar la atención sobre la deriva y advierten que como no se aborden cambios profundos en las ciudades apostando por más vegetación y menos asfalto lo tenemos claro. Señalan que el asfalto y el hormigón absorben calor durante el día y lo sueltan de noche, a lo que hay que añadir la proliferación de edificios que impiden que corra el aire. En el que me crié y crecí no tiene ningún otro piso encima y en verano puede pegar en el techo más de cincuenta, pero abriendo ventanales entraba una brisa proveniente de una gran extensión con solares sin edificar en donde echábamos los partidos. Hoy, las pocas veces que vuelvo al lugar del crimen, lo que levantaron tiempo atrás es una mole en la que contemplo sin problemas el bacalao con tomate que prepara la de enfrente, algo de lo que no tengo necesidad alguna porque con el cocido de mi hermana voy que chuto.
Para los que saben de esto lo fundamental es plantar árboles y que hacerlo en un 30% de la urbe podría reducir un tercio de los fallecimientos prematuros por el efecto isla de calor. «España -según los investigadores- es de los países europeos con menos porcentaje de árboles en las ciudades. En su lugar hay plazas de cemento o de hormigón por un tubo, sin vegetación». Cuánto urbanista comprometido y cuánto combatiente vecinal llevan siglos clamando por primar los espacios públicos sobre todos los negocios dotándolos de elementos sencillos en pos del disfrute del contribuyente y que, gracias a la desatención prestada por los gestores de un color y de otro, en la actualidad un buen manojo de ellos caza moscas. La frustración en estos seres admirables ha llegado a tal extremo que no quiero mentirles. Ya albergan dudas sobre si eso de que «en abril, aguas mil» es un dicho o una promesa electoral.